jueves, 28 de agosto de 2025

SÁNCHEZ, RUEDA, MAÑUECO, SU POLÍTICA MEDIOAMBIENTAL HA SIDO PASTO DE LAS LLAMAS

Hacía mucho que no leíamos nada del periodista y empresario leonés, natural de Peranzanes, que fue director general de la SER-Unión Radio y al que conocimos cuando ambos trabajábamos en el diario Arriba en nuestras respectivas mocedades. Desde luego, una vez leído este recomendable y largo artículo, publicado en El Confidencial y no en el diario El País como cabría suponer por los muchos años en la casa del autor, era de esperar que teniendo el apego que Gavela tiene a su tierra nos obsequiase con un texto crítico tan incontestable y preciso como el que firma en el citado medio. El articulista, movido sin duda por la pesadumbre y la indignación que le han provocado esos incendios masivos que aún continúan,  recurre a la ironía cuando se dirige a las máximas autoridades, agradeciéndoles que hayan "venido al culo del mundo" y siguiendo la tradición del filandón les invita "a que se pongan cómodos en torno a este inmenso anillo de ceniza, este agujero negro, que a día de hoy, cuando escribo, alcanza los 129 kilómetros cuadrados, una llaga abierta en la piel de mi tierra y en la conciencia de cualquier ciudadano de bien. Parlamentemos, pues, sobre el fuego en torno a la gran hoguera que asola el oeste peninsular. No me digan que el espectáculo no es a la vez grandioso y dantesco". Daniel Gavela es todo lo rotundo que se debe ante esta catástrofe en la España abandonada del noroeste (desde mediados del siglo XX, escribe el articulista): "asumen ustedes su responsabilidad como gobernanteso el fuego se ocupará de ello. "Volveré", ha dejado escrito en la ceniza el rabo ardiente de Satanás. Solo ustedes pueden impedirlo".

Pablo Maca

Daniel Gavela

Este es el lugar donde creció el olvido". Julio LlamazaresEl río del olvido.

Voy a empezar este artículo no como manda la ley periodística de la pirámide invertida, esto es, agarrando el toro por los cuernos, sino como requiere el protocolo institucional, saludando a las autoridades aquí presentes. Han sido convocadas para hacer una reflexión en torno al fuego, el que ha devorado el oeste peninsular y en concreto, al todavía no apagado de Anllares (tomémoslo como emblema de todos los fuegos), que ha alcanzado sucesivamente el valle del Sil, el valle de Fornela, que es el mío, y el valle de Ibias, en Asturias, donde sigue avanzando desbocado por montes de altísimo valor medioambiental, territorio del oso pardo y del urogallo, dos especies en la cúspide de la protección faunística española.

Este humo que se alza a nuestras espaldas, es por tanto, una amenaza para el último espolón de la cordillera Cantábrica, donde León, Asturias y Lugo triangulan sus límites provinciales; y Castilla y León, Galicia y Asturias, sus correspondientes límites autonómicos. Un lugar imponente, tallado por los vientos atlánticos y las nieves de invierno y primavera, acosado por un fuego voraz desde el 8 de agosto, como ustedes ya saben. Siguiendo la ley del fuego, que acaba de dejar patente que no conoce fronteras, les hemos convocado, excelentísimos señores y señoras, en la convicción de que lo que ha unido el fuego no lo debiera separar el hombre.

Señor presidente del Gobierno; señor presidente de Castilla y León; señor presidente de Asturias; señor presidente de la Xunta de Galicia; presidentes de las diputaciones de Lugo, León y Asturias; alcaldes y alcaldesas de Fornela, Ancares, Degaña, Palacios del Sil, Páramo del Sil y Fabero: gracias por venir al culo del mundo, al que solo algunos de ustedes pertenecen, pero que a todos compete.

Gracias, respetadas autoridades, porque no es fácil llegar a estos parajes aislados y abandonados, de los que hasta hace poco la mayoría de ustedes no tenía noticia ni buena ni mala; gracias por adentrarse en este callejón de El Bierzo donde da la vuelta el aire, simplemente porque no encuentra la salida. Al valle de Fornela se entra por donde se sale, porque nadie se ha preocupado de comunicarlo con los valles circundantes. He aquí la razón por la que seis pueblos han sido desalojados durante cinco días, cuando de existir una salida asfaltada hacia Ibias (Asturias) o hacia Ancares (León) no hubiera sido necesario hacerlo. Un culo de saco donde esta vez ha habido suerte, pero que en la próxima, puede dejar atrapados sin salida y a merced del fuego a los habitantes de todo el valle de Fornela.

