Cuando el liberalismo socioeconómico se convierte en
catecismo, lo más probable es que se abone el terreno para que germine una
población individualista con una grave crisis de valores. Si a ese escenario le
añadimos el adulterado relato del autoconocimiento, a veces, reconozcámoslo,
apuntalado por un discurso identitario algo egocéntrico, el yo anulará el
nosotros. Y aunque toda exhibición del yoísmo me saque de mis casillas, ver
cómo se exterioriza en medio de una tragedia me ofende sobremanera.
Que el individualismo afecta a nuestra salud mental es más
que evidente. Pero ignoramos que también afecta a las relaciones
interpersonales y, por lo tanto, a la estructura social, siempre frágil cuando
acontece una desgracia como la del choque de dos trenes de alta velocidad en
Adamuz (Córdoba). Cierto es que ese individualismo no es la esencia de una
sociedad, que se basa en el sentido de comunidad, y por eso, aunque se nos
acostumbre a lo contrario, la solidaridad brota de una manera espontánea y altruista
ante el horror. Lo vimos en la tragedia de la DANA y lo hemos vuelto a ver, la
semana pasada, en las primeras horas del mortal accidente, con la manera en la
que se movilizó el pueblo de Adamuz.
Pero, a la vez que eso sucedía, volvió a aparecer el maldito
yoísmo. Lo vi en aquellas personas molestas porque el choque de los trenes
había interrumpido, lógicamente, el servicio y tenían que buscarse la vida para
llegar a su ciudad o acudir a su empleo. El yoísmo ante la tragedia. Dos trenes
chocan, el número de víctimas crece, pero que tú llegues tarde a tu trabajo o a
tu casa, de regreso del fin de semana, es un drama. Y no, no lo es. Nada es más
importante que una vida truncada. Se arma uno de paciencia y busca la manera de
regresar a su casa sin poner el grito en el cielo.
No señalo. Porque ese instante de fastidio ante la
contrariedad lo hemos sentido todos. El yoísmo no nos ayuda a relativizar.
Asumimos, como niños pequeños, que nuestro malestar es propio y, por lo tanto,
prioritario. Nuestra mente se bloquea y fruncimos el ceño como si ese accidente
nos hubiera jodido la mañana, sin pensar en el horror que hay al otro
lado.
Por no hablar de los yoístas que necesitaban contar, en sus
redes sociales, que estuvieron a punto de coger alguno de los trenes
siniestrados pero que, finalmente, no lo hicieron. Y nos lo explican. No puedo
con la gente que, en medio de la tragedia, busca foco a su persona para
convertirse en protagonista de una historia que no le pertenece. Me
enfurece.
Pero esa no fue la única exhibición de yoísmo que percibí en
medio de la tragedia. Sí fue la que menos me molestó, pero no la única. Porque
cuando es una empresa quien antepone sus intereses al bien común, ahí la rabia
me quema. Porque su falta de empatía convierte su individualismo en un valor de
rentabilidad, siendo su actitud más tóxica e inhumana que la de un mero
ciudadano.
El capitalismo y su hijo psicópata, el liberalismo, les ha
dado carta de naturaleza a sus ambiciones y no sienten el mínimo pudor en ver
negocio donde los demás ven tragedia. Las empresas de alquiler de coches
elevaron sus precios. Un pasaje de avión a Sevilla podía llegar a costar 1014
euros. Precios dinámicos, lo llaman. Hay que tener poca vergüenza. Pero es que
hubo quien, con su perfil activo en la aplicación de servicio de vehículo
compartido, pensó que también podía hacer su agosto con uno o dos viajes al sur
a un precio muy por encima del habitual. Debería modificarse la ley para
impedir que esos precios dinámicos se activen al alza a medida que crece la
demanda. Más aún, cuando esa demanda está provocada por una tragedia. La
sociedad del “si todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto” es la sociedad que
acaba devorándose a sí misma.
