jueves, 6 de agosto de 2026

LA PRESIDENTA ENCARGADA DE VENEZUELA ESTRECHA MANOS CON EL SIONISMO


 TERCERA Y ÚLTIMA ESPÍSTOLA PARA UN ECO, DESPUÉS DE VER EL ESTRECHÓN DE MANO CON SIONISTAS

Usted ya no existe en el habla de los que sufren, le dice el firmante a la presidenta encargada de Venezuela-; existe solo en los comunicados que nadie lee, por ejemplo en la embajada de Israel, donde la toleran como se tolera un mueble viejo (sí, tampoco se crea cosas), en los pasillos del poder real donde la consideran un trámite, un salvoconducto, una firma previsible. Ese es el desprecio último: la irrelevancia en vida, el ostracismo de los que aún respiran. Viva, Delcy. Viva muchos años. Viva para ver cómo el pueblo, ese al que usted dice haber salvado, reconstruye sobre sus ruinas morales una dignidad que usted ya no podrá habitar.

Raulito Torres Candil/ Aquí en La Habana.

Usted dijo "elegimos vivir". Pronunció esas palabras como quien revela una verdad profunda, cuando en realidad estaba confesando la bancarrota de un proyecto que alguna vez se atrevió a soñar con la dignidad como horizonte. Porque vivir, Delcy, viven también las cucarachas después de la hecatombe nuclear. Viven los gusanos en el cadáver del león. Vive el liquen adherido a la roca inmóvil. La cuestión nunca fue vivir; la cuestión fue siempre para qué, cómo, a costa de qué. Usted resolvió esa pregunta con la contabilidad menuda de quien pesa los huesos propios y ajenos en balanza de mercado, y encontró que los suyos valían más. Felicitaciones: sobrevivió. Pero sobrevivió para ser la administradora de la derrota, la notaria del despojo, la cara amable de la capitulación.
Los pueblos del mundo la miran hoy con ese desprecio ya no tan silencioso que se reserva a los gerentes del fracaso. No es odio: el odio requiere respeto, implica considerar al otro un adversario. Lo que los pueblos sienten por usted y por quienes como usted hicieron del "plegar" una profesión, es algo más corrosivo: es la indiferencia del que pasa frente a la estatua ecuestre de un general que nunca ganó batalla alguna. Es vergüenza ajena...
Hablaba usted del riesgo de masacre. Es cierto: el imperio asesina, encarcela, asfixia. Lo sabemos quienes venimos años siendo sometidos por el genocidio silencioso de un bloqueo real. Pero precisamente porque conocemos al monstruo, porque hemos sentido el peso de su soberbia durante décadas, sabemos distinguir entre quien negocia con el hocico del lobo para ganar tiempo y quien se hace amiga del lobo, almuerza con el lobo, termina pareciéndose al lobo. Usted cruzó esa frontera hace tiempo, y hoy el lobo la llama por su nombre de pila en las sobremesas de la dominación. Eso no es vivir, Delcy: eso es perdurar en calidad de administradora colonial del sufrimiento ajeno.
¿Sabe lo que dicen los migrantes venezolanos que cruzan el Darién con hijos en brazos? ¿Sabe lo que murmuran las madres que paren en hospitales sin luz, los jóvenes que empeñan el futuro por un pasaje de autobús, los viejos que mueren esperando pensiones que no alcanzan ni para el ataúd? No la insultan. No la reclaman. Simplemente han dejado de nombrarla. Usted ya no existe en el habla de los que sufren; existe solo en los comunicados que nadie lee, por ejemplo en la embajada de Israel, donde la toleran como se tolera un mueble viejo (sí, tampoco se crea cosas), en los pasillos del poder real donde la consideran un trámite, un salvoconducto, una firma previsible. Ese es el desprecio último: la irrelevancia en vida, el ostracismo de los que aún respiran.
Usted habló de elegir vivir. Pero vivir, en la tradición de quienes verdaderamente transformaron este continente, nunca fue preservar el pulso a cualquier precio. Vivir fue Bolívar atravesando los Andes con los pulmones rotos y la república a cuestas. Vivir fue Sucre negándose a disparar contra el pueblo en Quito y pagándolo con la vida. Vivir fue el Che en La Higuera diciéndole al verdugo "dispare, no tenga miedo". Vivir fue Allende en La Moneda con el casco y el fusil, mientras los aviones pintaban de humo el cielo de septiembre, vivir fueron 32 cubanos escoltas que decidieron que morir por defender la dignidad de tu pueblo era Vivir eternamente en su corazón...
