lunes, 26 de junio de 2017

LA LIBRERÍA "CALDERS" DECLARA A GREGORIO MORÁN PERSONA "NON GRATA"

 A imagen y semejanza de aquellas editoriales que en su día se negaron a publicar algún libro del periodista y escritor Gregorio Morán, una librería de Barcelona ha decidido prohibir la exposición de la obra de uno de los autores más lúcidos y criticos de la Transición, y del tiempo que vivimos. Morán se sirve de esa alarmante y deplorable circunstancia, propia de un país abocado a soportar y aplicar la llamada Ley Mordaza hasta ese extremo, para escribir el siguiente artículo en BEZ. La librería en cuestión lleva el apellido de uno de los mejores autores de la literatura catalana, Pere Calders i Rossinyol (1912-1994), que como escritor republicano hubo de soportar el exilio durante buena parte de la dictadura franquista. Si la librería se llamara así por este motivo, no hay mayor ofensa a la memoria de Calders, a quien este Lazarillo tuvo el gusto de conocer.

Gregorio Morán

Casi sin darnos cuenta hemos entrado en un mundo periodístico en el que se mezcla de manera inquietante lo real con lo insólito. Yo creo que por primera vez en la historia de nuestra deteriorada vida intelectual ha ocurrido algo similar: la librería de Barcelona “Calders” ha decidido declararme persona `non grata´. Debo precisar que no sé ni dónde está situada y con toda probabilidad no habré entrado nunca.
Pero lo de menos es esto, lo importante es nuestra situación como periodistas, escritores, intelectuales o como quieran llamarnos. Copiando el trato arrogante de tantas editoriales, ahora resulta que el chiringuito de las librerías, que deberían cuidarnos como rosas moribundas, nos ponen condiciones ideológicas. Sé de varias poblaciones catalanas, y sospecho que otras no catalanas, que prohíben “motu proprio” la exposición de mis libros. Algo insólito incluso durante el franquismo, pero de ahí a declararte persona “non grata”, que a saber qué significa, media un trecho. ¿Qué no puedo entrar en la librería? ¿Qué llamarán a las autoridades?
Nos estamos volviendo locos de soberbia y estupidez. Cualquier fantasma ejerce de gran empresario hacia el alicaído mundo de la intelectualidad. Puedo asegurar que jamás conocí un período -y ya soy mayor- en el que el desprecio hacia el gremio fuera tan ostentoso. Nunca fuimos casi nada, pero ahora somos menos que nada. Curritos que escribimos y que debemos agradecer no solo que nos publiquen -lo que era habitual hasta ahora- sino que nos pongan en el escaparate.
Eso sí, los líderes parlamentarios seguirán citando al pobre Antonio Machado, como si fuera un mantra que cubriera sus vergüenzas. Malos tiempos para la lírica, escribió alguien en época mucha más brutal que la nuestra, ahora hay que ampliarlo a la prosa, el relato, el periodismo, la crítica literaria, en fin, a todo. Tanta atención por el silencio, acaba cansando. Lo reconozco  ¿De qué podemos escribir sin que nos salgan los lobos? En mi calle de Barcelona -Virgen de Montserrat- hay un quiosquero que censura los periódicos y hay algunos que compra y otros que desdeña. Algo inédito incluso en tiempos más inquisitoriales que estos.
Habría que preguntarse qué ha pasado para llegar a este punto, que estoy seguro no se limita a Cataluña sino a amplios territorios de la España eterna. Rafa Chirbes, el novelista tan ensalzado ahora como ninguneado antes, me contaba su experiencia en un pueblo de Extremadura donde contemplar el telediario en el bar, él, que era un habitual de tasca de taberna, le confirmaba sentir la misma sensación que los supuestos informativos de la televisión única del franquismo, donde los paisanos aplaudían y jaleaban a los líderes locales.
La pregunta del millón se reduce a una cantidad exigua, la de saber cómo ha sido posible el deterioro social. Cuanto peor estamos, más gente admite la situación como inevitable. Se acabaron las ilusiones, o las pretensiones de un mundo diferente. Ahora de lo que se trata es de sobrevivir, y para eso sirve cualquier cosa, desde la estafa a pequeña escala, la trampa cotidiana o lanzarse al vacío de una fortuna que sostenga el tráfico de drogas. Y esa frase, demoledora, “Yo no consumo, pero es un negocio tan impecable como el de los bancos”.
Hemos perdido los puntos cardinales. Nadie, a ciencia cierta, sabe si va hacia el norte o al oeste, pero es una cuestión menor, porque lo fundamental es sobrevivir. E igual que una librería te puede declarar persona “non grata”, cosa que en el franquismo hubiera sido un delito de ciudadanía democrática, porque asimilaba a la dictadura la misma sociedad abierta a la que aspirábamos, ahora resulta una singularidad, sin ningún sentido de mala conciencia, de unos fascistas reciclados con los que habremos de topar desde que salimos de casa. Hemos fracasado, y a determinadas edades, eso ya no tiene remedio.

DdA, XIV/3571

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