miércoles, 14 de enero de 2026

LA RIDÍCULA PARÁLISIS DE LA IZQUIERDA ANTE LA VIVIENDA, EL PROBLEMA MÁS GRAVE

Es de esperar que alguien en La Moncloa le subraye al presidente del Gobierno este artículo de Tecé en CTXT y que, a ser posible, lo haga con tinta roja sobre este párrafo: Algún día, con la izquierda ya muy lejos del poder y la ultraderecha recortando derechos y robando a manos llenas, miraremos con perspectiva este tiempo gris en el que todo podía dar igual, excepto cuidar a la gente. Cuidarla de verdad. Entonces descubriremos que de nada sirvió subir el salario mínimo si no decretaste emergencia nacional cuando se disparó la vivienda tragándose todo ingreso. Entenderemos entonces que los cuidados en política no consistían en poner tiritas, sino en tratar la herida, cosa que nadie hizo. ¿Qué hago yo defendiendo a esta gente de los fachas si en lo importante, en lo que de verdad afecta, no se atreven a hacer nada? , se pregunta un ciudadano de los que sufren el problema de la vivienda, convertida en un negocio salvaje.



Gerardo Tecé

Si cuesta sudor y lágrimas pagar un alquiler de dos habitaciones en barrio obrero, imaginen un palacio en Moncloa. Es que no da. Es que está fatal la vida. También para Sánchez, un presidente del Gobierno al que las cuentas –y las encuestas– no le dan para llegar a fin de mes. España está a la cabeza del mundo mundial en crecimiento económico y mi amigo Manuel ha tenido que irse del barrio. Después de toda una vida y con los niños ya escolarizados, un día llegó la casera y –toc toc– les comunicó que tenía que subirles el alquiler 300 euros al mes. Tenía que, del verbo tener que. Es la fórmula habitual, de cortesía, utilizada por muchos propietarios de este país para evitar decirles a la cara a sus inquilinos que se han pasado al poliamor. Que ahora prefieren estar con muchas familias a la vez, todas guiris, todas de paso, todas con el bolsillo alegre por las vacaciones. Es normal que tener 300 euros menos al mes te cambien la vida, me decía Manuel, pero no deberían cambiártela tanto. Para una pareja en la que ambos miembros trabajan ocho horas al día en un país en el que la economía supuestamente funciona, sería entendible que 300 euros menos te condenasen a comprar la mayonesa de marca blanca, a quitarte de pagar plataformas para ver series o a pillar el bus ahorrando gasolina. A apretarse el cinturón, como se decía cuando el cinturón era una cosa que se ponía en la cintura y no un instrumento de tortura que cuelga del techo de las viviendas en forma de soga. 300 euros deberían ser la diferencia entre darte caprichos o no poder hacerlo, pero 300 euros no deberían, en ningún caso, poner patas arriba la vida entera de una familia, expulsarla.

Hace unos años hablaba con un cargo del PSOE que me explicaba un miedo habitual entre los diferentes alcaldes de su partido. Tenían claro que en las grandes ciudades el turismo estaba arrasando con la vivienda, pero no se les ocurría gran cosa que hacer salvo imponer la dichosa tasa turística –un euro al día por visitante– y así recaudar y derivar algo a servicios públicos para los vecinos como compensación por las molestias causadas. Sin embargo, no veían que eso solucionase el problema de fondo y, además, les “daba cosa” –del verbo dar cosa– que el PP se les echase al cuello acusándolos de maniobrar contra el turismo, primera fuente de ingresos del país. El tipo tenía razón en casi todo. Era cierto que ese euro al día cobrado al guiri no solucionaría el problema de la vivienda y era seguro que el PP se les echaría al cuello si lo proponían. Lo que no se esperaba aquel cargo del PSOE es que fuesen ayuntamientos gobernados por la derecha los que impusieran tasas turísticas sin miedos ni complejos. Una medida que no solucionaba nada, pero ayudaba a mostrar la ridícula parálisis de la izquierda española ante el mayor problema del país. Cuando hace unos días vi al psicópata Trump anunciar que prohibirá que los grandes inversores compren viviendas unifamiliares en Estados Unidos para hacer negocio, además de quedarme boquiabierto, recordé aquella conversación sobre vivienda con el cargo del PSOE y me pregunté: ¿sentirá al menos algo de vergüenza al ver a la ultraderecha adelantarle por la izquierda? ¿Habrá participado en la última, ambiciosa y revolucionaria propuesta de ofrecerle dinero a los caseros a cambio de que intenten ser buenas personas y no suban mucho más los alquileres?

Algún día, con la izquierda ya muy lejos del poder y la ultraderecha recortando derechos y robando a manos llenas, miraremos con perspectiva este tiempo gris en el que todo podía dar igual, excepto cuidar a la gente. Cuidarla de verdad. Entonces descubriremos que de nada sirvió subir el salario mínimo si no decretaste emergencia nacional cuando se disparó la vivienda tragándose todo ingreso. Entenderemos entonces que los cuidados en política no consistían en poner tiritas, sino en tratar la herida, cosa que nadie hizo. Dejo el barrio y dejo también de creer que la política sirve para algo, me dijo Manuel a los pocos días de recibir la noticia. ¿Qué hago yo defendiendo a esta gente de los fachas si en lo importante, en lo que de verdad afecta, no se atreven a hacer nada? En torno a la política muchos opinamos, otros hacen predicciones y los de más allá dibujan escenarios futuribles. Pero ninguno tiene el buen olfato que tienen quienes sufren las acciones o inacciones de quienes gobiernan. Así que escucho con atención a Manuel, a millones de manueles. Seguiremos consintiendo que el techo siga siendo un negocio salvaje, pero el presidente Sánchez va a proponer la idea feliz número un millón, anuncian desde La Moncloa sin entender qué está pasando en las encuestas.

CTXT  DdA, XXII/6226

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