SOPECHOSO HABITUAL
Alberto Gil
Hay quien podría pensar que T. está abusando del recurso a los atentados contra su persona. El disparo que le rozó la oreja, hace dos años, le hizo presentarse como un protegido de los dioses y dio origen a una instantánea épica que valía más que cualquier campaña electoral. Lo de ayer ha sucedido en el momento más bajo de su popularidad y con un conflicto empantanado en el que está demostrando una severa incapacidad mental.
Las circunstancias y los detalles que rodean la tentativa podrían parecer fruto de un cuidadoso diseño. En un hotel de lujo de Washington, el Hilton, rodeado del Servicio Secreto y de varios cordones de seguridad y a punto de someterse a las preguntas de los corresponsales de prensa, previsiblemente incómodas, irrumpe en las proximidades un tipo de 31 años llegado de California (un estado muy hostil al presidente) y que no cumple con el riguroso perfil de blanco y anglosajón. El “lobo solitario” (según lo ha calificado el propio T.), llega corriendo y armado hasta los dientes, en una operación destinada al fracaso total, salvo que el objetivo fuera hacer mucho ruido.
Mientras toda la plana mayor trumpista es evacuada, el hombre es detenido, después de disparar al pecho a un agente que se salva por su chaleco antibalas (“de muy buena calidad”, según el huésped de la Casa Blanca). Así que tanto alboroto solo puede entenderse como una demostración de que la divinidad sigue de su parte, que los periodistas son un peligro incluso antes de hacer ninguna pregunta y que los chalecos de seguridad “made in USA” son lo mejorcito del mercado, oiga.
La foto que acompaña esta entrada, del New York Times, es de los agentes de seguridad a la caza de algo en los pasillos del hotel Hilton. A mí me ha recordado “Anacleto, agente secreto”.
DdA, XXII/6326
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