sábado, 4 de abril de 2026

¿NOS QUEDA REALMENTE LA PALABRA?

Blas de Otero

Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad. (Confucio)

En el principio

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.


Si he sufrido la sed, el hambre, 
todo lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.


Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,

si abrí los ojos para desgarrármelos,

me queda la palabra.

(

Aurelio Peláez Moran 

¿Es posible aún aferrarse a la palabra como asidero frente a la injusticia, como vehículo de una utópica unidad de los desfavorecidos, tal como hacía Blas de Otero hace apenas seis décadas? En este mundo líquido en el que nada es lo que aparenta y nada sobrevive más allá de un instante, los significados se han vuelto humo, y la palabra, como casi todo, ha dejado de ser lo que era. En nuestra alegre y desenfadada excursión hacia el precipicio, hemos pasado de ocultar nuestros pensamientos con nuestras palabras —Voltaire— a mentir directamente y sin pudor alguno, a sabiendas de que la mentira ha perdido casi todas sus connotaciones negativas y no tiene castigo ni penal, ni social, ni político; los políticos que más mienten son los que obtienen mejores resultados. Mentir en un juicio era en otros tiempos delito de perjurio; ahora, todos los chorizos de bigote y correa* mercadean su verdad a cambio de beneficios penales.

La palabra fue un logro fundamental para el ser humano porque le permitía comunicarse con sus semejantes y romper su aislamiento conceptual, transmitiendo primero ideas utilitarias y luego sentimientos e ideas abstractas, que reforzaban la idea de grupo. Como reverso de la moneda, las palabras nos proporcionaban la capacidad de mentir, pero desde siempre y hasta hace poco, esta actitud estaba asociada al estigma del pecado, la vergüenza o el descrédito, según fuera la creencia, la época y la sociedad. Ahora, la palabra es casi exclusivamente el soporte de la mentira o, en el mejor de los casos, de los millones de verdades subjetivas que pululan enloquecidas en el ambiente, como los átomos de un gas, y que nunca buscarán acercarse a una verdad objetiva o, cuando menos, consensuada.

No estamos ante un mero cambio cíclico o social, sino ante un auténtico cambio de era, de civilización, que afecta incluso al milenario concepto de ser humano. El mundo cambiará más en la primera mitad del siglo XXI que en los veinticinco siglos anteriores, por lo que se puede afirmar que la cosmovisión de los humanos del siglo XX es más parecida a la de los coetáneos de Platón que a la de sus propios nietos. Las diferentes culturas de nuestro planeta mantuvieron a lo largo de los tiempos referencias comunes, que definían la esencia de lo humano, referencias que están siendo arrumbadas por robots, cyborgs y humanos idiotas, quienes, deslumbrados por los que gobiernan las todopoderosas nuevas tecnologías, desprecian la comunicación y, con ella, la palabra. La sobredosis de información facilita la manipulación, por lo que, paradójicamente, estas tecnologías son los principales enemigos de la comunicación y la información; no hay más que ver cómo el político más poderoso del mundo ** gobierna a golpe de “tuit”, cómo lo utiliza para insultar, amenazar o agredir, y la trascendencia que se da al hecho de saber lo que ¿piensa? En tiempo real. Que la comunicación se haya reducido al “tuit” y al “whatsapp” puede producir la sensación de que hemos llegado al colmo del conocimiento y la comunicación, pero ¿es realmente así?

El arma más potente del poder es el miedo, y el miedo a la soledad es uno de los más fuertes, porque es un trasunto del miedo a la muerte. Antes, lo contrario de la soledad era la compañía de los semejantes; ahora, la compañía la proporciona una máquina, pero la compañía de una máquina que podemos desenchufar no es compañía, es lo que Bauman denomina soledad conectada. Sin diálogo, no hay civilización, y lo que no es civilización es barbarie, llena de sofisticados aparatos, pero barbarie.

Nuestros niños, más escolarizados que nunca, no saben en muchos casos escribir correctamente su propio nombre, ni entienden lo que leen o lo que escuchan, porque no escuchan realmente, no pueden hacerlo, porque no pueden concentrarse, y no pueden concentrarse porque la frenética velocidad de lo audiovisual y el maremágnum de contenidos se lo impide, pero, sobre todo, porque no quedan abuelas y abuelos que les cuenten historias, ocupados como están con sus propios juguetes electrónicos, con sus viajes para jubilados, donde creen que encontrarán la eterna juventud que les promete el consumismo, o, sencillamente, cubriendo el vacío afectivo y/o económico que unos padres cada vez más esclavizados, no pueden o no quieren llenar. Ante la impotencia o la dejadez de sus maestros y el embeleso de muchos de sus progenitores, la mayoría de los alumnos de nuestras escuelas son incapaces de mantener la atención más de dos o tres minutos sin empezar a columpiarse en su silla, jugar con uno de los tres estuches de que disponen sobre su pupitre, o con la botella de agua que abren y cierran continuamente, que la hidratación no puede esperar.

Nos hemos dejado convencer de que se aprende a través de la acción y no de la reflexión, y la acción necesita pocas palabras. También es cierto que estudiar Emprendimiento no necesita mucha reflexión, sino grandes cantidades de ignorancia, conformismo y audacia para convertirse en autónomo y trabajar 16 horas al día. ¿Hay una tergiversación del significado más evidente, una contradicción más flagrante, una burla mayor, que llamar autónomo a un esclavo? ¿Cómo convencer al ser humano actual de que están acabando con lo que más le distingue del resto del reino animal: la palabra como vehículo de las ideas y los pensamientos?