Siguiendo la tradición del filandón, esa institución del acervo popular leonés basado en el relato oral, en la que han bebido grandes escritores como Luis Mateo Díez, J.M. Merino, o Julio Llamazaresles invito a que se pongan cómodos en torno a este inmenso anillo de ceniza, este agujero negro, que a día de hoy, cuando escribo, alcanza los 129 kilómetros cuadrados, una llaga abierta en la piel de mi tierra y en la conciencia de cualquier ciudadano de bien. Parlamentemos, pues, sobre el fuego en torno a la gran hoguera que asola el oeste peninsular. No me digan que el espectáculo no es a la vez grandioso y dantesco.

Hoy se ve el Bierzo moteado de verde y cenizas, pero si hace tan solo un mes hubiéramos celebrado este filandón en la cumbre del Miro, que reparte aguas entre las cuencas del Sil, el Cúa y el Ibias, nos hubiera cegado el verdor del verano incipiente, que aquí es primavera tardía, y alucinaríamos con la grandeza de este anillo de valles sucesivos que se pierden en los montes de León por el sur, donde se engarzan las Médulas, el valle del Silencio y Compludo, tres joyas paisajísticas y monumentales, hoy destruidas por el fuego.

Hacia el suroeste la mirada se tiende en dirección a Portugal sobre los montes orensanos de Valdeorras, también pasto de las llamas. Y más al oeste, tocándola casi con la mano, la reserva de la Biosfera de los Ancares, hasta hoy respetada por los incendios, gracias al trabajo ingente de las brigadas que lograron que el fuego no cruzara el río Cúa, entre Cariseda y Peranzanes.

Si giramos al norte, Asturias. A nuestros pies, la explosión boscosa de la reserva de Degaña, aún hoy pasto de las llamas, el río Ibias, y un poco más allá los montes de Cangas de Narcea y el bosque sagrado de Muniellos, también reserva de la Biosfera. Si giramos al noreste, Laciana, allá abajo, y en el punto de fuga, Babia, tercera reserva de la Biosfera a nuestro alcance, donde se yerguen las Ubiñas mayor y menor, asomadas ya a Pajares, y apuntando en la lejanía a los Picos de Europa. Y si para cerrar el círculo bajamos por la cuerda de los Montes de León, en el puro Este, damos con las Omañas, donde hoy arde uno de los fuegos más voraces de la provincia de León, y el pico Catoute, guardando el acceso al valle de Noceda.

Sería fácil dejarse llevar por la ira y el agravio, pero eso no repara el daño. Ustedes saben que han llegado tarde, y solo los alcaldes pueden presumir de haber estado ahí, plantado cara al fuego desde el primer momento con lo que tenían, que era valioso pero no suficiente: armados de la determinación vecinal trataron de impedir con sus propias fuerzas que las llamas no devoraran ni sus montes ni sus pueblos. Y lograron lo segundo, ganando tiempo para que despertara el sentido de la responsabilidad en otras instancias.

Los demás, incluidos ustedes, no estaban, pero fueron llegando, esa es la verdad; y a partir de un determinado momento lo hicieron con gran despliegue de medios y también en algunos casos acompañados de fanfarria belicista, que en nada ayudaba a centrarse en la tarea. Dejen, por ello, de pelearse por ver quién llegó primero, porque todos lo hicieron con retraso. A la vista están las 400.000 hectáreas destruidas y las cinco víctimas mortales que ha dejado el fuego: ¡un borrón descomunal en su hoja de servicios, señores! Pero no solo ustedes llegaron tarde: lo hicieron también todos quienes a lo largo del siglo XXI, cuando menos, desde su responsabilidad en el Gobierno de España, en las Comunidades autónomas, en las Diputaciones, en el Congreso de los Diputados o en los Parlamentos autonómicos, incluso en el Parlamento Europeo, dejaron en el más puro abandono a esta parte de la España vaciada que alberga el bosque más extenso y frondoso de la Península Ibérica.

