sábado, 19 de septiembre de 2026

FUIMOS NIÑOS EN UN PAÍS CONDENADO A UNA ESPECIE DE MALDICIÓN ORIGINARIA...

Antonio Muñoz Molina hace memoria personal en su artículo de hoy en el diario El País. Con la suya va la de toda una generación. "Nosotros mismos -escribe-, los comensales de esta noche, somos un ejemplo de que la fatalidad puede vencerse. Ningún libro de historia tiene que contarnos lo que hemos visto y vivido en el arco ya tan amplio de nuestras vidas. Nacimos en un mundo pobre, atrasado, aislado, oscuro, sometido: hemos desarrollado nuestras vidas adultas en un país que no se parece en nada a aquél; hemos podido cultivar nuestras mejores facultades, y no gracias a un empeño individualista y competitivo, sino al sacrificio de nuestros mayores y a una red de ventajas sociales que son la conquista y también el sustento de la democracia. Fuimos niños en un país empujado a los márgenes de Europa, condenado a una especie de maldición originaria. Ahora nos asomamos a un abismo de incertidumbre y amenazas, pero no por culpa de ningún maleficio secular español, sino porque ese abismo es la normalidad del presente.



 Antonio Muñoz Molina

Estamos sentados alrededor de la mesa en un escándalo alegre de conversaciones cruzadas y de pronto nos veo desde fuera, y por encima de la persona de cada uno reconozco lo que vería de inmediato quien no nos conociera, el sello generacional y de origen que nos unifica. Tenemos más o menos la misma edad; nacimos en esta ciudad, y en el mismo barrio de campesinos y hortelanos; salvo uno de nosotros, que ha hecho aquí toda su carrera de biólogo y veterinario, después de una infancia y una adolescencia de pueblo nos hemos dispersado por medio mundo en el cumplimiento de nuestros oficios y nuestras aficiones; y ahora, en el trance reciente de la jubilación, en un grado mayor o menor todos sentimos una querencia de regreso, muy evidente en nuestro afán de compartir y comparar recuerdos, que a los amigos llegados esta noche de fuera les parecen ejercicios de prodigiosa mnemotecnia, por la abundancia de nombres, palabras y motes olvidados, detalles y fechas que emergen en la conversación.

Hablo de jubilaciones, pero no de retiro a una holganza deseada o forzosa. Cada uno hierve de tareas y proyectos, libros en marcha, iniciativas cívicas, viajes. Como nos conocemos desde niños, quizás nos cuesta ver en cada uno de nosotros la cara verdadera que nos ha implantado la lenta cirugía estética de los años. Tras los rasgos de ahora vislumbramos los que conocimos en las épocas más impresionables de nuestra vida, y solo un gesto fugaz, un escorzo, un movimiento de lentitud o torpeza, nos permite ver lo que para el extraño será evidente, lo que nosotros veíamos de jóvenes en quienes apenas nos doblaban la edad: hombres que empiezan a ser viejos, aunque nos resistamos a emplear esa palabra deslucida. Quizás nos extraña más hacernos viejos porque pertenecemos a la primera generación en que la juventud dejó de ser una más en las edades de la vida para convertirse en una condición privilegiada, casi heroica, en una identidad de rebeldía y ruptura. “No te fíes de nadie que tenga más de treinta años”, era una consigna célebre. Cumplir años no era un hecho natural e inevitable, sino una triste capitulación de la que parecía posible ponerse a salvo.

Algo más profundo tenemos en común: cada uno de los reunidos alrededor de la mesa escapó al porvenir que tenía asignado al nacer, y que se parecía mucho al de sus padres y sus abuelos. Está en la mesa el infatigable José Luis Villacañas, filósofo, historiador, narrador oral, conversador apasionado y cordial, que de niño jugaba en nuestras mismas calles y fue a la misma escuela. Era el más brillante y fue el primero en marcharse a estudiar, con una beca, dejando atrás su familia campesina, y los trabajos del campo en los que ya le había dado tiempo a graduarse. Al hablar de nuestra infancia común de jornadas en el campo y juegos infantiles en la calle, Villacañas vindica el talante de vitalismo popular que le dejó para siempre a Albert Camus su niñez en Argelia: de él procede su amor por la libertad y la justicia, inseparable del respeto y la solidaridad hacia los seres humanos, uno por uno, nunca borrados en la masa uniformadora de las categorías colectivas, fueran las que fueran. En estos tiempos en los que es tan fácil, tan casi inevitable, rendirse a las fuerzas inauditas del dinero y la opresión política y tecnológica, Villacañas anima a no dejarse vencer por la parálisis de la impotencia y el cinismo: hay que organizarse en la cercanía corporal y verdadera, en el apego a lo terrenal y lo cercano, la fraternidad, la conversación, el apoyo mutuo, la militancia en lo concreto y posible, la lealtad a lo mejor de la infancia, que es el mejor antídoto contra ciertas patologías personales y sociales.

