martes, 7 de julio de 2026

GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXXXIII): DE (SUPUESTOS) CONSENSOS SOCIALES Y (SOSPECHOSOS) LUGARES COMUNES



José Ignacio Fernández del Castro

«Orden, el Orden.- ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre! (V.libertad).    [...]
Libertad.- ¡Oh libertad!. ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!.
Tenemos las libertades que son necesarias. La libertad no es licencia (frase conservadora).»   Gustave FLAUBERT 
(Ruan, Alta Normandía, Francia, 12 de diciembre de 1821 – Croisset, Baja Normandía, 
8 de mayo de 1880): Dictionnaire des idées reçues (Edición póstuma en 913).

Resulta curioso no sólo que ese lugar común que llamamos “el común de los mortales” se afane en aplicar idénticos lugares comunes, “¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” según la expresión de Flaubert, para términos como “orden” y “libertad”, sino, y sobre todo, que, incluso en mentes juiciosas y sentenciosas como la del genio ruanés, tan ocupado en su eterna búsqueda de la mot juste, tal curiosidad parezca derivar de una implícita consideración de tales términos como opuestos.

Y esto viene a cuento (¡otro lugtaar común!) porque la mot juste, la palabra exacta que se opone a “orden” no es “libertad”... “Orden” tiene como antónimos por excelencia “desorden” y “caos”, o, en todo caso, “descolocación”. “Libertad” tiene por antónimos eminentes “esclavitud” o “predestinación”, y, en sus posibles extensiones, “prisión”, “dependencia”, “rigidez” o, incluso, “recato”.

Pero suponer que la libertad y el orden son incompatibles es participar, de algún modo, de esas prácticas torticeras de los gobiernos de turno que arrojan sobre cualquier expresión de libertad leyes de conveniencia, amparándose en hipotéticos consensos sociales, o porras y togas, parapetándose tras el arcano “Dura lex sed lex”... Sí, la ley es dura pero es la ley que conviene a los amos del mundo para que sus testaferros políticos impongan su orden. Aunque, claro, la alternativa en la política realmente existente de cada día es casi peor: entender la libertad como la posibilidad de tomar una cañita en una terraza al final de la jornada (por mucha pandemia que haya) señala, ni más ni menos, a la posibilidad de cada cual haga lo que le dé la gana con sus recursos (vamos una generalización pedestre y mercantilista del “quien pueda hacer que haga”)… Y eso, a la mucha gente que vive al límite, carente de recursos, la precipita (como bien se ha visto) directamente hacia su final. Así que, ante tantos lugares comunes sospechosos, convendría convertir en sospecha el viejo lema francorrevolucionario: ¿liberqué?, ¿igualquién?, ¿fraternicuándo?...

DdA, XXII/6400

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