Pero hoy no va de reproches ni de exigir responsabilidades penales ni siquiera políticas. Va de que tomen conciencia de que todo lo que ha ardido y lo que queda por arder les pertenece, les incumbe, los reclama; porque lo uno y lo otro, con excepción de un puñado de viviendas o de unas decenas de cabezas de ganado, son bienes públicos. Podemos echarle la culpa enteramente al cambio climático como agente único de esta ola incendiaria, si ello les consuela o les sirve para lavarse las manos, pero no le podemos echar el muerto a la propiedad privada, porque son montes comunes, cuya integridad, preservación y sostenibilidad depende íntegramente de los gestores públicos, es decir, de ustedes.

Dice la sabiduría popular que el rebaño que no guarda el pastor lo guarda el lobo. Lo mismo sucede con el fuego, que no es una maldición bíblica, y precisa ser gestionado dando por sentado que, como el lobo en medio del rebaño, comparecerá en nuestros montes más tarde o más temprano, bien por causas naturales bien por la acción humana. Como la España despoblada no acumula fuerza de voto ni de protesta para hacerse escuchar ha sido la naturaleza la que se ha rebelado, poniendo al descubierto un abandono que arranca en la segunda mitad del siglo XX y se sublima en lo que va de siglo.

Señor Sánchez, señor Rueda, señor Fernández Mañueco, señor Barbón: tomen conciencia de que la política medioambiental en relación con el fuego, la que han heredado y la que han implementado sus equipos, ha sido pasto de las llamas y ha quedado reducida a cenizas en este agosto infernal.

Tienen que empezar de cero con humildad, con ambición, pegados al terreno y desprovistos de ventajismo ideológico o de clientelismo subvencionado, dando respuesta a los efectos del cambio climático y a las mutaciones medioambientales derivadas de la despoblación del mundo rural y de la acumulación de masa forestal hasta extremos que resultan incontrolables cuando aparece el fuego.

Reseteen su mentalidad y sus políticas, y coloquen de nuevo a la genteal paisanaje antes que al funcionariado por muy sabio que sea, en el centro de la gestión medioambiental. Con la gente, no sin la gente, ni contra ella, que aun siendo pocos acumulan una sabiduría ancestral que sigue siendo útil para gestionar estos asuntos. Ellos les recomendarían que no se duerman, porque el mes de septiembre suele ser el más peligroso en el norte peninsular, debido a que el estrés hídrico alcanza en el último tramo del verano no solo al monte bajo sino también a lo más valioso: el bosque atlántico de la cordillera Cantábrica. Y les dirían también esa gran verdad ignorada, pese a ser la más repetida: que los fuegos se apagan en invierno. Y que hay que acabar con ese complejo de Diógenes aventado por un ecologismo fundamentalista que ha dictado como norma sagrada que todo lo que el bosque genera no se toca y en el bosque se queda, acumulando combustible.

Pertréchense de humildad para rectificar políticas manifiestamente equivocadas, como abandonar la prevención en aras de la extinción de unos fuegos que en realidad han devenido en inextinguibles: arden mientras encuentran masa disponible o hasta que aparece la lluvia, como veremos pronto con algunos fuegos todavía vivos. Ni adanismo ni edenismo (mitificación de la naturaleza primigenia) son la solución. Ha quedado patente en estos días que la naturaleza no se defiende sola, como sostiene el iluminismo ecológico. Si son buenos los llamados fuegos técnicos en verano para apagar los incendios, como hemos visto estos días, ¿por qué no lo son para prevenirlos en invierno, como se ha practicado desde tiempo inmemorial en toda la geografía española hasta su prohibición? O asumen ustedes su responsabilidad como gobernanteso el fuego se ocupará de ello. "Volveré", ha dejado escrito en la ceniza el rabo ardiente de Satanás. Solo ustedes pueden impedirlo.

Tomen conciencia de que ya no se trata de poner remiendos, limitándose a restituir el arbolado allí donde ha ardido, o compensando los daños económicos causados a la población. La magnitud del desastre exige respuestas a lo grande, no actuando por separado sino con visión de conjunto: pongan en pie un plan integral para revitalizar este territorio del Occidente interior, que merece ser preservado para las futuras generaciones y disfrutado por las presentes.

