Hay personas -mujeres en su mayoría- que no ocuparon la primera línea de la historia, pero sin ellas la historia habría perdido parte de su memoria. Este es el caso de Dolores Rivas Cherif, esposa de Manuel Azaña, sin la cual la memoria que tenemos de quien fuera presidente de la Segunda República española no sería la que es en ninguna de sus vertientes, intelectual y política. No fue el único caso de mujeres que guardaron y preservaron la memoria de quienes compartieron su vida y sufrieron con sus maridos el exilio. El hermano de Dolores, el dramaturgo Cipriano Rivas, escribió una de las biografías más interesantes de Manuel Azaña, que suelo recomendar a menudo por ser de las más cruciales para entender la personalidad del protagonista desde la perspectiva de quien fue amigo y cuñado de don Manuel .
viernes, 7 de agosto de 2026
LA MEMORIA DE AZAÑA SE LLAMA DOLORES RIVAS CHERIF
Nacida en Madrid el 1 de octubre de 1904, pertenecía a una familia culta y liberal. Su hermano, Cipriano Rivas Cherif, dramaturgo y hombre de teatro, la acercó al círculo intelectual en el que conocería a Manuel Azaña. Entre ambos nació una relación cimentada en el afecto, la admiración y la complicidad, que culminó con su matrimonio en 1929. Desde entonces, Dolores acompañó a Azaña en el recorrido más intenso y dramático de la historia contemporánea de España. Compartió con él las esperanzas de la Segunda República, la responsabilidad del poder, la tragedia de la Guerra Civil y el amargo camino del exilio.
En febrero de 1939 cruzaron juntos la frontera francesa, dejando atrás un país devastado. Poco después se instalaron en Montauban, donde Manuel Azaña vivió sus últimos meses. Dolores permaneció a su lado hasta el final, asistiendo con serenidad y entereza a la muerte del presidente de la República el 3 de noviembre de 1940. En aquellos días oscuros fue ella quien luchó incansablemente por obtener el asilo que el Gobierno de México había ofrecido al matrimonio.
Viuda y exiliada, llegó a Veracruz en junio de 1941. México se convirtió en su patria de acogida durante más de medio siglo. Allí llevó una vida discreta, alejada del protagonismo, pero entregada a una misión silenciosa: preservar el legado moral, político y documental de Manuel Azaña para las generaciones futuras.
Con la llegada de la democracia, España volvió lentamente la mirada hacia quienes habían sufrido el exilio. Dolores recibió diversos reconocimientos institucionales, aunque el mayor de todos fue comprobar que la figura de Azaña comenzaba a ocupar el lugar que le correspondía en la memoria colectiva. Falleció en Ciudad de México el 30 de abril de 1993. Descansa en el Panteón Español, junto a su hermano Cipriano.
Dolores Rivas Cherif no fue únicamente la esposa del último presidente de la Segunda República. Fue la guardiana de una memoria perseguida, la testigo privilegiada de un tiempo decisivo y una mujer cuya discreción resultó tan valiosa como el más brillante de los discursos. Gracias a su fidelidad, una parte esencial de la historia de España logró sobrevivir a la larga noche del franquismo.
DdA, XXII/6429

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