Las redes sociales —redes para pescar incautos— estimulan la cobardía de quienes, creyéndose anónimos, mienten, insultan y calumnian, ante la selectiva impunidad que proporciona el poder. Cualquier descerebrado puede tener millones de seguidores, cualquier banalidad adquiere fama y la inanidad más absoluta se convierte en trending topic. Todos los dictadores de manual que la Historia ha conocido habrían dado media vida por disponer de un instrumento de manipulación y opresión como nuestras simpáticas redes sociales. ¿Cuántos dictadores pueden imponer ahora sus ideas por estos medios? ¿Qué defensa nos queda si no es la unión de los de abajo y el respeto a la palabra y sus significados?

Se adjudican discrecionalmente significados nuevos a vocablos viejos y se inventan “palabros” de todo tipo para no nombrar realidades incómodas o para retorcer significados que no interesan a los de arriba; los cambios lingüísticos ya no obedecen al desgaste o al propio uso del lenguaje por parte de los hablantes, sino a los intereses espurios de unos pocos. A través de las redes sociales y bajo el ¡liderazgo! Del presidente de color zanahoria*** se ha colado en nuestras mentes la post-verdad, es decir, la mentira. Ponerle un post a cualquier palabra puede sonar hasta bien —la postmodernidad, la postguerra—, así que ¿por qué no llamar post-verdad a la mentira?, ¿qué les parece la post-vida? Como todo tiene que ser divertido —la comida, la escuela—, nos inventamos oficios —youtuber— o asignaturas —Emprendimiento— que nos permitan ser felices mientras trabajamos o estudiamos en lugar de aprender Humanidades y cosas que no sirven para obtener la felicidad de humo que nos venden; en realidad, sólo sirven para hacernos menos vulnerables a la mentira interesada de los poderosos, a sus engaños.

Somos súbditos de Garrafone, Pineapple o Citron, empresas que nos gobiernan convirtiendo en papel mojado los contratos y subvirtiendo los significados a su antojo para esclavizar a una ciudadanía que desconoce por la mañana el significado que las palabras tendrán por la tarde. Igual que en la Edad Media se guardó el conocimiento en los monasterios, igual que ahora se conservan ejemplares de semillas en las Islas Svalbard, sería necesario una nueva arca de Noé, donde conservar los significados a la espera de tiempos mejores en los que se pueda acabar con crecimientos negativos, con las mejoras del servicio, que dejan todo igual menos el precio, o con los anuncios de que se van a mantener los precios justo antes de subirlos. Cuando Henry Ford se vanagloriaba de que el cliente podía elegir cualquier color de coche siempre que fuera negro, creó escuela. Así, un político independentista catalán habla de sus acólitos como los republicanos, por oposición a los monárquicos, que somos supuestamente todos los que no somos independentistas; este lenguaje binario y sin matices oculta una falsedad total: si no eres independentista —de los de misa diaria y escuela concertada***—, eres monárquico. En la misma línea, nuestro Primer Ministro**** y sus secuaces hablan de estabilidad — palabra que vende mucho— para referirse al inmovilismo, que es la realidad, pero vende menos.       

En todas partes cuecen habas, pero España es un país particularmente proclive al engaño y la mentira, el país donde la corrupción da mayores réditos políticos y donde el cabecilla de los corruptos —el de la foto de las Azores*****— aún no ha pedido disculpas por ninguna de sus probadas mentiras, mientras su partido es votado por ocho millones de ciudadanos a los que habría que recordar que el individuo que se engaña a sí mismo suele acabar mal, pero la sociedad que se engaña a sí misma desaparece en su propio engaño y arrastra tras de sí a todos, incluidos a los que tratamos de vivir en un mundo lo más honesto y justo posible. Por cierto, del trío de las Azores, el británico reconoció su error, el norteamericano no lo negó, pero Aznar no rectifica, que eso es de sabios y un patriota español y “mucho” español****** no recula jamás; sostenella y no enmendalla. Un conservador liberal como Burke ya advertía hace más de doscientos años; “Toda sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad” (1) No hay mejor manera de destruir el tejido social que destruir los significados, el lenguaje, la comunicación. Estamos en ello. Viva el lenguaje líquido que, a fuerza de ser torturado, acabará por no significar nada. Recuerdos de Confucio.

DdA, XXII/6306

1 comentario:

JOSÉ IGNACIO dijo...

Parece evidente que no... Nuestra palabra, la palabra del pueblo, esta misma palabra, está "blowin' in the wind", que diría Bob Dylan... Las palabras que se escuchan y llegan a todos los lugares las deciden los amos del mundo (que para eso se han hecho dueños también de las industrias culturales). No nos queda la palabra. Nos queda, en todo caso, el grito, la rabia, la ira... Y hasta nos pautan donde podemos mostrarlos para que no molesten a eso que llaman "la mayoría silenciosa". Pero, bueno, en tiempos del bueno de Blas de Otero, la cosa tampoco era muy distinta (aunque no había tanto control, desde luego, de esas industrias culturales por los poderes reales). Ni Paco Ibáñez se lo creía mucho cuando lo cantaba: https://www.youtube.com/watch?v=DQUTYlwfBFk

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