miércoles, 4 de noviembre de 2026

ENSEÑANZA: ME HE JUBILADO PORQUE ENCONTRÉ LA POSIBILIDAD DE HUIR


Mucha gente no quiere entender que una escuela pública ni es el Corte Inglés ni tiene que velar por la satisfacción del cliente. Llega un punto en que tienes que adoptar lo que Nietzsche llamaba el pathos de la distancia. Lo siento, papá, pero he elegido esta manera de no someterme a la infamia. Me respeto a mí mismo lo suficiente para saber que valgo para algo más que para aguantar la dictadura de cuatro sabandijas

David Pablo Montesinos

Mi padre era un tipo muy viril, con los atributos de la masculinidad patriarcal muy marcados. Condenaba moralmente cualquier asomo de desistimiento: “aguanta y no huyas, lucha hasta el final”.
Disculpen este edípico ajuste de cuentas, pero he de contestarle: lo siento, algunas veces es mejor huir. No es que con la huida renuncies cobardemente a solucionar el problema, como él creía. Es que a veces la huida es la solución, a lo mejor la única solución. Es épico luchar contra gigantes, pero, lo siento, Don Quijote estaba loco. Yo no.
Recientemente -supongo que no le molestará que lo cuente- Almudena, dueña de la librería Ramón Llull e incansable agitadora cultural, mostró su extrañeza por mi jubilación que, ciertamente, hubiera podido demorar unos cuantos años dada mi edad. Aludió a mi entusiasmo por la enseñanza de la filosofía, mi defensa de la escuela pública… ”Si alguien como tú tiene que dejarlo es que algo va muy mal”, me dijo con su habitual generosidad.
Yo no me he jubilado porque crea que ya no valgo y quiera dedicarme a campeonatos de petanca. Me he jubilado porque he encontrado la posibilidad de huir. Y huyo de las aulas porque después de muchas experiencias desagradables, sobre todo en los últimos años, he llegado a la conclusión de que lo que sé hacer, enseñar filosofía, no es lo que la sociedad quiere que haga. He decidido no someterme a una lógica plastosa y miserable que degrada el papel de los docentes.
Nadie me valora ya por ser un buen profesor de filosofía, como ninguno de mis compañeros será apreciado por enseñar música, inglés, matemáticas o latín, por muy bien que lo hagan y aunque se dejen la piel en el esfuerzo. Lo que el mundo nos pide es que cuidemos a sus niños siete horas al día, que los tengamos en esa extraña mixtura entre guardería y presidio en que se han convertido los institutos. Y para eso es mejor que alguien joven y con entusiasmo me sustituya.
Huyo, es cierto, y en cierto modo huyo de mí mismo porque temía que un día diría a los padres de algún alumno lo que pienso de verdad de ellos y del monstruo de niñato consentido y sociópata que están fabricando… y eso puede acabar muy mal. O me canso de inspectores que vienen a joderte porque has suspendido a un zángano que no sabe hacer la o con un canuto porque no le apetece. O de mamás que te insultan y amenazan porque has sancionado a su hija por comportarse como una mierda de persona y resulta que la niña “ha tenido problemas psicológicos”… Para qué seguir, creo que el mapa de la miseria moral por la que son capaces de reptar los seres humanos es inmenso.
Tengo una enorme fe en los servicios públicos y en la justicia social. Tengo menos fe, lo siento, en la capacidad de la ciudadanía para entender por qué es tan importante sostenerlos y por qué es necesario preservar la autoridad de los profesionales que la defienden cada día. Siento decepcionar a quienes piensan que soy un buen chico, pero lo he de decir: no tengo por qué aguantar que una patana que ni siquiera sabe escribir una hache se crea con derecho a amenazarme e insultarme. Es escoria, no tengo ninguna duda, y no va a poner ni por un momento en crisis mi autoestima. Ni siquiera cuando no tengo un jefe de estudios capaz de cuidar adecuadamente de su equipo de trabajo y poner en su sitio a semejante insecto.
No huyo de esa mamarracha y de otros de su calaña, huyo de un tsunami: el mal está instalado en la sociedad. Mucha gente no quiere entender que una escuela pública ni es el Corte Inglés ni tiene que velar por la satisfacción del cliente. Llega un punto en que tienes que adoptar lo que Nietzsche llamaba el pathos de la distancia. Lo siento, papá, pero he elegido esta manera de no someterme a la infamia. Me respeto a mí mismo lo suficiente para saber que valgo para algo más que para aguantar la dictadura de cuatro sabandijas. Prefiero dedicarme a otras cosas.

DdA, XXII/6613

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