sábado, 16 de junio de 2018

EL TIMBRE ASESINO DE CORNELLÁ


 Juan Carlos Monedero

Hay gente que cuando suena el timbre en su casa siente alegría. Es la alegría de los hijos que te visitan, de la vecina que viene a tomarse el café, apedir sal o perejil, del amigo que viene a jugar una partida o a estudiar juntos, de la pandilla con la que vas a ver el partido de fútbol, los compañeros que vienen a cenar, el vecino al que se la ha caído un calcetín o una sábana o el amor que cae a buscar tus caricias.
Hay gente para quien el timbre que suena es la amargura de una citación, una carta certificada, el ultimátum de una factura que no puedes pagar, un plazo para que te vayas no sabes a dónde porque no tienes ese dónde. Suena el timbre y es la certeza de que hay una máquina burocrática que no se olvida de ti, la alarma que te despierta de esos minutos donde estabas dormido y pensabas que todo había sido una pesadilla. Pero no. Suena el timbre y vienen a echarte de tu casa, donde ya tenías medidas las corrientes de aire, el ruido de la cisterna, los pasos en la escalera por la noche. No has hecho nada malo. Te has quedado sin trabajo.
De pronto no hay rincón donde poner los ojos que no se convierta en un abismo. Miras atrás y ves que tu país ha rescatado a los bancos y que ahora los bancos te echan de tu casa porque tu país, el mismo que los ha rescatado, no te da trabajo porque tú no eres rescatable. Que el Banco Popular, qué nombre más mentiroso, dice que debes muchos meses de alquiler y que tu suerte no es problema suyo. Y el Banco Santader, que ha comprado el Banco Popular, dice que te quiere fuera de la casa porque ahora es suya (siempre ha sido suya). Y la principal accionista del Banco, que se apellida Botín,  que también es un sarcasmo, dice que te quiere fuera de la casa. Tú solo te llamas Jordi.
Suena el timbre y sabes que vienen a echarte y no quieres abrir la puerta a esos heraldos de la muerte porque no tienes a dónde ir. Notas que entonces se van. Tienes unos minutos de calma. Pero tu pareja está desesperada porque te nota desesperado porque sabe que no sabes qué vais a hacer dentro de unas horas en la calle, con las cosas, las pocas, vuestras cosas, vuestra memoria que nadie puede repetir, sobre la acera. Suena otra vez el timbre y ahora sabes que es la policía, los mossos de escuadra, que vienen a tirar la puerta abajo para echarte. Porque la última razón del Estado no es saber que siempre podrás ir a algún sitio, no es saber que con el dinero del rescate va a haber una vivienda para los que como tú se quedan sin recursos. La última razón del Estado que llama a tu timbre no es la certeza de que la policía está para cumplir la Constitución. Porque la Constitución defiende la propiedad privada pero también la vida, la dignidad, la igualdad.
Pero ha sonado el timbre y la policía no va a llevarte a otra vivienda, no tiene el mandato del Gobierno de trasladarte a otro sitio mientras arreglas tu vida, sino que viene a tirar la puerta abajo y echarte a la calle porque les han dado esa orden y no caben más preguntas. Suena el timbre y sabes que quedan apenas minutos y el vértigo se te mete por dentro y te parece una broma que la Unión Europea haya condenado a España por no buscar alternativa habitacional para la gente desahuciada y no pase nada. Ya no tienes ganas ni de maldecir al gobierno. El vértigo se te ha metido muy por dentro y Cornellá, tu ciudad, pasa vertiginosa por tus ojos mientras dejas atrás el piso diez, el nueve, el ocho, quizá te has arrepentido pero ya no hay marcha atrás, el siete, seis, el cinco, tu cuerpo rasgando el aire, el cuatro, el tres, el dos, se acabó, te destrozas contra el suelo y un Banco tiene un piso más en su poder para rendir beneficios a los accionistas. Quizá antes del impacto creiste oír un timbre y recordaste otros timbres de otros momentos de tu vida pero ya es tarde, tan tarde.
Acabará el semestre y el Banco Santander dirá que ha tenido beneficios y los accionistas aplaudirán en la Asamblea General. Sus mercenarios nos dirán demagogos. Pero ni con eso se nos quitará esta tristeza.

DdA, XIV/3879

1 comentario:

luis ramos dijo...

Cuándo terminará de una vez está ignominia. Con tristeza y rabia tengo que aplaudir este artículo denuncia. Gracias por la claridad, pero duele saber que los esfuerzos de la gente de la PAH y similares estén minimizadas por verdades como éstas.

Publicar un comentario

Por favor, publique un comentario