Alemania necesita una alianza estrecha con Ucrania. Tiene un problema muy grave: su población y sus jóvenes. Eso de ir a la guerra, una vez más, por Europa y por la OTAN, no parece fácil de vender en este mundo marcado por el genocidio de Gaza y por la sumisión férrea de Alemania al Israel de Netanyahu. Una guerra ―nunca se dice― que tendrá su epicentro en Alemania, donde lo primero que llegarán no serán los T34 o los T-14 Armata sino los nuevos misiles hipersónicos rusos armados con ojivas nucleares. Se entiende por qué hay que seguir humillándose ante el emperador Trump; se entiende, sobre todo, por qué la asociación con Ucrania es necesaria: mano de obra, soldados, efectivos capaces de jugarse la vida por defender su patria. Es cierto, sus fuerzas armadas ya no son lo que eran, diezmadas por la muerte, los heridos, las deserciones y una población cansada, deseosa de un arreglo rápido. El núcleo dirigente que rodea a Zelenski necesita crear futuro desesperadamente, señales claras de que no se les obligará a negociar con Rusia y que el conflicto durará. Eso lo garantizan los predispuestos y, más que nadie, Alemania.
Manolo Monereo
para Miguel Candel
No es fácil pensar
estratégicamente en un mundo plagado de conflictos. La clave: atisbar las tendencias de fondo. La
reacción contra el eje Netanyahu-Trump es tan comprensible que no siempre somos capaces de entender que
la política que efectivamente realizan tienen referentes claros, nítidos, en
prácticas políticas arraigadas norteamericanas y que la llegada de una nueva
administración demócrata no implicaría cambios sustanciales, entre otros muchos
factores, porque los poderosos lobbies israelitas seguirán conservando su poder
de veto en la política de un país que lucha desesperadamente por no perder su
hegemonía. Se trata del poder global y de cómo mantenerlo. En esto hay pocas
diferencias entre las clases dirigentes de los EE. UU.
Los frentes político-militares,
las líneas de fractura del Viejo Orden están en procesos complejos de cambio,
de transformaciones que de una u otra forma tienden a converger en un
enfrentamiento general. Un lugar central sigue siendo Ucrania y el
enfrentamiento que ―por intermediación y activo compromiso del gobierno de Zelenski―
mantienen la OTAN y Rusia. Siempre retengo en mi retina y reproduce mi mente un
mapa de un libro de Brzezinski (El gran tablero mundial. Página 92.
Paidós 1998) donde se ve Europa y en su centro, en forma de montera, cuatro
países unidos “Hacia el año 2010 ―dice el conocido geopolítico polaco
norteamericano-― la colaboración política entre Francia, Alemania, Polonia y
Ucrania, que involucraría a unos 230 millones de personas, podría evolucionar
hasta convertirse en una asociación que realzaría la profundidad estratégica de
Europa”. Añadiendo más adelante: “la principal meta geoestratégica de los
Estados Unidos en Europa se puede resumir en pocas palabras: consiste en
consolidar, a través de una asociación trasatlántica más genuina, la cabeza de
puente estadounidense en el continente euroasiático para que una Europa en
expansión pueda convertirse en un trampolín más viable para proyectar hacia
Eurasia el orden internacional democrático y cooperativo”. No lo voy a comentar, queda claro: la UE y la OTAN como instrumentos para
proyectar poder en Eurasia y asegurar que la cabeza de puente de los EE. UU
sobre el continente sea efectiva. Siempre, dejando a un lado la cuestión de si
ese “trampolín” contempla los interese estratégicos y la independencia nacional
de la civilización- Estado rusa o, simplemente, lo consideran un asunto a vencer.
En dieciséis años han pasado
muchas cosas. No entraré mucho en ello, solo indicar que la guerra en Ucrania, cuatro
años después, ha cambiado enormemente el mapa geopolítico europeo y mundial. Lo
primero, constatar que las cosas no salieron como se pensaba, Rusia no fue
derrotada, la crisis económica y social no se produjo y el esperado cambio de
régimen parece que aún tardara. Es más, lo datos delatan capacidad para
absorber las sanciones económicas, financieras y comerciales, y una
sorprendente inteligencia colectiva para convertir las agresiones en
instrumentos para transformar el modelo productivo y ampliar el complejo
científico, militar e industrial, fortaleciendo la operatividad de sus fuerzas
armadas y manteniendo, un apreciable consenso social. Segundo, la Unión
Europea, ese viejo protectorado de los EE. UU., ha cambiado y mucho. La ruptura
con Rusia ha tenido consecuencias económicas, comerciales y políticas
especialmente negativas. La dependencia de la potencia imperial se incrementó sustancialmente,
la militarización de la política y de la sociedad se convirtió en un nuevo
inicio, instrumento e impulso para una enésima refundación de la UE en horas
bajas. Tercero, Alemania obligada a cambiar su modelo productivo y redefinir su
papel en una UE en mutación. Su estrategia parece clara: seguir siendo un
aliado imprescindible de los EE. UU., convertirse aceleradamente en una gran
potencia político-militar y seguir reivindicando su papel dominante en Europa, también,
en esta nueva fase ¿Qué es lo nuevo? Que
ahora lo quiere ser abiertamente y sin complejos. Wolfgang Streeck viene
hablando desde hace tiempo de una Alemania hegemón de un imperio (neo)liberal
UE; creo que hay mucha verdad en ello. El núcleo fundamental de la seguridad
europea del que hablaba Brzezinski (Francia, Alemania, Polonia y Ucrania) ha
cambiado mucho y va a cambiar mucho más.
