miércoles, 11 de febrero de 2026

EL MIEDO NO LLENA URNAS: CUANDO SE ADMINISTRA MAL, SÓLO PARALIZA


Paco Arenas

¿Dónde vas Izquierda, triste de ti?
«¡No saltes los charcos! Que te vas a dar una costalada y se te va a quedar el culo helado… y yo te lo voy a poner caliente con la zapatilla», nos decía mi madre cuando, en nuestra inconsciencia infantil, nos empeñábamos en brincar sobre el hielo de las calles embarradas de nuestro pueblo.
Sabíamos que lo más probable —de tanto ir el cántaro a la fuente, de tanto charco— era acabar rompiéndonos el culo en alguno. Y después vendría el «zapatillazo» (mi madre nunca me pegó, y eso que tuvo razones: un primero de enero salí de casa punta en blanco y, quince minutos después, volví del color del chocolate, tiritando como las perdices bajo la nieve).
Con la Izquierda pasa algo parecido: llevamos años avisados. Sabemos cómo funciona el sistema electoral en España. Sabemos lo que ocurre cuando cada cual va por su lado y, encima, nos dedicamos a llamarnos entre nosotros de todo menos bonicos. Resultado: batacazo. Y después, el zapatillazo. El culo helado… y la cabeza ardiendo.
Ahora brotan propuestas a manta, cada una con su verdad particular, como si estuviéramos discutiendo si san Juan cayó en viernes o san Pedro en lunes, mientras lo primero —lo primero— debería ser sentarse a hablar. Robándole la pregunta a Félix Población, me la hago yo también: ¿han hablado entre ellos?
Me temo que no. Me temo que esto va camino de montar el camarote de Hermanos Marx… pero sin gracia. Y el miedo a un gobierno de derecha extrema —casi seguro, si seguimos así— no basta. El miedo no es proyecto; el miedo no llena urnas; el miedo, cuando se administra mal, solo paraliza.
Y además… es que nos están diciendo lo que van a hacer. Como mi madre, con la zapatilla en alto.
— Congelación del Salario Mínimo Interprofesional (ya lo hicieron con Mariano Rajoy y, después, cuántas veces han votado en contra de revalorizarlo).
— Pensionazo a la baja, disfrazado de realismo, empujando seguros privados; y la demagogia fácil de «los jóvenes os pagan y no tienen porque mantener a los viejos egoístas (como si el problema fuese el chaval del bar y no el modelo que se decide arriba). Vox ya ha repetido esa música. Y el Partido Popular ya dejó su firma robando la hucha de las pensiones, cuando vaciarla convenía y regalándosela a los bancos.
— Desmantelamiento de la sanidad pública, a base de listas de espera, externalizaciones y abandono por goteo: lo de las mamografías en Andalucía no es un caso aislado. Yo vivo en Valencia y llevo desde junio esperando una colonoscopia. En Madrid y allí donde gobierna la derecha, el patrón se repite con otros nombres y la misma receta.
— Educación, más de lo mismo: recortes, segregación encubierta, y el futuro convertido en negocio.
No me voy a extender más. ¿Para qué? Si el guion lo conocemos de memoria y, aun así, seguimos saltando el charco con la misma sonrisa estúpida.
En las izquierdas hace falta ilusión, sí, pero también hace falta claridad, unidad, y una manera de hablar que no expulse a quien no lleva la etiqueta correcta. Porque hay un montón de gente que es de izquierda, o que no se llama de izquierda, ni falta que le hace, pero es demócrata y está en contra del fascismo. Ese llamado centro progresista que a veces es conservador, otras veces es derecha suave, y muchas veces solo es gente que quiere vivir tranquila y en democracia.
Esa mayoría reaccionaria no solo perjudicará a los de siempre: también va a perjudicar a pequeños y medianos empresarios. Yo lo fui: con Felipe González —al que es preciso echarle de comer aparte en un dornajo— y con el golpista José María Aznar. Y sufrí en mis propias carnes el acoso y derribo al pequeño comercio por parte del ministro Cristóbal Montoro legislando a la carta para la mafia empresarial, perjudicando a la pequeña y mediana empresa. Así que esto no va conmigo: va con todos.
Y, sin embargo, ahí estamos: exabruptos, escenificaciones egocéntricas, pelea interna, y votantes que se miran como enemigos cuando persiguen lo mismo. Luego, cuando se habla de confluencia, algunos lo llevan a términos místicos, casi religiosos… y eso en organizaciones que se suponen laicas. Un prodigio: la fe aplicada a la división.
Gabriel Rufián es, con diferencia, el mejor comunicador del bloque, pero dudo que sea el revulsivo que recupere la ilusión, ojalá, porque él lo vale. Ahora bien: ¡qué copón!, ya me gustaría a mí que en las izquierdas hubiese alguien que le llegara siquiera a los talones. Porque lo que tengo claro es que muchos dirigentes están quemados y, a veces, parecen patéticos, repitiendo argumentos que suenan huecos, como una lata vacía rodando cuesta abajo.
No sé quién podría ser ese líder —que no mesías, porque entonces la volveríamos a cagar— capaz de despertar una ilusión que movilice por esperanza y no solo por miedo. Pero sí sé lo que no funciona: ir cada cual con su vela, orgulloso de su lucecita egocéntrica, hasta quedarse sin mecha… y, encima, con la cera derretida por toda la mesa y ya sabéis lo que cuesta desprender esa mancha.
Así que vuelvo a la pregunta, ahora ya sin lirismos y con la zapatilla en la mano:
—¿Habéis hablado entre vosotros? ¿A qué c***nes esperáis? No saltes los charcos helados, que os vais a dar el gachapazo y os quedareis con el culo helado y la cabeza caliente.
Este año hay dos convocatorias electorales más y, posiblemente, antes de un año llegarán las generales. Llegamos tarde, sí. Pero si trabajamos, todavía estamos a tiempo.
Por cierto, hoy es el aniversario de la Primera República Española: ¡Salud!

DdA, XXII/6259

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