viernes, 30 de enero de 2026

7291: UN EPISODIO DE INHUMANIDAD QUE INEXPLICABLEMNTE SIGUE IMPUNE

La mayor debilidad de Ayuso la devuelve recurrentemente a los meses de marzo, abril y mayo de 2020, el tiempo en el que se concibieron y ejecutaron aquellos “protocolos de la vergüenza” que supusieron una intolerable denegación discriminatoria de asistencia sanitaria y un acto de inhumanidad que hasta la fecha sigue inexplicablemente impune. Por eso, cada vez que el tema resurge, la Presidenta madrileña aumenta su agresividad: “La misma mierda” o, en el día de ayer, “la izquierda frustrada” son algunas de las expresiones con las que Ayuso despacha las reivindicaciones y el dolor de las familias de los muertos en las residencias. No es solo falta de empatía o maldad, es una estrategia de comunicación que persigue una finalidad muy concreta: desviar la atención. 


Noelia Adánez

Ayuso está revuelta. La sombra de los “protocolos de la vergüenza” y de las 7291 víctimas en las residencias que murieron sin ningún tipo de asistencia médica, persigue a la Presidenta seis años después. Las declaraciones de uno de los altos cargos de su gobierno de entonces, Carlos Mur (exdirector general de Coordinación Sociosanitaria del Servicio Madrileño de Salud), el pasado día 26, apuntan a la Consejería de Sanidad, es decir, a la entonces viceconsejera de Sanidad, Ana Dávila, como destinataria de los protocolos, y al exconsejero Enrique Ruiz Escudero, quién concibió la figura de los geriatras de enlace. Las declaraciones de Mur y las contradicciones con las de Javier Martínez Peromingo (el geriatra que presuntamente ideó los protocolos y que terminó por sustituir a Mur desde mayo de 2020) suponen un tironcito de la manta, así que es normal que la Presidenta madrileña, que siempre tiene muy cubiertas las espaldas, se sienta ligeramente expuesta.

Ni Avalmadrid, ni las comisiones de su hermano, ni el fraude fiscal de su pareja, ni sus negocios con Quirón, ni sus mentiras manifiestas, ni las muy elaboradas operaciones de intoxicación y desinformación orquestadas por su jefe de Gabinete. La mayor debilidad de Ayuso la devuelve recurrentemente a los meses de marzo, abril y mayo de 2020, el momento más complicado de la pandemia y el tiempo en el que se concibieron y ejecutaron aquellos “protocolos de la vergüenza” que supusieron una intolerable denegación discriminatoria de asistencia sanitaria y un acto de inhumanidad que hasta la fecha sigue inexplicablemente impune.

Por eso, cada vez que el tema resurge, la Presidenta madrileña aumenta su agresividad: “La misma mierda” o, en el día de ayer, “la izquierda frustrada” son algunas de las expresiones con las que Ayuso despacha las reivindicaciones y el dolor de las familias de los muertos en las residencias. No es solo falta de empatía o maldad, es una estrategia de comunicación que persigue una finalidad muy concreta: desviar la atención. 

No hablemos de los muertos, hablemos de ella que es la víctima verdadera, la protagonista de una historia que no es la que los demás cuentan, es "su" historia, la que a golpe de recursos extraídos del erario público se cuenta todos los días en periódicos y programas de televisión afines, la historia que destaca sus outfits, su chulería y el carácter providencial de sus políticas. La historia de cómo Ayuso trajo a Madrid la libertad. 

Periódicos y programas en los que nunca se pregunta por la asfixia financiera de las universidades públicas, ni por las becas que el gobierno de Madrid destina a los alumnos de la concertada, ni por el fraccionamiento de contratos y facturas en centros de formación profesional, ni por los recortes en la ley trans, ni por las listas de médicos objetores del derecho al aborto que Ayuso se niega a entregar, ni por el hecho de que Madrid sea la única autonomía que carece de una ley de igualdad y una de las varias gobernadas por la derecha que rehúsa aplicar los beneficios de la ley estatal de vivienda, ni por una de las cada tres becas comedor que el año pasado el gobierno de Ayuso se negó a dar, ni por su novio el comisionista ni por el dúplex que comparten en Chamberí, ni por el Zendal y sus sobrecostes millonarios, ni por Quirón, ni por las practicas antidemocráticas en la asamblea que controla con el rodillo de su mayoría, ni por supuesto, por los muertos en las residencias. 

Es imposible no recordar aquel retrato de una doliente Isabel Díaz Ayuso en la portada de El Mundo el 10 de mayo del año 2020. La Presidenta aparecía con el gesto ensombrecido por la tristeza. Al lado de su rostro, el entrecomillado: “Hay que dar el primer paso. Cada semana un negocio cierra”. No engañaba a nadie. Lo que le apenaba no eran las víctimas, eran los negocios. Pura coherencia.

En la estrategia comunicativa de Ayuso de estos días, las víctimas que importan no son las de las residencias, aquellas ante las que tendría que rendir cuentas, son las de Adamuz, a quienes ha dedicado una misa intentando contraprogramar el acto institucional de Huelva. 

La Presidenta tiene aliados muy poderosos y los recursos de una comunidad autónoma, la madrileña, que alberga la capitalidad, con todas las implicaciones que esto tiene, a efectos de poder tanto simbólico como material. La bicefalia tradicional en el PP, entre un líder de partido estatal y una lideresa que le disputa protagonismo, es una constante en la historia de la formación de derechas desde hace más de dos décadas. Antes de Isabel Natividad Díaz Ayuso, fue su mentora, Esperanza Fuencisla Aguirre, cuyo formidable legado de “ranas” y “golfadas”, Púnicas y Lezos tiene como corolario una expresidenta dimitida y dos que han pasado por la cárcel. Y eso es solo el corolario, porque la lista de condenados es de récord. Respecto de su legado ideológico, además de haber amadrinado a Ayuso, hizo lo propio con Santiago Abascal, de manera que nadie puede cuestionarle su papel de faro de la ultraderecha.

La novedad, en la etapa Feijóo, es que Ayuso se impone siempre al líder nacional, en parte porque de algún modo el gallego le debe a ella su posición y en parte porque Ayuso representa a la ultraderecha, un área del espectro ideológico que tiene mucho tirón. Feijóo tendría que decidir si su apoyo moral, ideológico y electoral está sobre todo en Madrid o si se ve capaz de armar una oposición de implantación estatal sin renunciar a la institucionalidad. Porque con su respaldo a Ayuso en la gestión de las residencias o a Mazón en la de la Dana, de momento ya ha renunciado a la decencia.

PÚBLICO  DdA, XXII/6246


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