jueves, 10 de septiembre de 2026

RUBIOCALIPSIS: CUBA COMO BOTÍN IDEOLÓGICO



Raulito Torres Candil/Aquí en La Habana

Existe una tragedia particular, un desgarramiento del espíritu, cuando el verdugo lleva algo que recuerda tu mismo acento, los mismos gestos y la quizá distorsionada memoria de tu misma isla en el apellido. No hablo de un enemigo abstracto del Norte, sino de una criatura de nuestra propia geografía mítica, hijo de la diáspora que ha hecho del rencor su bandera y de la venganza heredada su programa político. Marco Rubio, el anticubano, es la encarnación de una fatalidad shakespeariana: la del que, para demostrar una lealtad que siempre le fue exigida como prueba, debe extremar la crueldad contra su propio pueblo en origen. Su existencia en la Secretaría de Estado además de un premeditado accidente burocrático, es un síntoma terrible de que, para ciertos poderes, la isla no es un pueblo, sino un botín ideológico.
Cada vez que este hombre, con la frialdad de un contador y la teatralidad de un predicador, saca de su cartera un nuevo "paquete de sanciones", no está golpeando a un gobierno abstracto: está apretando, una vuelta más, el torniquete sobre la respiración del cubano de a pie. Y lo hace con la precisión de quien conoce la herida, porque al parecer lleva el odio en su historia familiar. Esa es la calamidad: que el castigo no se diseña en un laboratorio distante, sino en la mente de alguien que sabe exactamente qué es un apagón en Centro Habana, qué significa hacer una cola bajo el sol para un pan, qué desesperanza anida en el hueco de una olla vacía. Su conocimiento íntimo de nuestra fragilidad convierte cada medida coercitiva en un acto de una perversidad refinada, una venganza de clase y de ideología que se disfraza de justicia.
Las sanciones, como él las concibe, no son herramientas de presión diplomática; son una metafísica del castigo, una losa que se renueva para impedir que el enfermo se levante de la cama. Se nos dice que se busca la "libertad", pero la única libertad que garantizan es la libertad de sufrir. El bloqueo recrudecido, los obstáculos a la inversión, la caza de cada dólar que intenta llegar a la isla: todo es parte de una liturgia de la asfixia. Y el, ese pueblo noble y terco que ha aprendido a hacer milagros con la escasez, es el rehén eterno de esta batalla de titanes. Es una condena a la precariedad perpetua, una manera de mantener a la nación arrodillada, castigada por el pecado original de haber escogido un camino distinto.
Lo más desgarrador no es la hostilidad, pues a la hostilidad ya estamos acostumbrados, como el que se acostumbra a los ciclones. Lo que desmoraliza es la alevosía de la traición. Un enemigo extranjero puede ser combatido, ignorado o, al menos, comprendido en su lógica imperial. Pero el que habla tu idioma y usa tu historia para construirte una jaula, ese te despoja de algo más profundo: te roba la posibilidad del diálogo. Rubio es un puente que se ha negado a serlo, un hijo que regresa, no con el abrazo del reencuentro, sino con la factura de un pasado que él no vivió. Cada sanción es una reafirmación de su exilio interior, un grito mudo que dice: "prefiero verlos sufrir antes que verlos vivir en una Cuba que no sea la de mis fantasmas".
Y aun así, en medio de esta calamidad, hay una verdad que ni todas las sanciones del imperio pueden borrar: la dignidad del pueblo cubano no se decreta ni se importa, se cultiva en la resistencia cotidiana. Sufrimos, es cierto. Sufrimos la saña de los de afuera y, también, las ineficiencias de los de adentro. Pero la fatalidad de tener a un Rubio como verdugo no puede hacernos olvidar que la historia no la escriben los secretarios de Estado, la escriben los que, a pesar de todo, siguen bailando, creando, amando y sembrando en esta tierra nuestra. Porque, como dijo el poeta, "hay que endurecerse, pero sin perder la ternura jamás". Y esa, compañero, es la única victoria que ningún paquete de sanciones podrá confiscar.
Sigue entonces desparramando charcos de odio contra tu original pueblo, que terminarás eventualmente, ahogándote en nuestro océano de ternura.

DdA, XXII/6460

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