viernes, 6 de noviembre de 2026

LA IMPORTANCIA DE LA POESÍA COMO EMOCIÓN


Valentín Martín

Qué habrá sido de aquella tabernera de Tegucigalpa que mansamente sonreía y los odiaba, se dicen ahora los dos viejos frente a frente mientras celebran otro concilio para sublevar nostalgias. Terrible era aquella coalición del descafeinado y la palabra, mientras la muchacha de 20 años, enamorada y cautiva de una emergencia, trataba de mantener la llama del novio al otro lado del teléfono esperando que ellos volviesen a su casa. Esta muchacha posiblemente veía a la virgen en la ventana a la hora de la siesta como les pasa a todas las taberneras con los años, pero entonces tenía prisa por ver a dios.
Aquí están el Maestro y el Inválido sin muchacha y volviendo a decirse, a saberse, a quererse. Porque el Maestro escribe para que le quieran, dice después de un dulce y un sorbito de infusión. Yo no escribo para quedar en la memoria sino para hacer felices a los amigos, responde el Inválido después de otro dulce y otro sorbito de infusión.

"Es más largo su amor que su mirada,
es más alto su amor que sus instintos,
es más grande su amor que lo concreto".

Eso trae escrito el Maestro en unos folios que serán un libro o estamos locos. El Maestro habla de un poeta, preocupadamente habla de un poeta, amorosamente habla de un poeta que no es él ni el otro viejo. Este poeta lleva todas las vidas que ha vivido con un solo lema: poesía y amor. ¿Es una extravagancia? Eso se preguntan los dos, mientras que el Inválido recuerda que algo del Maestro hay en el poeta desde que Claudio le ordenó: abandona el Derecho y dedícate a lo que eres, a la poesía.
Los dos viejos han vuelto a los nombres que estuvieron en sus vidas, nombres de poetas que fraguaron historia, muchos. ¿Han vivido tanto ellos? Es el Inválido quien rompe la posible vanidad de los recuerdos: todos están muertos- dice. Y luego cambia de tema y le cuenta al Maestro que para suavizar soledades han venido los obreros y han bajado la pantalla del videoportero para que él pueda acercarse con la silla de ruedas, llame y hable del otoño con la florista o el frutero que en cuanto oyen su voz, se acercan y contestan. Es el único momento que ve la calle, la vida, y la gente que anda a sus asuntos.
Ser poeta no es importante, dice el Maestro después de otro dulce y otro sorbito de infusión. Y menos nosotros que si nos dejamos un poquín, el esternocleidomastoiedeo se repucha y nos baja los humos, responde el Inválido después de otro dulce y otro sorbito de infusión.

" Del anís al tomillo van las aves en tus horas del arte
-crepúsculo amarillo- y tú quieres ser parte
o, al menos, ser paloma y remontarte".

Eso lee el Inválido en los folios que le trae el Maestro, y enseguida se dirige al otro para advertir que tiene razón cuando habla de la importancia de la poesía como emoción y no como una explicación de algo. Y que todo esto que trae aquí como la foto de tu primera amante será un libro o estamos locos.
Cuando anochece y amenaza de nuevo la amargura del sambo Manuel, a los dos viejos les entra algo de pena. Es el Inválido quien sacude el instante: recuerda que tú eres el verdadero Azorín y no aquel diputado por Purchena, que este "Luna de abril (Trasgo)" es otra alhaja. Y llévate dulces para el camino de vuelta.
El Maestro asiente y se va.

DdA, XXII/6616

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