Vivir fueron los miles de anónimos que jamás ocuparán un cargo ni firmarán un decreto, pero que sostuvieron huelgas de hambre, enfrentaron tanques con piedras, parieron en clandestinidad, amaron en medio de la persecución y murieron sin pedir permiso. Ellos eligieron vivir de tal modo que su muerte se volvió semilla. Usted eligió vivir de tal modo que su vida se volvió estiércol de dólar estéril, abono de nada, fertilizante del olvido.
La historia no la juzgará, Delcy. Eso sería concederle una estatura trágica que no posee. La historia la archivará en una nota al pie, en un párrafo breve de esos manuales que los estudiantes leen con prisa la noche anterior al examen. Será recordada como se recuerda a los virreyes que entregaron las llaves de la ciudad sin disparar un tiro, a los generales que pactaron el desmembramiento de la patria por conservar sus galones. Nadie escribirá odas sobre usted. Nadie pintará su retrato en los muros de las facultades. Nadie pondrá su nombre a una plaza, a una escuela, a un comité de base o a una niña. Será un fantasma burocrático, un eco de pasillo, una firma digital en documentos que el viento del tiempo dispersará sin duelo.
Mientras tanto, el pueblo, ese que usted dice haber salvado de la masacre, volverá a verse muriendo en las salas de espera de los hospitales, en las rutas migratorias, en las cárceles del continente, en la tristeza lenta de quien ve a sus hijos partir y sabe que no volverán. Seguirá muriendo, Delcy, pero sin usted. Porque el pueblo ya empezó a aprender a vivir sin su "consuetudinario servilismo" convertido en doctrina de Estado. Ya empezó a organizarse en la sombra, a curarse con lo que hay, a educar en los resquicios, a resistir en silencio mientras ustedes, los profesionales del pliegue, siguen negociando migajas de soberanía a cambio de migajas de verde impunidad.
Yo, que he gastado la vida en el oficio de las palabras, no encuentro una sola que pueda redimirla. No me sale la piedad. No me nace el consuelo. Solo puedo ofrecerle este espejo de tinta donde se mire y reconozca lo que el imperio hace de quienes eligen arrodillarse: no enemigos a vencer, sino sirvientes a despreciar. Usted ya no es peligrosa para ellos. Usted es útil. Y no hay destino más miserable para quien alguna vez se soñó revolucionaria que convertirse en herramienta del amo, en bisagra del sometimiento, en ese personaje lamentable que entra a las reuniones del poder real no por la puerta principal, sino por la de servicio, y aun así sonríe.
Viva, Delcy. Viva muchos años. Viva para ver cómo el pueblo, ese al que usted dice haber salvado, reconstruye sobre sus ruinas morales una dignidad que usted ya no podrá habitar. Viva para contemplar el día en que los nietos de los que hoy migran pregunten por su nombre y nadie sepa responder. Viva para entender, ya sin tiempo para enmendar, que hay formas de estar muerto que no requieren ataúd ni lápida: basta con haber firmado la propia irrelevancia histórica en el despacho de los vencedores.
Esa es la condena que le deseo. No la cárcel ni el exilio. No la persecución ni el escarnio. Le deseo la larga, interminable, asfixiante supervivencia de quien se sabe despreciada por los suyos, olvidada por los ajenos y tolerada apenas por aquellos a quienes entregó lo poco que quedaba por entregar. Le deseo décadas de vida para rumiar esta carta y todas las que no le escribirán. Le deseo el insomnio de las tres de la mañana, cuando los fantasmas de los que sí eligieron morir de pie se sientan al borde de su cama y no le digan nada, solo la miren.
Y usted sabrá, en ese silencio, que vivir no era suficiente.

DdA, XXII/6428

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