Félix Población
Puede que en el ánimo del líder de la extrema derecha española esté teniendo su influencia el proceder de su amantísimo líder sionista Benjamín Netanyahu, para quien hundir escuelas, hospitales y campos de refugiados se ha convertido en los últimos veintidós meses en rutina genocida. Si Netanyahu y sus ejércitos pusieron en marcha una supuesta guerra en la que por primer vez en la historia bajo ese término hipócrita el 80 por ciento de las víctimas mortales son civiles, de las que una mayoría son menores, lo que Abascal pretende es hundir una embarcación que salva vidas, tal como señala en fundador de Open Arms (Brazos Abiertos), la organización que más está luchando por evitar o paliar el vergonzoso crecimiento del mayor cementerio del planeta. Ya son muchos miles de hombres, mujeres y menores los que quisieron huir del hambre, las guerras o la miseria para encontrar nueva vida más al norte y acabaron sepultadas bajo las aguas del Mediterráneo o el Atlántico. Tal como han dicho el director de esa organización, así como el presidente del gobierno canario, Fernando Clavijo, Abascal es un fascista y un xenófobo, y sus palabras son propias de una persona indecente. La sociedad de este país debería tener cada vez más claro que, con semejantes declaraciones o con acosos y ataques a periodistas como el sufrido por Román Cuesta en la localidad salmantina de Morille por parte de individuos que representaron o representan a Vox, no hay más que distinguir entre demócratas y antidemócratas. El Partido Popular y sus electores deberían decantarse en este sentido porque no se puede aspirar al gobierno democrático de un país contando entre las previsiones con un ministro de la catadura racista y xenófoba de Santiago Abascal. Hasta el momento nada en el partido Popular hace pensar que esté más cerca de la democracia que de la extrema derecha. No deja de ofrecer ejemplos que lo confirman, sobre todo desde el mismo centro del país, con un proceso cada vez más orientado a confirmarse que a diluirse. Sin duda porque desde Washington soplan vientos propicios a ello, ante la pasividad o sometimiento servil y claudicante de la Unión Europea. Ante barbaries como la de Gaza y otras guerras que se dan en el planeta, los barcos que salvan vidas son una estimulante referencia humanitaria que nos congracia con los valores que deben primar en una sociedad democrática civilizada. No, no es un buen plan para un país que pretenda ser esto último, democrático y civilizado, un gobierno en el que figure Abascal como ministro de un gobierno dispuesto a hundir esa valiosa referencia humanitaria.
DdA, XXI/6087
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