lunes, 10 de agosto de 2026

AHORA LOS CURAS VISTEN A VOLUNTAD Y MEAN MÁS FÁCIL


Valentín Martín
La primera vez que yo vi mear a un cura dejé de creer en el Espíritu Santo. De aquella santísima trinidad que había encendido mi fe escolar me quedaron sólo dos. Todavía no estábamos en los tiempos del cachopo y el gran eclipse de mi vida no llegaría hasta más tarde. Yo sabía que hay 4.200 religiones en el mundo, algunas con varios dioses, la nuestra tenía tres y en latín, por eso era la verdadera. Las religiones existen por el miedo a morir, si no sonase a humor negro diría que levante la mano el moribundo valiente que no.
El caso es que cuando vi mear a un cura por primera vez, perdí buena parte de mi inocencia. Supongo que hasta entonces era un niño cegado por la seducción de los enigmas y para mí un cura era algo así como una sirena.
Habíamos terminado él y yo a solas la misa diaria, yo me iba a la escuela después de robar en la sacristía, volví la cabeza para comprobar que a él no se le olvidaba cerrar la puerta de la iglesia, y entonces lo vi.
El cura dio la vuelta hacia la parte contraria al reloj de sol y le perdí de vista. Me nació el mezuca, volví sobre mis pasos y me asomé. El cura estaba meando contra la pared de la iglesia. Supe entonces que los curas mean lento. Quizás porque entonces las sotanas llevaban botones, se han perdido muchos puestos de trabajo al prescindir de la sastrería eclesiástica, ahora los curas visten como los obreros o los señoritos, a voluntad. Y mean más fácil. No sé si se mantiene Gammarelli en Roma, la sastrería que vestía a los pontífices.
Otro de los descubrimientos que acabaron con mi párvula interpretación de la vida fue el comprobar que debajo de la sotana el cura llevaba pantalones. Algo tan natural me pareció un agravio, se ve que ya estaba dentro de mí el pamemo que me ha acompañado durante ochenta años. También me di cuenta de que el cura cumplía las reglas del seminario donde estaba prohibido mear y hablar a la vez. Alguien dirá que estaba solo, pero es que hay hombres que al mear, silban.
Y ahora que lo pienso, no sé si es por esta calorina o estoy peor que el diagnóstico de la loquera, porque yo sólo iba a la noticia que convulsiona a los periódicos: la penúltima novia de Lamine Yamal tiene infección de orina.
Estamos preocupaos.

DdA, XXII/6432

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