Esta noche, Baltasar duerme sobre la alfombra persa que antes cuidaba tanto. Ahora ya no me importa. Ronca suavemente, un sonido rítmico y tranquilizador. Afuera hace frío, pero aquí dentro hay calor. Cuando miro sus ojos, sé la verdad. Baltasar no me necesitaba para sobrevivir. Me necesitaba para encontrar paz. ¿Y yo? Yo he aprendido que la vida no termina solo porque se acerca el final. Somos dos viejas almas que han decidido que el último tramo del camino no tiene por qué ser solitario. Y cuando llegue el momento, para él o para mí, no estaremos solos. Ese es el mejor contrato que he firmado jamás.
Pilar S. Sánchez
«A los 80 años, usted es un riesgo, Doña Eulalia. Si usted fallece, el perro vuelve aquí.» Esa frase me dolió más que cualquier diagnóstico médico. Era una tarde gris de noviembre en el norte de España. La lluvia golpeaba incesantemente los cristales del refugio, creando una melodía triste que reflejaba perfectamente mi vida en los últimos dos años, desde que mi esposo se fue. Estaba sentada en una silla de plástico rígido. Frente a mí estaba Damián, un joven voluntario de unos treinta años, con barba cuidada y una mirada severa que no encajaba con su camiseta que decía «Adopta, no compres». Sobre su escritorio descansaba mi formulario de solicitud.
«Lo siento mucho», dijo Damián, apartando el papel con un gesto definitivo. Su voz no era grosera, pero sí terriblemente pragmática. Es el problema de hoy en día: somos tan eficientes, tan racionales, que a veces olvidamos ser humanos. «Tenemos normas estrictas. Un perro es un compromiso de diez, quizás quince años. Estadísticamente... bueno, usted entiende.»
No dijo lo que realmente pensaba: Usted es demasiado vieja. Usted ya caducó. Sentí el calor subir a mis mejillas. No por rabia, sino por vergüenza. Había trabajado toda una vida, pagado impuestos, criado hijos que ahora vivían en Madrid o en el extranjero y llamaban solo en Navidad. Y ahora, que solo quería un alma viva a mi lado, me decían que no era «apta» para la vida. «Entiendo», murmuré, agarrando mi bolso. Mis articulaciones crujieron al levantarme. Damián miró avergonzado el teclado de su ordenador. Pero no me dirigí a la salida. Giré a la izquierda, hacia el pasillo de las jaulas. Quería mirar una última vez, tal vez para castigarme, o tal vez para demostrarme a mí misma que Damián tenía razón.
El ruido era ensordecedor. Perros saltando contra las rejas, ladrando, aullando desesperados por un poco de atención. Eran jóvenes, llenos de energía. Damián tenía razón. Yo jamás podría controlar a uno de esos animales si tiraran de la correa. Soy una anciana con artritis y una casa demasiado grande y silenciosa. Y entonces, lo vi. Al fondo, en la última celda, había un bulto de pelo negro sobre una manta raída. No se levantó. Ni siquiera alzó la cabeza cuando me detuve frente a su reja. En la tarjeta colgada decía: «Baltasar. 14 años. Dueño fallecido. Necesita medicación cardíaca. Urgente.»
«Urgente». Una forma educada de decir que estaba esperando la inyección final. Me agaché lentamente, ignorando el dolor en mis rodillas. «Hola, viejo amigo», susurré. Las orejas de Baltasar se movieron. Despacio, con fatiga, levantó la cabeza. La mirada que cruzó con la mía me atravesó el alma. No era una súplica. Era reconocimiento. Se puso de pie. Sus patas traseras temblaban ligeramente, igual que mis manos. Se arrastró hacia la reja, presionó su hocico negro contra los barrotes fríos y soltó un suspiro profundo.
En ese instante, entre el olor a desinfectante y humedad, nos entendimos. Ambos éramos «sobras». Ambos estábamos en el invierno de nuestra existencia. La sociedad me había apartado porque ya no era productiva. A él lo habían descartado por ser una carga. Me levanté. Sentí una fuerza que no había sentido en años. Regresé a la oficina. Damián estaba apagando su equipo. Me miró sorprendido.
«¿Olvidó algo, Doña Eulalia?»
«Quiero a Baltasar», dije con voz firme. Damián suspiró, pasándose la mano por la cara. «Señora, por favor. Baltasar tiene 14 años. Tiene artrosis, toma pastillas para el corazón, a veces no controla su vejiga. Y... siendo honestos, no creemos que pase de este invierno. No querrá pasar por ese dolor.»
«Es exactamente por eso», respondí. Damián me miró confundido. «Usted hablaba de estadísticas hace un momento, joven», continué, apoyando ambas manos en su escritorio. «Tiene miedo de que yo muera antes que el perro. Pero mire a Baltasar. Él no busca a alguien para tirarle la pelota o correr por el parque. No necesita a alguien que haga planes a cinco años.» Tomé aire. «Él necesita a alguien que sepa lo que es tener dolor en los huesos cuando llueve. Necesita a alguien que camine despacio. Necesita a alguien que sepa que la vida se acaba.» Damián abrió la boca para replicar, pero no lo dejé.
«Ustedes dan cachorros a familias jóvenes, ¿verdad? ¿Y qué pasa cuando el perro enferma? ¿Cuando envejece? ¿Cuando da "demasiado trabajo"? Terminan aquí de nuevo. Yo cuidé a mi esposo hasta su último suspiro, Damián. No le tengo miedo a la muerte. Y no me asusta limpiar un poco de suciedad o pagar al veterinario. Solo le tengo miedo al silencio.»
Mi voz se quebró un poco. «No me lo dé para que viva para siempre. Démelo para que no muera solo en una jaula fría, esperando a alguien que nunca llegará. Nos acompañaremos a casa mutuamente. Es todo lo que pido.»
El silencio inundó la oficina. Solo se escuchaba el zumbido de la nevera y la lluvia afuera. Damián me miró largamente. Su máscara de burócrata se rompió. Lo vi tragar saliva. Miró la ficha de Baltasar, esa con el sello rojo de Sacrificio Programado. Luego me miró a mí.
Sin decir una palabra, tomó la ficha. Arrancó la hoja con el sello y la tiró a la papelera.
«Solo come comida húmeda», dijo Damián con voz ronca, sin mirarme a los ojos, mientras imprimía rápidamente un formulario. «Y las pastillas... hay que esconderlas en un trozo de jamón york o queso, si no las escupe.» «Siempre tengo jamón en casa», respondí con una sonrisa cansada.
Cuando me entregó la correa, nuestros dedos se rozaron. «Cuídelo bien, Doña Eulalia». Ya no era una orden, era una súplica.
El camino hacia casa fue lento. El viento del norte despeinaba mi abrigo y el pelaje de Baltasar. No caminaba junto a mí, se arrastraba a mi lado, paso a paso, sincronizado con mi ritmo.
Esta noche, Baltasar duerme sobre la alfombra persa que antes cuidaba tanto. Ahora ya no me importa. Ronca suavemente, un sonido rítmico y tranquilizador. Afuera hace frío, pero aquí dentro hay calor. Cuando miro sus ojos, sé la verdad. Baltasar no me necesitaba para sobrevivir. Me necesitaba para encontrar paz. ¿Y yo? Yo he aprendido que la vida no termina solo porque se acerca el final. Somos dos viejas almas que han decidido que el último tramo del camino no tiene por qué ser solitario. Y cuando llegue el momento, para él o para mí, no estaremos solos. Ese es el mejor contrato que he firmado jamás.
DdA, XXII/6244
No hay comentarios:
Publicar un comentario