Cristian Maldonado
Cuando tenía tan sólo 17 años, Lula vivió un episodio que marcó para siempre su cuerpo y su vida. Una madrugada como tantas, metiendo miles de horas en la fábrica, el compañero que se encargaba de la prensa, cabeceó de sueño, se distrajo y entonces esa prensa le amputó a Lula el dedo meñique de su mano izquierda. En la película Lula, El hijo de Brasil, se puede ver recreada esa escena en la que la máquina cae sobre su mano y el joven Luiz Ignacio pierde el dedo.
Lula llegaba a trabajar a la prensa de la “metalúrgica Independencia” a eso de las siete de la tarde y se iba después de las siete de la mañana. Era un explotado más, un precarizado, que pasaba la mitad de las horas del día haciendo piezas para las cajas de seguridad de los bancos de Brasil.
Muchos años después, supo decir: "Si fuera hoy, no lo habría perdido, me habrían hecho un implante”, pero esa madrugada tuvo que esperar a que amaneciera para ir al único hospital que atendía a trabajadores en toda la región. El médico lo vio recién después de las siete y resolvió cortarle lo que le quedaba del meñique. “Llegué oliendo a grasa. El médico me miró a la cara y dijo: '¿Para qué necesita 10 dedos un peoncito? Voy a quitártelo'. Y me quitó el muñón. Al menos podría haberme dejado el muñón para rascarme la nariz, pero me lo quitó".
Lula contó que pasó por lo menos un año entero con mucha vergüenza, y que llevaba la mano en el bolsillo, o envuelta en una toalla porque no quería que la gente lo viera así en el colectivo.
Ese episodio, a los 17 años, marcó para siempre el cuerpo y la vida de esta leyenda de la política mundial que lleva la pertenencia de clase, la explotación laboral, la discriminación y la injusticia en sus propias manos.
El hijo de Brasil, el bebé al que su padre abandonó, el niño que huyó con sus hermanos y su madre analfabeta de la pobreza en Pernambuco y tuvo que dejar la escuela para limpiar botas a los 12 años. El joven tornero que soñaba con ser camionero y terminó presidente. El sindicalista que organizó las mayores huelgas durante la dictadura. El marido que perdió a su compañera y al hijo que estaba por dar a luz. El hombre que después de salir por primera vez de prisión fue directamente a soltar a los pajaritos que tenía en las jaulas. El candidato proscripto que durante su segunda estancia en prisión perdió a su hermano Vavá y a su nieto Arthur. El presidente que en menos de una década sacó a más de cuarenta millones de personas de la miseria. El estadista que logró implementar el programa social que se convirtió en el de mayor transferencia de renta en todo el mundo. El que en esos mismos años redujo a la mitad la desnutrición infantil. El fumador empedernido que pudo con el cáncer de garganta. El mismo que derrotó en las urnas a su verdugo. El luchador de mil batallas, que sabe que las distracciones se pagan muy caro.
DdA, XXII/6486

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