
Creo recordar a lo que se refiere mi estimado amigo Manuel Antonio en las primeras líneas de su texto. Nadie hubiera pensado entonces que de aquella prédica idiotizadora se pudiera derivar mucho años después el auge de esa sectas que actualmente están sembrando de políticas retrógradas algunos países de América Latina y hacen posible resultados electorales como el reciente en Brasil. Estoy con Goti en que esa peste del siglo XIX, tal como van las cosas, podría hasta prosperar en Europa. De hecho hasta el Partido Popular promocionó tiempo atrás en Madrid a alguna de las más afamadas predicadoras de esas sectas, de las que gusta la chulesca presidenta de aquel gobierno autonómico.
Hace muchos años, en un programa televisivo que podía ser el mítico Informe Semanal, se presentaba un reportaje sobre el surgimiento en América Latina de unas sectas cristianas con un mensaje extremadamente reaccionario. Para ilustrar la noticia, se mostraba el discurso de un pobre niño, de unos 12 años, totalmente idiotizado por una abominable formación. Al parecer, el infante gozaba de prestigio como predicador y en las imágenes se dirigía a un grupo de sectarios con un discurso que pretendía, de una manera aberrante, ridiculizar la evolución de las especies. Al verlo, en aquel tiempo uno pensó que aquella ridiculez no podría tener mucho recorrido. Lo que desconocía es que, detrás de aquella barbarie, había todo un entramado político-económico tendente a infiltrarse en las sociedades para implantar su doctrina destructora. Fue una opción muy inteligente para acabar con los movimientos sociales, entre ellos los que se nutrían de la Teología de la Liberación, sistemáticamente laminada por la jerarquía de Roma.
Décadas después, nos encontramos con el desolador paisaje de unas sociedades, como la brasileña, en la que ese horror tiene un protagonismo determinante en el resultado de unas elecciones pretendidamente democráticas. Pero no queda allí la cosa, en estas Españas ya se muestran abiertamente con su perorata demencial. He visto imágenes del metro madrileño donde incomodan a los viajeros sin que surja una reacción y creo que en alguna ocasión, políticos oportunistas han participado en algunos de sus actos. Puede parecer que la cosa no irá más allá, que esto es Europa y aquí no puede prosperar. Yo no lo veo así, me aterra que esto pueda desarrollarse y no veo porqué no puede ocurrir. Desde luego estamos ante una auténtica peste del siglo XIX, capaz de arrasar con todo lo que significa una sociedad organizada con principios de racionalidad y conocimiento.
DdA, XXII/6489
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