David Pablo Montesinos
Me topo en instagram con una joven que cuenta con una envidiable legión de seguidores. Teniendo en cuenta la posibilidad de “monetizar” el éxito en redes sociales, imagino que Ariluna, que así se llama la moza, saca unas perras que le ayudan a pagar el alquiler del madrileño piso de treinta metros donde vive. Se define como una “chica hippy”, lo cual asocia a prácticas como caminar descalza, dejarse crecer salvaje el vello en las axilas, no usar champú ni desodorante y no lavar la ropa más que de forma esporádica.
Es resultona y tiene gracia, pero no basta con eso para obtener tantos fans. Su verdadero gancho es que protagoniza un curioso desafío: pretende estar un año entero usando a diario “la puerta de atrás”. Por si aún no lo han entendido, Luna practica sexo anal una vez al día.
No tengo nada contra ninguna práctica acordada libremente entre adultos. Lo que no acabo de ver es que sea un mérito digno de hacerse público. Yo, por ejemplo, hago gárgaras con listerine, uso papel higiénico perfumado y me baño en pelotas en la playa, pero no aspiro a obtener celebridad por todo ello. Luna sí lo pretende, y lo más gracioso es que no parece estar saliéndole mal. Así es hasta el punto de sentirse con mejor salud física y mental desde que lo practica, casi como si tomar por culo se hubiera convertido en una filosofía de vida y un camino de rectitud y paz del alma digna de un lama tibetano.
Es oportuno recurrir a la frase más famosa de Andy Warhol, ese genial visionario de la sociedad postmoderna: “En el futuro todo el mundo tendrá derecho a quince minutos de fama”.
Perdida el aura de la obra de arte, la estética se democratiza en la sociedad de consumo y cualquier ciudadano aspira a sentirse como una celebridad. Lo que el padre del Pop Art entendió a la perfección es que las personas ya no deseaban adorar a los dioses sino sentirse como si lo fueran. Warhol conocía la televisión e intuía su enorme poder, pero aunque no conoció internet –murió en 1985- sabía que ya dominaba el ambiente la demanda de espacios virtuales de celebración del Yo que alcanzaran a todos. Sólo faltaba la tecnología adecuada, y esta terminó llegando con internet, muy especialmente con las redes sociales.
Cuando yo era crío solo “salían” los privilegiados. Daba igual si eran genuinos expertos en algo o simples bufones enchufados por gente con poder. Los grandes opinadores tenían el reconocimiento de la plebs y sentían que los medios de masas eran su patrimonio. Hoy sigue habiendo popes mediáticos, por supuesto, pero el temor de Umberto Eco, que cualquier ignorante -hasta el tonto del pueblo- pueda emitir su opinión aspirando a audiencias multitudinarias, se ha cumplido por completo.
Hay mucho ruido, sí. Y mucho gaznápiro como yo diciendo sandeces o, como Ariluna, presumiendo de ser sodomizada, pero, ya ven, esa idea que tenían los antiguos tribunos de la plebe, la de que sólo ellos podían ocupar el púlpito,… no sé, creo que prefiero lo de ahora. …A pesar del ruido.
DdA, XXII/6615

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