Trump no abandonará la OTAN: no
se entrega lo que se domina, se necesita y, al final, conviene a los intereses
de los EE. UU. El presidente seguirá en su juego de amenazar, engañar,
maltratar y despreciar a unos aliados siempre bien dispuestos y entregados. No
lo seguirán en todas sus iniciativas porque no pueden hacerlo, entre otras
muchas razones, porqué aún no se han creado las condiciones para legitimar ante
las poblaciones los costes en vidas y recursos de las guerras de agresión al
servicio de intereses de una potencia en declive. Este temor es compartido por
Trump, simplemente espera que los demás pongan los muertos y él obtenga la
victoria. Siempre quedará Israel, pero sus compromisos son problemáticos: pone sistemáticamente
sus intereses en el centro de sus iniciativas militares y de seguridad y actúa,
a la vez, como actor interno en la política norteamericana, con un papel
preponderante en el circulo decisorio de Trump.
No hay que hacer un gran esfuerzo
para entenderlo. Si el enemigo es Rusia, si la Unión Europea se prepara para la
guerra contra Putin en el 2029-2030, si hay un plan estratégico aprobado,
generosamente financiado y operativizado para esas fechas por las instituciones
europeas y coordinado al detalle con la OTAN, habrá guerra. Problema: sin los
EE. UU. no la pueden ganar; insisto, sin la alianza atlántica organizada y
dirigida por los estadounidenses no podrán derrotar militarmente a Rusia. La
actual administración norteamericana lo ha dejado claro desde el principio y
así se recoge en sus documentos básicos y en las sucesivas declaraciones de sus
principales dirigentes. La prioridad de los EE. UU. es el Indo-Pacifico y
contener a China, su único rival sistémico. La clave, recuperar el dominio
sobre el hemisferio occidental, redefinir el papel de la OTAN,
responsabilizando a Europa de la defensa de su territorio y de los costes
económicos que ello supone. EE. UU., repito, no se retira, seguirá ahí con su
poder nuclear, con sus bases y dirigiendo la alianza militar.
El verdadero problema de las
clases dirigentes europeas, incluida la española, sigue siendo Rusia.
Entendámoslo, éstas, representadas por el tándem von der Leyen-Borrell, se
sumaron con entusiasmo a la guerra por delegación ucraniana contra Putin.
Llevaban tiempo preparándose para ello, mucho tiempo, y la llegada de Biden
aceleró el proceso. EE. UU. volvían a lo grande: primero Rusia, luego China.
Era necesario defender el “Orden internacional basado en normas”, es decir, el
poder unipolar norteamericano como condición material para su continuidad. Esa
política fracasó y una de sus consecuencias fue la vuelta de Donald Trump. Esto
es lo que nunca se tiene en cuenta. El nuevo presidente lo dijo claro desde el
principio, esa guerra nunca se tuvo que producir y hay que encontrarle una
salida realista.
Para la Unión Europea, aquí y
ahora, la paz pasa por la derrota político-militar rusa. Sentarse a negociar
con Putin sería aceptar unas condiciones logradas en frente militar y consolidadas
en el plano político y económico; en este momento lo importante es ganar
tiempo, jugando a fondo con las debilidades, cada vez más visibles, de Trump, y
esperar. En noviembre hay elecciones parlamentarias en EE. UU., no está nada
claro cómo terminará la guerra contra Irán, el sistema económico y financiero
internacional está al límite y las consecuencias de una crisis energética
pueden ser muy graves. Toca esperar y
verlas venir. Mientras, la Unión se rearma aceleradamente e inicia una enésima
refundación hacia un poder supranacional más centralizado, menos burocrático, más
liberal, con menos regulaciones ecológicas y sociales, comprometido con el
incremento sustancial de los gastos militares y de seguridad de los Estados, más
allá de las sacrosantas normas del “consenso de Bruselas” y que garantice el
poder del nuevo núcleo duro: Reino Unido, Francia, Alemania y Ucrania.
Se dirá que el Reino Unido no
está en la UE, tampoco Ucrania. Vivimos una etapa de excepción determinada por una
guerra a plazo fijo. Hoy el mando real,
la dirección política efectiva, reside en la OTAN. Desde ahí, se planifica la guerra total e
integral contra Rusia, el llamado “Schengen militar”, las nuevas tecnologías
aplicadas al control de las poblaciones (Israel, su experiencia, tecnología y
métodos, es decisiva), las flamantes nuevas armas, la guerra cognitiva, una
doctrina y una estrategia militar unificada. Desde ahí, se definen las
políticas de sanciones (para Rusia, para China, para Irán), la supervisión de
los grandes corredores geopolíticos, las políticas de recursos que afectan o
pueden afectar a la operatividad de unas fuerzas armadas en proceso de
transformación radical.
