Valentín Martín
El abuelo no pudo salvar su vida esta vez. Así que cuando se fue a los 19 años, la madre abrió la agenda de aquella chica hermosísima para buscar a los amigos y avisarles. Uno tras otro fue marcando los números de teléfono. Y descubrió con horror que no contestó ninguno: todos habían muerto antes que su hija.
Por entonces ya se había adueñado de nosotros la cultura de la muerte frecuente y silenciosa, esa que está en su apogeo ahora. Yo mismo me asombro de haberme sobrevivido tantas veces. Y perdí la cuenta de las perplejidades al repetir íntimamente el gesto maternal de la chica hermosa. Cada mañana pregunto y me encuentro con una nueva noche.
Hoy ha sido Pepe Legrá, el niño más pobre de Cuba que dejó atrás la revolución y aquí se hizo rico y alegre. Ningún hijo amó más a su madre. Ningún hombre fue amado por tantas mujeres. Nadie abrió las puertas de su casa a tantos exiliados. Una casa grande con el lujo que ahora buscan los fondos buitres para los millonarios dudosos.
El silencio llegó muy pronto. Y el desalojo de la idolatría popular fue abrupto. De nuevo se ha repetido el pie del tigre. Y su muerte le ha pillado viviendo en una residencia de ancianos pagada por amigos periodistas o no, pero que esta vez estuvieron fuera del fulgor y las crónicas.
Pepe Legrá se creía dios en su oficio y lo era. Parecía feliz siempre, y esa manera ayudó a aproximarse a la felicidad a muchos.
Extrañamente, ha vivido hasta los 90 años.
DdA, XXII/6410
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