Valentín Martín
Al leer lo que Gabriel Calvo ha escrito de mí en el periódico que alumbra la Sierra de Francia me ha brotado un azogue. Primero por venir de quien viene, un humanista más allá del juglar. Él no lo sabe o no alcanza a medir el meollo que se trae entre manos escribiendo con la pureza de un hombre cabal nuestra historia absoluta sin contaminación ni expolios, la de ayer, la de hoy, y la de mañana también.
Luego está el donde. Un mensajero de papel lejos de las euforias en torno a caudillos, de la catequesis partidista y otras señales de humo. En las calles del pueblo me encontraréis, decía Federico a quien siguen prohibiendo, qué pánico tienen a la libertad. Pues ahí, entre la gente estamos los tres: el papel, el humanista y yo.
Gabriel Calvo ha sumado también a mi padre, un hombre al que mi hijo Rodrigo no conoció, y que sueña como una leyenda para él, según dijo en la espléndida presentación de un libro mío en el Café Comercial.
Mi padre fue cabeza de familia a los 12 años. De repente, 8 huérfanos en el campo, una hermanita de 2 cerraba la lista. Luego la muerte también de hijos, y la enfermedad que pudrió muy pronto su natural alegría de vivir. Yo vi a mi padre asfixiarse sobre el rastrojo, tratando de ayudarme a mí -un niño - a agavillar la mies que mi hermano segaba. Cuando se quedó en casa y dejó el campo fue para sobrevivir un poquito más. Y ahí empieza otra deuda mía con él. Arrumbado en la soledad, quiso hablar las veces que regresé, y encontró un mutismo que hoy no logro explicar. Ya al final de su tiempo, no bajó del dormitorio que había elegido para asomarse a la vida. Desde la alta ventana que daba al corral, veía a la Salina, la Morucha, la burra blanca, el burro Aquiles, las gallinas, el soldado alemán que yo había cincelado en la pared de la panera, todo su mundo estaba allí.
Gabriel Calvo recuerda que fue aperador de Anguas. La única ventaja que tenía allí sobre los demás criados es la de poner la saca con paja para dormir en el escaño y los demás en el suelo de la cocina de los amos. Cuando murió tan temprano, se supo que esos amos que le querían tanto no habían cotizado ni una peseta por él.
La banda sonora de mi niñez fue la tos de mi padre. La de hoy, la tristeza de no haberle dicho lo mucho que lo amé.
DdA, XXII/6292
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