No dejen de leer este texto, escrito desde el lugar de la tragedia, sobre todo si se siente el lector un tanto asqueado ante lo que la autora denuncia: "Venimos de lejos guardando el luto y la fuerza, escribe Grisel Marroquí,; sabemos lo que es el rugido de las aguas desde la tragedia del río El Limón en 1987, cuando la corriente devoró vidas en Aragua, y la furia de la naturaleza en la vaguada del 99, cuando la montaña se tragó a Vargas y tuvimos que refundar la vida sobre el lodo de la costa. Sabemos lo que es la asfixia: resistimos la hambruna del año 2015, cuando pretendieron vaciarnos los platos de comida para doblegarnos el estómago ignorando que el hambre de libertad de este pueblo no se apaga con decretos ni se rinde ante el asedio. Sabemos de la amenaza imperial y del zarpazo genocida del 3 de enero, una afrenta criminal que pretendió violar nuestra soberanía y enlutó el corazón de la patria. Que sepa el imperio que la soberanía nacional no se negocia ni se entrega. Somos herederos de Bolívar, de ese Simón glorioso que ante el polvo y el escombro de 1812 nos dejó un mandato eterno. ”Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
Grisel Marroquí
Hoy, cuando se cumplen ocho días de la tragedia que nos convoca, les escribo desde el epicentro del dolor, donde la tierra aún cruje y el aire huele a polvo, a pérdida y a luto. Les escribo a ustedes, los que detrás de una pantalla han convertido la desgracia de un pueblo en un carnaval de desprecio. Hoy quiero enumerar, con profunda indignación, las heridas que sus palabras y sus acciones le infligen a la condición humana en medio de este desastre:
Primero: Los videos del odio digital. Esos registros infames donde se graba el dolor ajeno, el desplome de un hogar o el llanto de una familia, no para clamar por ayuda, sino para acompañarlo de comentarios burlones, de festejos macabros y de una deshumanización que asusta. Han convertido la tragedia en contenido para saciar su propio veneno.
Segundo: Las burlas selectivas ante la muerte. Pretender que el dolor de una pérdida tiene color político es la mayor muestra de indigencia espiritual. La muerte no pide carnet, el escombro no selecciona ideologías y el frío de la Parca es el mismo para todos. Burlarse de los muertos de los urbanismos humildes es un acto de cobardía que les arranca cualquier vestigio de humanidad.
Tercero: Los reclamos innecesarios e inoportunos. En el momento en que los vecinos intentan rescatar lo poco que les queda o buscan desesperadamente a sus familiares a tientas, ustedes aparecen con reproches políticos vacíos, sentencias soberbias y juicios de valor desde la comodidad de la distancia. No construyen, no ayudan, solo ensucian el silencio del luto.
Cuarto: Las ofensas directas a la dignidad de las víctimas. Tratar a los afectados con desprecio, tildarlos con adjetivos degradantes y sugerir que "merecen" la desgracia por sus convicciones, es una bajeza que no tiene justificación alguna. El dolor del hermano es sagrado y se respeta.
Quinto: El periodismo de carroña desde el exilio. Siento una profunda y absoluta vergüenza de que quienes hoy nutren sus programas asquerosos e infernales con nuestras ruinas se llamen mis colegas. Esquinas de pantalla encendidas para devorar nuestro dolor, mercantilizando la carne pisada entre el cemento y las cabillas de los edificios derrumbados. Es una infamia profesional transmitir desde la distancia segura, usando el polvo de los sitios destruidos y los gritos de auxilio de nuestra gente como el libreto de su propio espectáculo mediático.
Sexto: La hipocresía del análisis cómodo ante el asedio. Se desbocan criticando al gobierno, señalando las grietas y las carencias con el dedo inquisidor de la soberbia, pero guardan un silencio cómplice ante la verdadera raíz de nuestro estrangulamiento. Nuestra debacle viene desde las medidas coercitivas unilaterales, desde ese imperio devastador de conciencias, imperio genocida, colonialista y ecocida, que lleva años bloqueando el aire, el cemento, el hierro, los alimentos, la salud y los recursos de este pueblo. El cinismo de sus “análisis” es tan destructor como el sismo mismo: pretenden que olvidemos quiénes nos asfixian mientras nos exigen que corramos sin oxígeno.
