lunes, 26 de enero de 2026

EL TREN DE LA HABANA


Valentín Tomé

Recuerdo tomar el tren que iba de La Habana a Santiago de Cuba. Según los horarios oficiales tardaría unas doce horas en cubrir el trayecto. Yo iba ensimismado contemplando el paisaje por la ventana de aquella perla del Caribe. La verdad ni reparé en el tiempo. Entre lecturas, pequeños sueños, montañas, playas y manglares... el tiempo parecía haberse detenido, hasta que la queja de un pasajero europeo me advirtió que habían pasado ya doce horas y aún andábamos por Trinidad, a mitad de camino entre la Habana y Santiago. El turista se dirigió airadamente a un cubano que parecía ser el revisor en precario español. Este le respondió que no entendía a qué venía tanta prisa, que si realmente estaba de vacaciones que se relajara y disfrutara del viaje. Y es que si hay algo que un cubano en verdad no posee es sentido del tiempo. Este gran tirano ha sido derrocado de la vida social y privada. Allí él no manda, no tiene nada que decir, el ritmo vital lo marcan las experiencias del día a día, la espontaneidad del libre fluir. Me acuerdo mucho de aquel tren hermosamente eterno cada vez que veo uno de los que por aquí surcan a 250 km/h, que anulan la contemplación del paisaje, y terminan corriendo tanto para acabar huyendo de la propia vida. Y es que si algo caracteriza el capitalismo en un sentido ontológico es haber convertido el tiempo en el mayor tirano de nuestras vidas.

DdA, XXII/6239

No hay comentarios:

Publicar un comentario