Un 31 de julio de 1826, el maestro Gaietà Ripoll era ahorcado en la plaza del Mercado de València por orden de la Junta de la Fe, órgano continuador del Santo Oficio. Valencia tiene el dudoso honor de ser la ciudad donde la Inquisición ajustició a la última víctima en el mundo. Sin embargo, la mayoría de ‘patriotas’ valencianos no sabe quién fue Ripoll. Casi un siglo después, la España franquista de la victoria (no de la paz) impondría tribunales como el de la Represión de la Masonería y el Comunismo, que por sus procedimientos recordaron a los del Santo Oficio. Europa, y no sólo Valencia -se dice en el artículo-, tiene una gran deuda con el maestro Gaietà Ripoll. Y en ello están varias entidades (Cullera Laica, València Laica, Associació Valènciana d’Ateisme i Lliurepensament), que, con pocos medios y mucha dejadez institucional, intentan aflorar su memoria, recuperando documentos y pidiendo al ayuntamiento erigir una estatua en lugar digno, tal como ya disponen Miguel Servet, Giordano Bruno y François-Jean Lefebvre.

Marc Cabanilles, Levante
Fue hace doscientos años, un 31 de julio de 1826, el maestro Gaietà Ripoll era ahorcado en la plaza del Mercado de València por orden de la Junta de la Fe, órgano continuador del Tribunal del Santo Oficio. Tenemos el dudoso honor de ser la ciudad donde la Inquisición ajustició a la última víctima en el mundo. Pero también ostentamos el triste récord, no ya de haber olvidado, sino que tan siquiera la mayoría de patriotas valencianos sabe quién fue Gaietà, cuyo proceso, constituye uno de los episodios más nefastos de represión ideológica y religiosa en nuestra historia contemporánea.
Por supuesto que antes de Gaietà Ripoll hubo muchísimas más víctimas, y algunas siguen presentes en la memoria.
Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, descubridor de la circulación pulmonar sanguínea, quemado vivo en Ginebra a causa de sus “errores” teológicos. Tiene dedicadas calles, plazas, hospitales, estatuas en numerosos países (Suiza, España, México, Francia, Estados Unidos, …) y hasta un asteroide lleva su nombre.
Giordano Bruno, astrónomo, matemático, filósofo y poeta. Por sus opiniones científicas y sus dudas respecto a algunos dogmas de católicos, la Inquisición le condenó a morir quemado, previo amarre de su lengua a una estaca, para que no pudiera hablar durante su ejecución. En 1889 se erigió la actual estatua en la plaza del Campo dei Fiori en Roma. El cardenal que dirigió el proceso inquisitorial (Roberto Belarmino), fue canonizado en 1930.
François-Jean Lefebvre, acusado de blasfemia por no quitarse el sombrero al paso de una procesión. La Inquisición registró su casa y encontró libros prohibidos de Voltaire. Fue condenado a morir en la hoguera junto a uno de los libros prohibidos, previa amputación de la lengua, una mano y su decapitación. En 1897 una comisión de librepensadores le erigió una estatua junto a la Basílica del Sacre Coeur en París. Anualmente, cada primer domingo de julio, una manifestación parte del monumento y finaliza en el sitio donde sufrió el suplicio.
Todos estos ajusticiamientos, no tenían únicamente la finalidad de castigar a cada persona en particular por haberse apartado del rebaño, por haberse atrevido a pensar por su cuenta, sino que servía como un mecanismo de control social, de inculcar miedo a la población, de demostrar quien tenía el poder, un recordatorio de cuáles son las normas de obligado cumplimiento, de quienes se encargan de aplicarlas y de hasta dónde están dispuestos a llegar para que se cumplan.

