Quim
González Muntadas
Cuenta
la historia que August Bebel, uno de los fundadores del
socialismo alemán, se detuvo en seco tras un discurso en el Parlamento. La derecha lo aplaudía. Se
miró a sí mismo, desconcertado, y murmuró: “¿Qué has
dicho, viejo imbécil, que la canalla te aplaude?” Esa frase, mezcla de lucidez y autocrítica,
resume una alerta hoy muy vigente: cuando los enemigos históricos te aplauden,
quizá has dejado de representar lo que fuiste.
Hoy,
Felipe, muchos nos hacemos esa misma pregunta al verte convertido en referente
moral de la derecha, la misma que te despreciaba en los 80 y 90. Hoy te llaman
“estadista”, “hombre de Estado”, y te exhiben como la voz sensata frente a
Pedro Sánchez, a quien atacan con un odio visceral que nos resulta tristemente
familiar.
Pero
¿quiénes te aplauden ahora? Los mismos que te insultaron sin piedad, que te
acusaron de “indigno”, de “dirigir el terrorismo de Estado”, de ser un
“estanciero tropical” con un “rostro contrario a la libertad”. Aquellos que te
describieron con un “historial de defenestraciones, decapitaciones, traiciones,
engaños, ardides y marrullerías sin cuento”, como “maestro en trapacerías”,
“carente de escrúpulos ideológicos” y de “descarada mendacidad”, cercano a “las
ínfulas totalitarias de otras épocas”.
Los mismos que llamaron a Zapatero “perfecto
imbécil”, “bobo solemne”, “grotesco”, “indigno”, “insolvente”. Que lo acusaron
de “entregar el Estado de derecho a los terroristas”, de “rendir España”, de
ser “rehén” y “cómplice” de nacionalistas y etarras. Todo eso lo dijeron con la
misma saña que ahora descargan sobre Pedro
Sánchez. Y tú lo sabes. Porque lo viviste. Porque lo sufriste.
Porque lo combatiste.
Y, sin embargo, ahora te presentas como telonero de José María Aznar en sus conciertos de crispación, insulto y desestabilización. Y lo que nos provocas es una profunda tristeza. Te dejas entrevistar por los mismos medios que ayer te demonizaban, y que hoy —como entonces— cruzan todas las fronteras de la ética democrática en su empeño de derribar al Gobierno, como sea, al precio que sea, desde tierra, mar y aire. No critican, acosan. No discrepan, deslegitiman. No hacen oposición, hacen desestabilización. Y tú, con tu experiencia, con tu historia, deberías saberlo mejor que nadie.
Lo más doloroso, Felipe, no es
la dureza de tus palabras, sino la pérdida del papel que la historia te había
reservado: el de consolidar nuestra democracia y modernizar nuestro país,
el de una voz ponderada incluso en la discrepancia. En lugar de eso, has
elegido una trinchera. Has preferido una bandería. Has invocado tu libertad
individual por encima de tu responsabilidad histórica. Pero eso no es ejercer
liderazgo: eso es empequeñecer tu figura.
Por eso, viejo Felipe, lo de Bebel vuelve con fuerza: ¿Qué has dicho, viejo imbécil, que la canalla te aplaude? Si no te lo preguntas tú, si nos lo preguntamos muchas
personas que sin haber militado en tu partido e incluso no haberte votado
nunca, hoy te podemos decir que te hemos respetado más que lo que hoy te
respetas a ti mismo porque hay líneas que no se cruzan sin perder algo
esencial: la memoria, la dignidad y el compromiso con aquello por lo que tantos
luchamos… incluido tú.
NUEVA TRIBUNA
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