Nosotros mismos, los comensales de esta noche, somos un ejemplo de que la fatalidad puede vencerse. Ningún libro de historia tiene que contarnos lo que hemos visto y vivido en el arco ya tan amplio de nuestras vidas. Nacimos en un mundo pobre, atrasado, aislado, oscuro, sometido: hemos desarrollado nuestras vidas adultas en un país que no se parece en nada a aquél; hemos podido cultivar nuestras mejores facultades, y no gracias a un empeño individualista y competitivo, sino al sacrificio de nuestros mayores y a una red de ventajas sociales que son la conquista y también el sustento de la democracia. Fuimos niños en un país empujado a los márgenes de Europa, condenado a una especie de maldición originaria. Ahora nos asomamos a un abismo de incertidumbre y amenazas, pero no por culpa de ningún maleficio secular español, sino porque ese abismo es la normalidad del presente.

Sería posible dibujar en un mapamundi los itinerarios del impulso centrífugo que hemos seguido cada uno de nosotros antes de volver para congregarnos en torno a esta mesa. Nicolás, también hijo de hortelanos, ha restaurado una casa familiar en el mirador que da al valle del Guadalquivir y a la sierra de Mágina, y piensa mudarse a ella desde Bruselas en cuanto le llegue la jubilación. Es quizás la persona profesionalmente más viajera que conozco, siempre como servidor público en la Unión Europea. No hay zona de conflicto ni enclave remoto en los que no haya estado. Conoce los mares del Sur, las huellas débiles de la presencia española en Polinesia, los territorios trágicos de guerras y explotaciones mineras en el Congo, las costas en las que tienen sus puertos de refugio los piratas somalíes; vio con sus propios ojos el caos de odio y matanzas que trajo consigo el derrumbe o la calculada destrucción de Yugoslavia. Los hijos prolongan la onda expansiva de los padres. Antonio, mi tocayo, mi amigo invariable desde los años de la escuela, es el que ha trabajado siempre en Úbeda como veterinario, pero tiene una hija traductora y diseñadora que vive en Australia. Un hijo de Blas, que es militar de carrera, está destinado en Iquitos, en la Amazonia peruana, entrenando a fuerzas de policía.

De todos nosotros Blas es el que tuvo una infancia más amarga. La hacienda de su padre consistía en un carro con dos mulos. Su madre murió del parto de su quinto hijo cuando Blas tenía ocho años. Yo pasaba por su casa todos los días en el camino de la escuela. Una mañana vi salir por la puerta el ataúd de su madre. Ese recuerdo mío es el lazo que me une a su vida de entonces. “A diferencia de vosotros, yo no tuve una madre que me protegiera”, nos dice. Los cinco hijos quedaron al cuidado de la abuela. Blas, el mayor, iba a la escuela y al mismo tiempo tenía que ayudar con el carro a su padre, transportando cualquier cosa, cargas de aceituna, de trigo, de paja, yendo a segar hierba para los mulos nada más salir de clase. En esa época no había aún tractores ni land rovers, y toda la carga y el transporte se hacían con los animales. La cara tersa y redonda de Blas es la que mejor conserva los rasgos de la infancia. Por eso no me cuesta nada imaginar la dureza extrema de la vida que me cuenta: los madrugones helados, las noches enteras de verano cargando y descargando aquellas montañas de paja que dejaban un picor extremo en todo el cuerpo y una asfixia de polvo. Una noche, tirando del carro de paja por los caminos, perdió una sandalia. Su padre andaba tan apurado por entregar la carga que no lo dejó perder el tiempo buscándola. Se quedaba dormido de puro agotamiento sobre un serón o sobre un montón de paja y su padre lo sacudía para despertarlo: “Ya dormirás en invierno”.

Se hace tarde y tenemos que despedirnos. La cena y el vino han añadido sus alicientes a la fraternidad. No importa el tiempo que tardemos en volver a vernos. El pasado se ensancha a medida que el porvenir se vuelve más angosto. En cualquier caso, dice Bioy Casares, “la amistad, a diferencia del amor, es un sentimiento que soporta bien las grandes privaciones”.

EL PAIS  DdA, XXII/6470

No hay comentarios:

Publicar un comentario