Séptimo: El contraste de la luz y la solidaridad inquebrantable. Mientras los mercaderes del dolor teclean insultos desde el extranjero —y también desde Venezuela, su propia tierra—, la verdad se levanta sobre las ruinas con el uniforme de nuestros equipos de rescate. Frente a tanta miseria mediática, hombres y mujeres que desafían el peligro de las réplicas, con las manos rotas de tanto remover escombros, no preguntan por ideologías cuando escuchan un lamento bajo las moles de concreto. A ellos se suma el abrazo fraterno de los rescatistas internacionales; pueblos hermanos que no vacilaron en cruzar fronteras para traernos su aliento, herramientas y experticia en las horas más oscuras. En el terreno, todos ellos —propios y ajenos— demuestran lo que verdaderamente significa la condición humana: arriesgar la vida para salvar la de un desconocido. Esa es la respuesta más contundente al imperio y a sus coristas; el barro en sus botas vale más que todas las pantallas del odio.
Octavo: La mano herida del propio pueblo. Se les olvida mirar la grandeza de la gente común, el poder de la comunidad organizada que no espera instrucciones para salvarse entre sí. Mientras los laboratorios del odio teorizan en las redes, en los callejones son los mismos vecinos quienes comparten el agua, cuidan los hijos del ausente y levantan al herido.
Noveno: La lección de nobleza frente a la indigencia humana (El símil). Resulta una ironía conmovedora ver a los perros rescatistas hundir sus hocicos entre el polvo, arriesgando sus patas entre los hierros retorcidos, guiados únicamente por el instinto puro de salvar una vida, sin importarles quién está abajo. Esos animales demuestran una nobleza y una empatía que ya quisieran tener estos seres desalmados. Mientras un perro rasga la tierra con desesperación para rescatar un hálito de vida, los miserables del teclado usan sus uñas solo para raspar la herida, destilar veneno y celebrar la muerte. Qué inmensa lección de humanidad nos dan los “narices”, y qué profunda degradación muestran aquellos que, teniendo uso de razón, actúan con más saña y menos alma que cualquier criatura de la tierra. Nuestra coraza es la memoria.
A quienes pretenden quebrarnos con su desprecio, les recordamos que este suelo tiene la piel curtida y memoria larga. No saben de qué madera estamos hechos. Olvidan que venimos de resistir los embates más oscuros y que ya sabemos levantar el alma desde el fango y las sacudidas de la tierra.
Sabemos de sismos porque nuestra memoria guarda el crujido del terremoto del 67, que nos enseñó lo frágil que es el concreto en la noche de Caracas, y la fractura del terremoto de Cariaco en el 97, que nos dejó las escuelas caídas y el llanto en el oriente de la patria.
Venimos de lejos guardando el luto y la fuerza; sabemos lo que es el rugido de las aguas desde la tragedia del río El Limón en 1987, cuando la corriente devoró vidas en Aragua, y la furia de la naturaleza en la vaguada del 99, cuando la montaña se tragó a Vargas y tuvimos que refundar la vida sobre el lodo de la costa.
Sabemos lo que es la asfixia: resistimos la hambruna del año 2015, cuando pretendieron vaciarnos los platos de comida para doblegarnos el estómago ignorando que el hambre de libertad de este pueblo no se apaga con decretos ni se rinde ante el asedio.
Sabemos de la amenaza imperial y del zarpazo genocida del 3 de enero, una afrenta criminal que pretendió violar nuestra soberanía y enlutó el corazón de la patria. Que sepa el imperio que la soberanía nacional no se negocia ni se entrega. Somos herederos de Bolívar, de ese Simón glorioso que ante el polvo y el escombro de 1812 nos dejó un mandato eterno. ”Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
Sabemos del miedo y del encierro, porque transitamos la incertidumbre de la pandemia, cuidándonos en colectivo, cuando países del llamado primer mundo incrementaban, desgraciadamente, su número de víctimas.
Cada golpe nos ha dejado cicatrices, pero ninguna ha podido apagar la terquedad de este pueblo. El escombro material que hoy nos duele no es el primero que nos toca ver, ni será el que nos deje de rodillas.
Guarden su silencio si no van a arrimar el hombro, apaguen sus cámaras si solo buscan alimentar el morbo. Venezuela y su gente están de luto, sí, pero de pie, limpiándose el polvo con manos soberanas. La historia recordará la infamia de sus palabras, pero también la terca dignidad de un pueblo que sabe reconstruirse desde las cenizas".
DdA, XXII/6395

No hay comentarios:
Publicar un comentario