martes, 1 de septiembre de 2026

¿CONDENAREMOS A NUESTROS HIJOS A UN FUTURO DE CORAZONES HELADOS?



David Pablo Montesinos

¿Cómo acabamos con los hijos de puta?
En general la vida no lo pone fácil. No ya porque los amos del mundo sean tipos protegidos por ejércitos y poderes fácticos de todo tipo que les permiten ejercer poder de forma omnímoda. Es más bien porque no siempre la maldad es como la de Trump o Musk, que se sabe que son malos sin grandes reflexiones. Al contrario de lo que sucede en las malas películas, definir con precisión la frontera del Mal siempre fue complejo.
Yo sin ir más lejos…Siendo un varón europeo de cierta edad y heterobásico doy ya motivos suficientes a los oprimidos del mundo para que me sitúen en el territorio de los malvados. Suelo pensar que no soy mal tipo, pero quizá sea porque a uno le gusta sentirse víctima antes que verdugo. Lo tengo más que comprobado: ser humano –o humanoide- consiste entre otras cosas en resultar infinitamente más sensible a las afrentas que recibes que a las que tú descargas sobre tus congéneres.
Vale, seguramente yo también soy malo. De ello es síntoma que entre quienes me detestan, aparte de algún deficiente mental, hay también quienes tienen parte de razón.
Pero hay algo que no pienso aceptar: convertir el hijoputismo en ideología y proclamarlo con orgullo, como si fuera incluso cool. Hay líderes políticos de la última hornada ultra que destruyen el derecho de los débiles a la atención hospitalaria o educativa. Hay tipejos en mi país que están saliendo –literalmente- a cazar inmigrantes. Hay quienes en los USA celebran que la policía de Trump persiga a críos de Guatemala para encarcelarlos o deportarlos. Hay quien defiende el derecho de Israel a practicar el exterminio de inocentes. Y así un largo etcétera.
Me he pasado la vida denunciando la hipocresía de la gente religiosa, y ahora empiezo a pensar si, al menos, con esa hipocresía, se ocultaban la crueldad y el odio en vez de exhibirlos como ahora.

No sé si podemos identificar con claridad a todos los malos y si yo estoy entre ellos, pero creo que tengo derecho a hacerme la pregunta: ¿queremos ser más decentes? ¿aceptamos que hay que dejar un mundo hospitalario para nuestros hijos o vamos a seguir condenándoles a un futuro de corazones helados?

DdA, XXII/6452

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