viernes, 14 de agosto de 2026

CONDENADO MILANS DEL BOSH, FUE HOMENAJEADO EN UNA CAPITANÍA GENERAL


Sucedió una noche de guardia en la Capitanía General de Sevilla en octubre de 1982, el mismo mes que el Partido Socialista ganó las elecciones generales con las promesas del "Cambio". Lo cuenta el autor, uno de los soldados de guardia, en su siempre interesante blog y es sin duda un recuerdo relevante sobre aquel periodo histórico, aunque a quienes vivimos aquellos años no nos sorprenda en exceso: "Al otro lado de la pared -escribe Serna- se estaba celebrando el homenaje clandestino a un militar de máxima graduación. Oíamos las reverencias sin verlas. Oíamos los saludos y los taconazos preceptivos, ejecutados con el mayor énfasis. Oíamos las voces de generales y jefes de Estado Mayor que se cuadraban ante alguien a quien trataban como superior jerárquico. Le presentaban sus respetos, lo felicitaban, se declaraban orgullosos, decían, de haber sido sus subordinados". El así homenajeado era el general Milans del Bosh. "Semanas antes -anota también Serna- en la II Sección, la de Información, a la que yo estaba destinado como ordenanza, me habían hecho triturar unos expedientes comprometedores. La orden había sido tajante. Me la había dado mi teniente coronel.—Serna, destruya esos documentos uno a uno sin leer su contenido. No se le ocurra —me gritó". Justo Serna, que es historiador, añade: Entre las carpetillas que destruí, pero que pude leer fugazmente, estaba el expediente dedicado a Jaime Milans del Bosch y Ussía". Sigo confiando en que, cuando llegue la Tercera, sabremos todo lo que se sigue ignorando de aquel 23-F y sus efectos derivados.