Ya pertenezca a Asturias, a Galicia o a León, este es un territorio único en su monumentalidad paisajística; no divisible, como acaba de enseñarnos el fuego. Como pulmón de la Península Ibérica, el occidente astur-galaico-leonés necesita de un proyecto conjunto de viabilidad que fije población, en la convicción de que la actividad humana es esencia para la preservación de la naturaleza.

No más parchesno más políticas bonitas buscando titulares en los medios. ¿De qué sirve, por ejemplo, plantar árboles frutales en las laderas para que los osos no se acerquen a los pueblos, si luego viene un fuego y se lo lleva todo por delante? No es posible proteger la fauna si no se protege a la vez la flora.

Ésta es la ocasión de que se den cuenta de lo que tienen entre manos: yendo de este a oeste, Las Omañas, Babia, Laciana, Fornela, Ibias, Muniellos, los Ancares de León y de Lugo constituyen en su conjunto una reserva turística casi inexplorada, que desemboca en las Médulas por el sur y en Taramundi por el norte. Posiblemente en este Occidente montañoso, que compete a los ayuntamientos respectivos, a tres administraciones autonómicas y al Gobierno central, reside uno de los proyectos turísticos más atractivos, con el disfrute de la naturaleza como leitmotiv, ahora que el cambio climático empuja a la gente a buscar nuevos rumbos y otros destinos. Tejer una red de carreteras, caminos y sendas, que articule y comunique todos estos valles y dotarlos de los servicios para el esparcimiento que requieren los tiempos, puede ser el proyecto turístico más rompedor que le queda a nuestro país por emprender, si ustedes se pusieran a ello.

Estas pueden ser las Tierras Altas de España, cuya flora se hermana con sus homónimas de Escociaun éxito mundial del turismo basado en naturaleza y respetuoso con ella, en valles tan solitarios como los nuestros, pero unidos de Este a oeste por la famosa carrera NC500 de la que parten infinidad de carreteras secundarias, caminos y senderos hacia rutas que hacen de Escocia una marca mundial para el excursionismo de montaña.

Poner foco en el turismo no significa olvidarse de la necesidad de impulsar la explotación ganaderatan beneficiosa para la limpieza de los montes y para el control de la naturaleza. Conviene recordar que estos montes, generosos en pastos, fueron en su día destino de una gran parte de la ganadería extensiva en el brazo occidental de la trashumancia peninsular. Agotada la minería y la producción eléctrica, no hay otras patas para sostener estos territorios que no venga del turismo y de la ganadería, en un plan estructural, a largo plazo, que trascienda a la urgencia, a la comarcalidad y al provincianismo. De no armar un proyecto ambicioso, estos apuros de hoy desembocarán otra vez en el mismo abandono y todo volverá a ser pasto de las llamas.

Toca ponerse a trabajar con premura para evitar los incendios de mañana antes de que sea tarde. Y tengan claro que, siendo poderosos, ustedes no lo pueden todo. Ese bosque de Degaña que arde a nuestras espaldas, alberga robles centenarios, no de cien años, sino de quinientos; unos robles ciclópeos cuyo perímetro no abrazan cuatro hombres, y que tal vez empezaron a crecer antes de la Armada Invencible. Ellos y otros como ellos que crecen a un lado y otro de la cordillera Cantábrica, como en el monte de Trayecto, eran en realidad la Armada Invencible de estos parajes, al menos hasta hoy, cuando la tempestad de la desidia les ha traído asociada la tempestad del fuego. Pueden efectivamente reparar los daños materiales causados por los incendios, pero no hay político capaz de restituir el patrimonio natural que eran los castaños centenarios que ardieron en las Médulas, porque para bien o para mal, los tiempos de la naturaleza y los de la política no son coincidentes.

Las más de 400.000 hectáreas que han ardido estos días en España constituyen una catástrofe sin paliativos. Como en todas las derrotas hay héroes que se han batido contra el fuego, honor a ellos; y capitanes que, en momentos diferentes de nuestra historia reciente, no han sabido estar a la altura del desafío. Déjennos creer que hemos perdido una batallapero no la guerra.

EL CONFIDENCIAL DdA, XXI/6086

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