La reciente reunión entre
Zelenski y Merz da muchas pistas sobre lo que se hace y lo que se quiere hacer.
Por lo pronto, han convertido su relación en asociación estratégica y van a intentar
coordinarse mucho más, inclusive para devolver los inmigrantes ucranianos en
edad militar. La Historia nunca se va del todo y vuelve siempre que se producen
reorganizaciones geopolíticas de poder. Las relaciones entre los alemanes y los
nacionalistas de extrema derecha o simplemente fascistas han existido siempre,
hasta ayer mismo. Nada une más que la necesidad: Merz y Zelenski están
obligados a entenderse y tienen intereses comunes relevantes. No me refiero a
algo que pueda acontecer próximamente, sino de algo que ya se puso en práctica
y que ahora se consolida.
Las relaciones de poder están
cambiando en la UE y en la OTAN. El predominio alemán preocupa, sobre todo, a
Francia y a Polonia. Viejos problemas. Macron, habla y habla, ocupa titulares
de prensa y decae como poder real. Polonia quiere ser la gran potencia militar
de la zona, tiene cuentas pendientes con Ucrania y trabaja para construir un
espacio-zona de influencia propio en torno a la Iniciativa de los Tres Mares.
Además, no es un detalle menor, es aliado clave de los EE. UU. Las divergencias
de las dos derechas duras que compiten por el gobierno polaco tienen mucho más
que ver con el papel de las instituciones de la Unión en su apoyo a la
hegemonía alemana que con el nivel de identificación con los supremos valores
del europeísmo. El Reino Unido observa y permanece, aparentemente, en un
segundo plano. Lo fundamental está garantizado, no habrá entendimiento con
Rusia. A partir de ahí, frenar a Alemania, jugando unas veces la carta polaca y
otras veces ―llevan siglos haciéndolo― la francesa, eso sí, siempre pendientes
de los “primos” norteamericanos, como decía el gran John le Carré.
Ucrania es, desde hace tiempo,
parte decisiva de la OTAN. Dejó de ser un Estado soberano mucho antes de la
intervención militar rusa y ahora es la vanguardia estratégica de la alianza. Ucrania
es cada vez más dependiente del Occidente colectivo, en el plano financiero,
económico, comercial, técnico-militar, logístico; todos sus recursos básicos
como país están hipotecados y sobrevive a base de préstamos y donaciones. La
dirección operativa está dirigida, organizada y supervisada por la alianza por
medio de varios miles de asesores. El gobierno de Zelenski es parte fundamental
y eslabón necesario en la política de rearme, articula de facto todos
los planos, es decir, diseño, formación, ensayo de los nuevos equipos y
arsenales y la aplicación de las nuevas tecnologías, especialmente la IA. Visto
desde otro ángulo, Ucrania está sirviendo de preparación político-ideológica,
técnico-militar, operativa, para la guerra con Rusia. No será la primera vez
que un país cumple este papel en Europa.
Alemania necesita una alianza
estrecha con Ucrania. Tiene un problema muy grave: su población y sus jóvenes.
Eso de ir a la guerra, una vez más, por Europa y por la OTAN, no parece fácil
de vender en este mundo marcado por el genocidio de Gaza y por la sumisión
férrea de Alemania al Israel de Netanyahu. Una guerra ―nunca se dice― que
tendrá su epicentro en Alemania, donde lo primero que llegarán no serán los T34
o los T-14 Armata sino los nuevos misiles hipersónicos rusos armados con ojivas
nucleares. Se entiende por qué hay que seguir humillándose ante el emperador
Trump; se entiende, sobre todo, por qué la asociación con Ucrania es necesaria:
mano de obra, soldados, efectivos capaces de jugarse la vida por defender su
patria. Es cierto, sus fuerzas armadas ya no son lo que eran, diezmadas por la
muerte, los heridos, las deserciones y una población cansada, deseosa de un
arreglo rápido. El núcleo dirigente que rodea a Zelenski necesita crear futuro
desesperadamente, señales claras de que no se les obligará a negociar con Rusia
y que el conflicto durará. Eso lo garantizan los predispuestos y, más que
nadie, Alemania. No es extraño ver por todos lados al presidente de Ucrania
ofrecerse y ofrecer sus fuerzas armadas, sus especialistas y sus drones para
poner fin al bloqueo del estrecho de Ormuz, combatir a Irán, ayudar a las
milicias yihadistas en El Sahel o amenazar físicamente a Orbán y recientemente
a Lukashenko.
Del discurso sobre el ejército
europeo, queda poco, casi nada; es un significante vacío que sirve para
diferenciarse de Trump no para separarse de él ―eso nadie lo quiere realmente,
nadie. Legitima el rearme y ―es lo fundamental― da cobertura a un nuevo inicio
de la Unión Europea. Lo que se está ejecutando con el nombre del ejército
europeo son las directrices impuestas por la administración norteamericana: que
los europeos se ocupen de su defensa y la financien, que construyan una base
industrial común adecuada y todo ello se realice en el marco de la OTAN.
DdA, XXII/6323
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