Justo Serna

A pesar de haberlo anunciado en otra parte, aún no he revelado cómo conocí a Jaime Milans del Bosch y Ussía. Casi me da pereza contarlo. E incluso algo de miedo. Algo de miedo me queda, sí.
Durante años solo a muy pocas personas relaté la inquietante anécdota. Eso sí, más de una vez. Uno puede convertirse en un tipo pesado, fastidioso, cuando cree haber sido testigo mudo de un episodio histórico. Vale, de acuerdo: un episodio minúsculo, pero histórico.
Al final lo revelo aquí y ahora, sin adornos, sin añadidos, sin fantasías. Revelo, sí, públicamente un secreto oficial. Es modesto, pero desconcertante y efectivamente reservado: máximo secreto. Este asunto menor dice mucho de lo que era la España castrense de 1981 y 1982.
Para quienes no vivieron aquellos años bastarán unos pocos datos. El teniente general Jaime Milans del Bosch era el jefe de la III Región Militar, con sede en Valencia, en febrero de 1981.
En la tarde del día 23, mientras el teniente coronel Antonio Tejero mantenía secuestrado al Congreso de los Diputados, Milans del Bosch publicó un bando por el que declaraba el estado de excepción y establecía un toque de queda que empezaba a las 21 horas, si no recuerdo mal.
Por entonces yo era un joven de veintipocos años que estaba a punto de acabar la carrera universitaria. Tenía todo el porvenir por delante y una eternidad de muchas décadas por vivir.
Aquella tarde, aquella noche, que un golpe de Estado pudiera quebrar la recientísima democracia de que disfrutábamos me derrumbó. Y más cosas. Me aturdió, me enervó y me irritó hasta extremos indecibles. Y me atemorizó, claro. Como a tantos otros jóvenes y no tan jóvenes que no teníamos madera de héroes.
Un familiar, primo hermano mío, militar de carrera, era esa noche el oficial de la guardia dispuesta a la entrada de Capitanía, en Valencia. Según me reveló días después, mi pariente había recibido una sola orden directa de Milans del Bosch.
—Si vienen a detenerme, dispara —le espetó.
Al cabo del tiempo, no sé cuánto, mi primo abandonaría el ejército y la carrera militar. Según me contó entonces, la causa era el malestar general y la úlcera que una circunstancia tan extrema le había ocasionado. Eso es lo que él me dijo.
Punto y aparte.
En octubre de 1982, una noche, dos soldados de la Capitanía General de la II Región Militar, con sede en Sevilla, debían realizar un servicio. Era lo que se llamaba una guardia de Estado Mayor, una obligación molesta y frecuente.
Se trataba de pasar la noche en vela, o parte de la noche. Los soldados no debían permanecer en posición de firmes o de descanso. No hacían guardia en una garita, sino en la planta de Estado Mayor. Durante las horas que les correspondían debían permanecer sentados en una pequeña dependencia adosada a la sala noble, portando sus respectivos subfusiles. Descargados, eso sí.
Uno de esos soldados era yo. Las horas no pasaban veloces y, para matar el aburrimiento, leía. Recuerdo que por entonces llevaba conmigo, con las tapas forradas de papel de periódico, la Antología de Antonio Gramsci editada por Manuel Sacristán. Un soldado español, en una Capitanía General, hacía guardia con un subfusil descargado y leía a Gramsci a escondidas.
Lo habitual en una guardia de Estado Mayor era que el jefe dejara abierta la puerta de aquella dependencia tan angosta. Sin embargo, aquella noche de octubre el comandante nos advirtió a gritos, con severidad y con mucho aspaviento.
—Voy a cerrar la puerta.
Nosotros permanecíamos mudos, expectantes y con un miedo cerval, al menos en mi caso.
—Por supuesto no vais a ver nada ni oír nada —añadió—. Si contáis lo que pasa en la sala —dijo, refiriéndose al salón noble— os empuro, os meto un Consejo de Guerra del que no salís vivos.
Probablemente era una amenaza que no habría podido cumplir. Una baladronada, quizá, en el caso de habernos sorprendido espiando. Eso puedo pensarlo ahora. Entonces no. En aquel momento no era únicamente una amenaza intimidatoria. Era el terror posible.
No debíamos ver, no debíamos oír y, sobre todo, no debíamos contar.
Por supuesto desatendimos la orden. Escuchamos. Adivinamos y recreamos, con detalle y cuidado, lo que allí al costado ocurría.
¿Y qué ocurría?
Al otro lado de la pared se estaba celebrando el homenaje clandestino a un militar de máxima graduación. Oíamos las reverencias sin verlas. Oíamos los saludos y los taconazos preceptivos, ejecutados con el mayor énfasis. Oíamos las voces de generales y jefes de Estado Mayor que se cuadraban ante alguien a quien trataban como superior jerárquico. Le presentaban sus respetos, lo felicitaban, se declaraban orgullosos, decían, de haber sido sus subordinados.
Y aquel hombre respondía. Más aún: arengaba a los congregados. Nosotros escuchábamos al otro lado de una puerta que no debíamos abrir.
Aquel militar había sido condenado meses atrás por su participación en la rebelión del 23-F. El Tribunal Supremo había confirmado en abril de 1982 la condena a treinta años de reclusión de Jaime Milans del Bosch como coautor de un delito de rebelión militar. La condena implicaba además la pérdida de empleo y la inhabilitación.
Pero esa noche, al otro lado de la pared, no parecía un condenado. No parecía siquiera un antiguo teniente general. Por el tono de los saludos, por los taconazos, por las felicitaciones, por el respeto con que se dirigían a él, seguía siendo para aquellos hombres el superior.
Nosotros todavía no lo habíamos visto. Pero lo oíamos. Y lo que oíamos daba pavor.
Su pronunciamiento era estridente en las formas y exaltado por las alertas con que amenazaba. Hablaba de una conspiración que, según él, estaba en marcha. Hablaba de España en peligro. Conminaba a los allí presentes a conjurarse para echar a los políticos y al rey.
Los dos soldados que hacíamos guardia en las dependencias de Estado Mayor nos mirábamos atónitos, con una inquietud y un malestar crecientes, sin saber qué hacer, qué decir, qué callar. Si nuestros sentidos no nos engañaban, estábamos escuchando algo que se parecía peligrosamente a otra rebelión militar.
¿De verdad estaba ocurriendo aquello? Yo había cursado la carrera de Historia y creía que la circunstancia era excepcional. Histórica, propiamente.
Hoy sé algo más. Sé que aquello no fue una nueva rebelión militar. Fue otra cosa quizá más reveladora: un acto de homenaje y sumisión a un golpista que ya había sido condenado.
También sé lo que entonces ignoraba. Milans era ya un preso. Había sido apartado de su primer centro de reclusión para dificultar sus contactos. Había llegado desde Madrid en un avión militar, había hecho escala en Sevilla y al día siguiente sería trasladado a su nuevo destino: Algeciras.
Todo ocurría, además, en octubre de 1982, inmediatamente antes de las elecciones generales que ganarían los socialistas y cuando acababa de descubrirse otra trama golpista, la llamada Operación Cervantes.
Pero aquella noche yo no sabía todo eso. Aquella noche estaba sentado detrás de una puerta con un subfusil descargado y escuchaba.
No me inquietaba únicamente Milans del Bosch. Me provocaba estupor y decepción confirmar en manos de quiénes estábamos los soldados: dos jóvenes convertidos involuntariamente en testigos mudos de aquel acto. ¿Qué podían hacernos?
Antes de la medianoche, la puerta de aquella humilde dependencia se abrió y el comandante nos hizo salir. El vocerío se hizo más intenso, más cercano. Yo sentí pánico.
Salimos con la cabeza gacha, cargando con los subfusiles. Habíamos recibido la orden de no ver nada y procurábamos, al menos en apariencia, obedecerla.
Pero miré.
Miré de soslayo y entonces lo vi. O, mejor dicho, lo entreví.
Jaime Milans del Bosch estaba allí, a escasos metros. El hombre cuya voz acabábamos de escuchar detrás de la puerta, el hombre ante quien se habían cuadrado generales y jefes, el condenado por rebelión militar, estaba allí, físicamente, delante de nosotros.
Yo bajé la cabeza.
Y fue entonces cuando recordé otra cosa.
Semanas atrás, en la II Sección, la de Información, a la que yo estaba destinado como ordenanza, me habían hecho triturar unos expedientes comprometedores. La orden había sido tajante. Me la había dado mi teniente coronel.
—Serna, destruya esos documentos uno a uno sin leer su contenido. No se le ocurra —me gritó.
Otra orden: no leer.
Por supuesto, yo también había incumplido aquel mandato, extremando la cautela y haciendo como que aquello no iba conmigo. Destruía los documentos uno por uno y leía. Apenas podía hacerlo: un nombre, una fecha, unas líneas rápidas antes de introducir las hojas en la trituradora.
Entre las carpetillas que destruí, pero que pude leer fugazmente, estaba el expediente dedicado a Jaime Milans del Bosch y Ussía.
Primero me habían ordenado no leer. Después me ordenaron no escuchar. Luego, no mirar. Y finalmente, no contar.
Durante muchos años cumplí al menos esta última orden. Las otras no.
A la fuerza, que no de grado, un futuro historiador había triturado uno de los documentos más relevantes que había tenido en sus manos: un documento referido a un conspirador del siglo XX.
Y aquella noche, poco después, ese futuro historiador, vestido de soldado y con un subfusil descargado, había oído su voz y había entrevisto su rostro.

DdA, XXII/6436

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