Gaietà Ripoll, nuestra víctima, ejerció la docencia en el barrio de La Punta (Russafa). Era deísta, por lo tanto, creía en la existencia de un dios creador, que diseñó el cosmos y estableció las leyes naturales, pero que no se involucra en los asuntos humanos, ni altera el curso de los acontecimientos del mundo. Por tanto, Ripoll cree en los Diez Mandamientos, pero no en milagros, no practica ritos religiosos ni rezos, no cree en Jesucristo, ni en la Santísima Trinidad, ni el misterio de la Encarnación, ni en la virginidad de María, ni en los Evangelios, ni en la infalibilidad del Papa, no obligaba a sus alumnos a decir “Ave María Purísima”, ni hacer la señal de la cruz, no creía necesario ir a misa, retiró el crucifijo de su aula, tampoco sacaba a sus alumnos a la calle al paso del “señor sacramentado”…
Con esas creencias y comportamientos, y recién creadas las Juntas de Fe, en pleno reinado absolutista del borbón Fernando VII, fue declarado “fuera de la comunión de la Iglesia Católica, condenado a la horca y a ser quemado como hereje pertinaz y acabado, con plena confiscación de sus bienes” (Salustiano Olózaga, periódico Las Novedades, Madrid, 1863).
Dado que, en 1826 ya no se quemaba, una vez ahorcado, fue introducido en un barril pintado con unas serpientes y unas llamas figuradas.
Su detención se prolongó durante dos años, encerrado en la cárcel de San Narciso, antigua prisión histórica de la ciudad de València, ubicada cerca de las actuales Cortes Valencianas. Dos años de acoso y derribo, de sufrir los constantes interrogatorios por parte de “sacerdotes de conocido celo y buen saber que lo desengañasen de sus creencias” (Cirilo García. Periódico El Pensamiento Español, 1869). Dos años buscando testigos que corroborasen “los atentados, blasfemias y herejías vertidas por Ripoll”. El maestro nunca se retractó de sus creencias.
Gaietà Ripoll, símbolo de coherencia y honestidad, fue enterrado, como apestado, en lugar profano, fuera del Cementerio General, mientras que el responsable de su muerte, el obispo Simón López, enterrado en la catedral de València, dijo sobre la ejecución: “Dios quiera que sirva de escarmiento para unos y de lección para otros”.
El pensamiento conservador nos ha ganado la partida. El olvido de Gaietà Ripoll, es todo un síntoma de una sociedad poco conocedora de su historia y que no demuestra ningún interés en recuperarla. Si Ripoll hubiera vivido en la antigua Grecia, sería discípulo aventajado de Sócrates. En Roma lo hubiera admirado Catón. Pero vivió en València, donde cabría esperar la progresía (o lo que queda de ella), no sólo supieran de Jaume I (un rey conquistador) o de Vicente Ferrer (bestia negra del judaísmo).
Todo esto pasó hace doscientos años, pero siguen ocurriendo episodios de señalamiento público de quienes no aceptan ciertas “verdades”, campañas para difamar o arrinconar a quienes ejercen un pensamiento crítico, uso de instituciones o poderes del Estado para perseguir al discrepante, y ahora, en plena democracia, nos arrasa una corriente de incultura, intolerancia y autoritarismo que, de no reaccionar, nos devolverá a los tiempos oscuros del asesinado Gaietà Ripoll.
Europa, y no sólo València, tiene una gran deuda con el maestro Gaietà Ripoll. Y en ello están varias entidades (Cullera Laica, València Laica, Associació Valènciana d’Ateisme i Lliurepensament), que, con pocos medios y mucha dejadez institucional, intentan aflorar su memoria, recuperando documentos y pidiendo al ayuntamiento erigir una estatua en lugar digno, tal como ya disponen Miguel Servet, Giordano Bruno y François-Jean Lefebvre.
Marc Cabanilles Ateneo Libertario Al Margen de València | Associació Valenciana d’Ateisme i Lliurepensament (AVALL).
ASTURIAS LAICA DdA, XXII/6423
No hay comentarios:
Publicar un comentario