Otra demostración de yoísmo fue la de ciertos periodistas, y
algunos medios de comunicación, que antepusieron su afán por dar exclusivas,
por ser los primeros en construir una hipótesis, cuando la estricta información
ya les resultaba insuficiente. Aquellos que dicen querer “arrojar luz” sabiendo
que están encendiendo una cerilla en un vendaval.
Los medios, especialmente los audiovisuales, han llegado a un
punto en el que se han convertido en la máquina de vapor a la que Groucho Marx
echaba más y más madera. Programación extensa que hay que llenar de contenido
cuando la información responsable, como es lógico en una catástrofe de este
tipo, va a cuentagotas. Tertulianos yoístas que, en su momento de popularidad
diario, exigen respuestas inmediatas y convincentes a circunstancias
desconocidas de gran complejidad.
¿Se imaginan formar parte de los grupos de operarios que
llevan trabajando más de noventa y seis horas, sin descanso, intentando apartar
los restos de los trenes siniestrados de las vías, sacando cadáveres de los
amasijos, investigando las causas del accidente, y tener que escuchar, cada
día, a un tertuliano o presentador haciendo conjeturas impunes o exigiendo
respuestas a algo que difícilmente vamos a conocer, con precisión y
responsabilidad, hasta que pase un tiempo, porque lo único que le mueve es poder
seguir haciendo espectáculo mediático con la culpa?
Y escribo culpa y no responsabilidad porque las
responsabilidades son concluyentes y no tienen prisa, ya que pretenden aprender
y reparar el error para que no vuelva a producirse. La culpa solo busca el
reproche. No hay intención de aprender nada porque se conforma con que ruede la
cabeza interesada.
Estar informados no es lo mismo que consumir información. Las
noticias no deben ser hamburguesas de un euro. No hay que trasladar la esencia
del fast food a los medios. La especulación no es información. Y
siempre nos vamos a encontrar con mercenarios de la desinformación interesados
en sacar rédito de la tragedia. Económico y electoral. El peor yoísmo. Y eso,
en estos tiempos, rompe cualquier dinámica de cohesión social.
En un planeta en el que el yoísmo de Donald Trump nos tiene
en vela, deberíamos empezar a reconocer que somos más fuertes, más eficaces y
más capaces, cuanto más apostemos por el nosotros y menos por el yo. Cuando no
impongamos nuestro bienestar, o nuestro interés particular, al de la comunidad.
El yoísmo quiebra el compromiso emocional, provocando que las relaciones
humanas pierdan calidad.
Solo es cuestión de pensarlo un segundo antes de dar el paso.
Antes del yo, pensar en el nosotros. Mejor nos irá.

1 comentario:
Hace mucho que el capitalismo descubrió que incorporar a las masas trabajadoras al consumismo era mucho más efectivo frente a la resistencia al poder omnímodo que la porras y las togas... Y más rentable. Porque, además, añadía un factor de individualización (cada cual interpretaba sus problemas como un malestar permanente que debía afrontar personalmente con una solución de consumo)... Sin ese malestar permanente (querer siempre algo a lo que no se puede acceder todavía, pero que tiene el vecino) sin el cual la sociedad consumista no funcionaría. Pero su concepción individualista de la realidad dinamita cualquier planteamiento colectivo y, en último extremo (más allá de los principios vagos, sin influencia real en la propia vida concreta, como patria) cualquier atisbo de cohesión social... Así que la "sociedad" misma, en su sentido más prístino y etimológico (como conjunto de humanos libremente asociados con valores y elmentos materiales comunes que derivan en normas), deja de existir como referente vital (más allá de las instituciones formales, de los Estados)... Si se desprecia y va relegando/eliminando lo común (en lo material y en el imaginario colectivo), la sociedad languidece y volvemos al mítico "¡sálvese quien pueda!" del estado de naturaleza hobbesiano.
Publicar un comentario