Después de leer este magnífico texto de Mestre, tan estimulante como todos los que suele escribir, no queda otra que interesarse por la novela recientemente publicada de Emilio Silva y leerla en cuanto la tengamos entre las manos. Este Lazarillo lo hará con la necesidad y el interés de que la literatura recree lo que Silva ha vivido desde que se propuso, con la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, lo que debió haber sido un objetivo de los gobiernos democráticos: que la memoria democrática nutriera a la democracia española. Esa carencia la estamos notando hace unos pocos años con el resurgimiento de la extrema derecha.
Juan Carlos Mestre
Hace décadas que “bajo las águilas silenciosas”, dónde “la inmensidad carece de significado”, según la memorable dicción del poeta Antonio Gamoneda, un joven Emilio Silva asumía los deberes que tiene par con el infinito el imperativo categórico de la memoria: el de la restitución moral de la memoria de las víctimas, el quebrantamiento de los edictos de silencio que seguían sojuzgando desde el fin de la dictadura franquista el discurso civil de la democracia.
Hace más de dos mil años que el naturalista romano Plinio el Viejo, a su paso por El Bierzo, catalogó en su tratado de botánica Historia Natural, una humilde hierba que brota en las cunetas del “agua que no desemboca”, entre las ruinas de las viejas casas donde se apagó el fuego justo en el momento en que debía arder.
Pero la vida, según la profecía laica del insurrecto E.E.Cumming, cabeza de la generación perdida, venga siempre las ofensas de los hombres con las salvas de la primavera. Los ríos remontan su corriente hacia la aldea de las lágrimas, las raíces de los árboles rozan la boca de los muertos y los descendientes del mandato de la dignidad humana buscan, más allá del territorio de las ensoñaciones, a sus antepasados desaparecidos.
Es el día de la nobleza irrefutable del que acude a testificar ante el bosque de los símbolos, del que retoma el relato de la historia tras el incumplimiento de la obligación contraída con los silenciados, la ominosa connivencia del poder político con el olvido, la preterición que entroniza la impunidad como discurso dominante entre los leguleyos del Estado.
Es el aroma de la nébeda el que fluye y no como una consolación en estas páginas, es la materia medicinal de la memoria de esa modesta hierba, la remota “nepeta” latina que según la creencia antigua curaba la picadura de los escorpiones y cuyas flores divisas evocaban al naturalista Plinio los pies de una cama. Nada significa dos veces lo mismo, ni la neutralización de los venenos ni el lecho donde permanecen expectantes los sueños pendientes de ser soñados y los preceptos de lo justo jamás cumplidos.
No viene esta novela de Emilio Silva a restañar en su sentido moral las heridas del pasado, la literatura no alivia las heridas irreversibles con las que el autoritarismo marca el cuerpo dañado de la historia de los pueblos, es la presencia irradiante de alegorías del ausente en busca rostro, son las huellas que avanzando hacia el futuro amplían los horizontes significativos del porvenir, el tiempo presente que contiene todas la figuraciones constructivas del pasado para devenir en una ética que contenga la gran visión del humanismo crítico, la radical conciencia de ese ineludible pensamiento que retorna a recordarnos que, ante cualquier circunstancia de adversidad, los seres humanos somos responsables unos de otros.
En estas páginas, casa de amparo de los forzados al exilio, morada indestructible de los inmolados por defender con la única fuerza de sus convicciones la repoblación espiritual de un mundo resquebrajado por los privilegios y la usura, está “el testimonio de alguien que aprendió a callar antes incluso de saber hablar”, es decir, las delicadas formas de un conjuro poético contra las figuraciones del mal. Está la topofilia de Pereje, el amor por el lugar natal, donde da comienzo la historia que se bifurca y confluye con la de incontables personas tras la execrable catástrofe del golpe de estado nazi-franquista.
Una voz en la que se aúna el coro concertado de la inmensidad de los sufrientes, una crónica que desde la intimidad gravitante de lo propio, el vil asesinato de su abuelo, Emilio Silva Faba, un hombre honrado, vecino del barrio de La Cábila, en Villafranca del Bierzo, asesinado por pistoleros falangistas en 1936. No enuncia Nébeda una voz que se constituya en réquiem sobre las cenizas de la II República, sino la revelación de la música callada del silencio que acompañó durante abominables épocas la esperanzadora valentía de cuantos sostuvieron, como ahora mantiene con indeclinable resistencia Emilio Silva, autor de esta tan imprescindible como conmovedora novela, la lampara que ha de iluminar la senda a los dignos y bienaventurados habitantes del futuro.
Acaso la memoria sea la manera de estar de lo que ya no es, la voz sin boca de los impacientes, la conciencia de los muertos que reinician la imaginación del mundo desde la zona oculta donde el encargo maravilloso de las palabras, única facultad del discernimiento humano que sobrepasa la velocidad de la luz, la de hacer rebrotar la nébeda, la de volver a percibir su aroma sobre la tierra donde permanece inmaculada y pura la sonrisa de los inocentes frente a la infructuosa y repugnante mueca del verdugo. Escrito está, ya nada podrá borrar esta remembranza escrita sobre las lápidas de papel de la alteridad, la narración moral y ética de unas vidas que fundaron su existencia sobre la justicia y la verdad, las aún pendientes aspiraciones a lo justo que reivindican como principio impostergable de la vida estas páginas donde arraiga la memoria, tan personal como generosamente colectiva, de Emilio Silva, Nébeda, editada por Alkibla.
DdA, XXII/6225

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