domingo, 5 de abril de 2026

CONTRA LA ACONFESIONALIDAD: PÚLPITO PARA LEÓN XIV EN EL CONGRESO

 La izquierda española, o lo que por tal se entienda en los tiempos que corren, al aceptar que la tribuna parlamentaria se convierta en un púlpito con motivo de la visita a Madrid de León XIV, ha abandonado definitivamente el laicismo como principio esencial de cualquier democracia, según el autor del artículo. En realidad, lleva años legislando a favor de los intereses del catolicismo, especialmente en el ámbito educativo y en la gestión de los servicios sociales, además de mantener el culto católico con fondos públicos a través de los Presupuestos Generales del Estado. Aún así, la mayoría de la sociedad española -como reflejan las encuestas sociológicas- considera cada vez más intolerables los privilegios de la Iglesia y rechaza la imposición de normas morales desde los púlpitos, aunque éstos se emplacen en el propio Congreso


Antonio Gómez MovellánNueva Revolución

La anunciada visita del Papa a España no es un simple acto religioso. Es, sobre todo, una visita deseada por el Gobierno de España y, en parte, impulsada por el influyente lobby católico que existe dentro del PSOE bajo las siglas de “Cristianos Socialistas”. Este grupo está encabezado por la veterana política Rosa Aguilar, quien, desde sus distintas responsabilidades de gobierno -tanto en la alcaldía de Córdoba como en la Consejería de Cultura de Andalucía-, ha favorecido siempre los intereses de la Iglesia católica. Otro político alineado con estos intereses es el vicepresidente del Gobierno, Bolaños, que desde hace tiempo viene preparando este golpe de efecto: la visita del Papa, que ahora pretende presentar como un éxito político tanto ante su partido como ante el propio Gobierno.

En realidad, se trata de una operación de marketing político-electoral y de una clara traición al laicismo. El objetivo es proyectar la imagen de un gobierno moderado y centrado, ahora legitimado por la púrpura vaticana.

La sesión especial conjunta de las Cortes, prevista para el 8 de junio, constituye una evidente vulneración de la supuesta aconfesionalidad del Estado. Las Cortes no deberían convertirse en el púlpito de ninguna religión y, sin embargo, lo serán para una sola, lo que supone un privilegio simbólico para el catolicismo. Pero el problema no es solo simbólico: la existencia en España de un concordato con la Santa Sede representa una anomalía democrática y sigue siendo el principal apoyo jurídico de los privilegios fiscales de la Iglesia, de la financiación pública del culto y del clero, de la educación católica en la escuela y de la red de centros concertados, además de la financiación de gran parte de la caridad católica. Se trata de un instrumento que debería ser derogado, porque supone una injerencia directa de la Iglesia en nuestras leyes y no es más que una reliquia heredada de las dictaduras fascistas.

Asuntos como las inmatriculaciones o los abusos sexuales no se han abordado en esta legislatura pensando en la sociedad, sino en los intereses de la Iglesia. En lugar de resolver el problema de los abusos mediante una ley clara, se ha optado por una solución de compromiso arbitrada por el Defensor del Pueblo -un árbitro, cuanto menos, discutible ya que es un ex-eclesiatico-. En vez de establecer indemnizaciones por ley, se ha optado por un complicado encaje de intereses que, en la práctica, evita molestar a la Iglesia. En el caso de las inmatriculaciones, el escándalo es aún mayor: no se ha hecho absolutamente nada. El ministro de Cultura, que podría haber impulsado reformas importantes, como una modificación de la ley de patrimonio histórico, se ha limitado a mirar hacia otro lado mientras invertía recursos en campañas publicitarias sobre los “derechos culturales” sin impacto real en la cultura. Resulta vergonzoso que el patrimonio histórico de origen religioso siga en manos de la Iglesia y continúe siendo explotado económicamente por ella.

La izquierda española, al aceptar que la tribuna parlamentaria se convierta en un púlpito, ha abandonado definitivamente el laicismo como principio esencial de cualquier democracia. En realidad, lleva años legislando a favor de los intereses del catolicismo, especialmente en el ámbito educativo y en la gestión de los servicios sociales, además de mantener el culto católico con fondos públicos a través de los Presupuestos Generales del Estado. Incluso la izquierda alternativa pretende ahora arroparse bajo la bandera vaticana para ganar una credibilidad social que no consigue en las urnas. En lugar de apoyarse en los valores universales del laicismo, el humanismo o la solidaridad social, busca legitimarse en declaraciones puntuales del Papa de Roma. No es casualidad que líderes de esa izquierda, como Yolanda Díaz, hayan buscado reiteradamente la foto con el Papa, rompiendo así con la tradición republicana y laica.

Por su parte, la derecha española va todavía más lejos y pretende identificar la nación con el catolicismo. Sin embargo, también se siente incómoda con esta visita, porque la considera una maniobra política del PSOE. Aunque el gobierno debería tener cierta precaución ya que nunca se sabe con los curas en los pulpitos y seguro que León XIV tiene en la recamara algunas balas de fogueo contra el propio gobierno.

En España no existe una verdadera derecha liberal defensora del laicismo. El liberalismo político desapareció con la Segunda República, a pesar de que fue precisamente ese liberalismo, también en la Segunda República, quien llevó a cabo la principal obra laicista en nuestro país. Hoy, quienes se llenan la boca con la palabra “liberalismo” son, en realidad, conservadores católicos que hunden rus raíces en una derecha monárquica y católica que acabó finalmente apoyando el fascismo

El Papa de Roma, previsiblemente, protagonizará un baño de multitudes y contribuirá a blanquear la imagen de la institución. Desde el Parlamento sermoneará sobre la paz, la pobreza o del drama de la emigración, pero después, en la práctica cotidiana, la Iglesia seguirá fomentando la caridad en lugar de la solidaridad y manteniendo desigualdades profundas, especialmente en el ámbito educativo. Tampoco hay que olvidar su agenda contraria a los derechos sexuales. La hipocresía de esta institución cuando habla de justicia social es sobradamente conocida, así como la de muchos de sus líderes religiosos, que hoy se presentan como progresistas pese a haber apoyado en el pasado algunas de las dictaduras más crueles como ocurrió con el Papa Francisco que, cuando era superior de los jesuitas, colaboró abiertamente con la dictadura de Videla.

Todo esto se producirá, además, en medio de multitudes y de cientos de miles de jóvenes: jóvenes educados en colegios católicos, jóvenes que llenan residencias universitarias, jóvenes provida que se presentan como alternativa al mundo secular y que, con el tiempo, acabarán formando parte de las élites sociales del futuro. La iglesia católica en España incuba en sus entramados educativos el huevo de la serpiente de la intolerancia, del elitismo y de la segregación social.

La izquierda ha abandonado el laicismo y la derecha española va incluso más allá al intentar identificar la nación con la religión católica. Aun así, el tiempo juega a favor del laicismo. A pesar de que tanto la izquierda como la derecha lo han abandonado, la mayoría de la sociedad española -como reflejan las encuestas sociológicas- considera cada vez más intolerables los privilegios de la Iglesia y rechaza la imposición de normas morales desde los púlpitos, aunque éstos se emplacen en el propio Congreso de Diputados y Diputadas.

ASTURIAS LAICA DdA, XXII/6307

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