miércoles, 21 de octubre de 2026

LES ENFANTS DE LA PATRIE LA LÍAN



David Pablo Montesinos

Si hay algo que podemos reconocer sin remilgos a los franceses es que cuando deciden hacer la revolución van muy en serio. Hay un primer elemento con el que no debemos engañarnos.
Los procesos de insurgencia más enfurecidos -y basta ver arder al ayuntamiento de Grenoble para advertir que el asunto no es festivo- no estallan porque a la gente le dé por pedir grandes innovaciones. Pasó con los chalecos amarillos, que son cualquier cosa menos unos hippies, pero a los que hay que entender. Es sencillo: “nos echáis del centro de las ciudades poniendo los alquileres por las nubes pero luego nos subís la gasolina que necesitamos para desplazarnos desde nuestros domicilios de extrarradio.”
El 68 fue otra cosa, de acuerdo, pero aquella fue una revolución completamente anómala y sospecho que irrepetible. La gente se ha movilizado ahora por cuestiones tan estomacales como la necesidad de vivir bajo techo, poder desplazarse diariamente, detener la inflación en productos esenciales, enviar a los niños a una escuela digna… Si en el 68, desde un optimismo acaso tan fascinante como irresponsable, se hablaba de acabar con la familia o el trabajo, lo que ahora se demanda es poder elegir si se quiere formar una familia, disponer de vivienda, tener un trabajo digno… Lo que están pidiendo los acampados por la vivienda, como antes hicieron los Indignados del 15M, es el derecho a elegir una vida, aunque sea convencional y aburrida.
¿Qué está ocurriendo realmente?
De entrada hay que advertir que la cultura internáutica en que nació y vive la Generación Z es capaz de generar respuestas sociales muy rápidas y multitudinarias. Hablando de elementos generacionales, hay una convicción que ha terminado de implantarse en lo más profundo del córtex de la gente joven: "vais a vivir peor que vuestros padres". Es algo muy difícil de asimilar en una cultura ideológicamente configurada a partir de los valores de la ilustración y el relato del progreso. Da igual que la tecnología avance a enorme velocidad: el principio –éticamente fundamentado- de que desde el esfuerzo se puede construir una biografía digna, está saltando por los aires en el tardocapitalismo.
¿Ascensor social? Esa expectativa, la de que trabajando y estudiando duro se podía salir adelante –algo que incluso el franquismo planteaba- ha saltado por los aires. Da igual que estudies, da igual que trabajes con honestidad: la movilidad social no ha sido un relato tan de ficción desde hace ochenta años. Y hablando de estudios. Les aseguro que los jóvenes que empezaron esta revuelta no demandan docentes cuqui ni modelos pedagógicos innovadores. Lo que plantean es que faltan profesores, las bajas no son cubiertas, las infraestructuras escolares están obsoletas y hacen aguas…
¿Entendemos la situación o seguimos pensando que todo esto son epifenómenos que se combaten con represión policial, como sin duda piensan tantos ciudadanos franceses?
Hay una primera opción. Cedamos al empuje de la especie ultra , muy bien respaldado mediáticamente, según la cual nuestro problema es la inmigración. Mientras acudamos a ese señuelo nos comeremos con facilidad el programa de los recortes, los “sacrificios” y las bajadas de impuestos que terminarán beneficiando, como siempre, a los potentados a los que con tanto placer lame las botas el macronismo.
Hay otra opción. Consiste en entender que las amenazas que se ciernen sobre la sociedad europea en general pasan por dos medidas de estado: dejar de proteger el rentismo y sustituir el modelo fiscal actual, que descarga sobre las clases populares el sustento de las instituciones, por una fiscalidad como la que se planteo tras la II Guerra Mundial, cuando se entendió que las rentas del capital debían ser duramente gravadas para que las naciones sobrevivieran.
Ustedes verán. Por cierto, hay que ser bestia para quemar un ayuntamiento, pero no estoy seguro de que no haya razones para la furia.

DdA, XXII/6503

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