Cuando Trump tomó posesión por segunda vez con la firme promesa de hacerle la vida imposible a todo aquel que no besara su culo, sucedió una cosa tan patética como divertida. De un día para otro, millonarios tecnológicos como Mark Zuckerberg, que en el cole eran golpeados por compañeros que hoy recorren la calle disfrazados de ICE, comenzaron a muscularse, llamarse bro entre ellos y repetir las más estúpidas ideas trumpistas. En Facebook quizá se haya echado en falta estos últimos tiempos un poco de energía masculina, dijo el bro dueño de Meta, tras una de esas reuniones entre el presidente y los millonarios que pretendían seguir siéndolo. Si el vicepresidente y hombretón JD Vance le hubiese apretado con fuerza el brazo, Zuckerberg, además de orinarse en los calzoncillos, hubiese reconocido que casarse con una mujer de ojos rasgados fue un error woke imperdonable, que enmendará con un divorcio y búsqueda activa de una rubia de Texas como dios manda, bro.
Tras las elecciones en Aragón, el moderado Feijóo ha confirmado de nuevo lo que ya sabíamos: su brazo no sólo lo agarra con fuerza Isabel Díaz Ayuso, también lo hace Santiago Abascal. Una tesitura vital incómoda que solo tiene dos caminos. El primero es soltarte para que no te devoren ofreciéndole al votante una alternativa conservadora democrática frente al golpismo franquista y apestoso de siempre. El segundo camino, patético a la vez que divertido, empezó a recorrerlo Feijóo a las poquísimas horas de cerrarse las urnas aragonesas al referirse a Pedro Sánchez como “el galgo de Paiporta”. Por si no lo saben, por si andan despistados, el galgo de Paiporta hace alusión a aquella agresión sufrida por el presidente del Gobierno de España días después de la DANA. Fue a manos de un ultraderechista que golpeó al presidente con un palo en la espalda haciendo que los servicios de seguridad tuviesen que intervenir para evacuarlo. Le dieron un palo al perro y salió corriendo como un galgo asustado, celebraban y carcajeaban la agresión física dirigentes y simpatizantes de Vox por aquel entonces. A destiempo, hoy lo hace el moderado Feijóo que parece haber encontrado en la imitación –incluyendo la celebración de agresiones físicas– un patético y divertido refugio a los problemas que le vienen de camino.
Hasta el momento, comprar la mercancía ultraderechista no le ha salido demasiado bien a Feijóo, aunque sea cierto que el líder del PP podría contestar que a quien no le salió bien fue al valiente de su antecesor, Pablo Casado, que en paz descanse. Cuanto más imita el PP a Vox, más escaños pierden los de Feijóo en favor de los de Abascal y más cerca está ese momento en el que alguien, un buen patriota, caiga en la cuenta de que Feijóo también es un traidor, igual que lo son vascos, los catalanes, los periodistas de TVE, Sánchez, el Constitucional o el Rey Felpudo Sexto. Entonces Feijóo podría ser golpeado con un palo. El pulpo de Orense lo llamarían sus socios y verdugos. Mientras ese momento llega y no, Feijóo sigue a lo suyo, que no es otra cosa que seguir a ver qué pasa. Repetidas consignas que relacionan inmigración y delincuencia, bromeando ya con agresiones físicas a rivales políticos, nadie puede descartar que Feijóo se apunte a un gimnasio y, como Abascal, se compre por Amazon la camiseta de la Legión. Más sorprendente era verlo compadrear con Baratito Quiles o cantando canciones de los Meconios –“Vamos a volver al 36”– y ese bochorno también lo ha aceptado. Buenos augurios para Vox en las futuras negociaciones.
CTXT DdA, XXII/6259

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