miércoles, 14 de enero de 2026

BESOS EN EL PAN CUANDO MUCHOS PODÍAN VER A DIOS EN UN MENDRUGO



Paco Arenas*

Dicen que hubo un tiempo en que la Vía Láctea cabía entera en la palma de una mano: era blanca, esponjosa, crujía al morderla y se llamaba simplemente pan. En aquellos años sesenta, el pan negro que sostuvo a los padres dormía en la memoria como una costra vieja del recuerdo, pero seguía oliendo a miseria cuando se lo nombraba en voz baja, como quien reza por los difuntos.
Los dos críos de la foto caminan por el barro del Cerro del Tío Pío con un universo de migas entre los dedos. Llevan abrigos heredados de algún muerto, tan grandes que parece que las mangas se hubieran empeñado en llegar primero al futuro. Van chapoteando en los charcos como si fuesen charcos de cielo caído, y cada bocado abre un agujerito de luz en la panza vacía. Pan con pan, comida de tontos, decía la gente con tripa llena; pero ellos sabían que, cuando el hambre aprieta, el pan deja de ser pan y se convierte en milagro.
Sus padres llegaron a la gran ciudad huyendo del cacique y de la tierra agrietada que los exilió a las ciudades. Les habían contado que en Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia los perros se hartaban de longanizas; resultó que sí, pero eran a los perros de los señorito. Si un marciano hubiera aterrizado en la Gran Vía como primer contacto con la humanidad, se habría rascado la antena al ver a tantos niños trabajando de limpiabotas, lustrando los zapatos de los parásitos que vivían a cuerpo de rey sin arrugarse la camisa, mientras los hombres y niños que levantaban edificios dormían en chabolas de lata y cartón, con el salario remendado y el plato siempre cojo, con más agua que sustancia para llenar la panza.
En las casas bajas del cerro, el queso era una cuña casi transparente, milagro de Lourdes hasta para los ateos, y el chorizo un recuerdo dominical que se cortaba tan fino que parecía que el cuchillo tenía vergüenza y que no era necesario que fuese cuaresma para no comerlo. Por eso había quien se comía una barra entera con un par de rodajas de chorizo o de queso, no por tonto, sino por hambre. El pan llenaba; el pan engañaba al estómago y al miedo. Por aquel entonces muchos veían a Dios en un mendrugo: si caía al suelo, aunque hubiese barro, se recogía, se le quitaba con cariño la costra de tierra, se le daba un beso y al cuerpo, adelante, que lo que no mata engorda.
En las noches del cerro, cuando el viento soplaba entre las chabolas, se oía cómo las migas susurraban dentro de los estómagos infantiles. Contaban historias que nadie escribía en los periódicos: historias de hombres que trabajaban hasta romperse la espalda para seguir viviendo en la orilla del barro; de mujeres que remendaban ropa heredada de difuntos para que sus hijos pudieran seguir creciendo dentro de las mangas; de niños que soñaban con bocadillos imposibles, donde el pan abrazaba algo más que aire. Nadie los escuchaba, pero las migas insistían, tercas, como si supieran que algún día alguien recordaría que hubo un tiempo en que la felicidad cabía en un trozo de pan con pan. Y que, aun así, el hambre no se saciaba nunca.
Foto Cerro de Tío Pío (Madrid)

*Su última novela si titula Las abarcas desiertas y su último poemario, Palabras calladas.

DdA, XXII/6227

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