España levantó la copa con talento, hielo en las venas y la cabeza erguida, firme ante la podredumbre de un rival que le dio la espalda durante la entrega.
Quedó la copa en manos españolas, Paredes atrapado en su caricatura de matón, Messi alejándose con la cabeza gacha, entre lágrimas, como Scaloni, y el vestuario argentino todavía oliendo a lo que ninguna victoria o copa logra lavar: mierda moral. Y todo esto me pone muy triste
Carlos G. Pranger
Argentina (hablo de la selección de fútbol y no de un país) tiró la final sobre el mostrador avinagrado de un bar de la A92, hecha un trapo grasiento y descolorido. Patético. Entraba la derrota en las quinielas, es cierto, aunque el revolcón en la basura existió por pura voluntad. Hacer el jabalí (los puercos me perdonarán) fue una decisión. Ese retrato terminó siendo exhibido en directo ante todo el planeta. España opuso fútbol, pulso firme y cabeza fría. Argentina prefirió repartir tarascadas, cocotazos, saliva y el matonismo de la última copa en la discoteca del pueblo.
El partido murió ahogado entre empujones y gestos de barra brava.
A menos fútbol, más barro. Y eso lo permitió el árbitro.
El orgullo argentino terminó por convertirse en una incapacidad para aceptar la derrota. Convirtieron el fracaso en gresca. Leandro Paredes encarnó la peste. Desde que pisó el campo —Scaloni lo sabía— ejerció de matón: entradas destempladas, codazos a escondidas, insultos al oído, la sonrisa del acomplejado que busca la bronca para tapar que no distingue que el balón es redondo. Una masculinidad de saldo, podrida de resentimiento.
A su alrededor, la cuadrilla aceptó el barro, encabezada por Otamendi —del origen de su apellido mejor callo y pienso en el ejemplo de Oyarzabal—, y se amontonó para encararse, para morder, para arañar en una agonía patética. Ganar admite imposturas; perder muestra la educación de un equipo. En esa prueba, Argentina quedó desnuda. Y en el centro de la quema permanecía Lionel Messi.
El tipo asistió al naufragio con las manos en los bolsillos.
Su adiós exigía otra dignidad. Acabó envuelto en cocotazos, empujones y aspavientos. En el momento exacto de exigir autoridad, Messi eligió la cueva. Es un genio con la pelota en los pies y un tullido cuando el juego pide liderazgo moral. Anticipa espacios invisibles, resuelve en un milisegundo las jugadas más complejas; no obstante, frente al colapso, prefiere la mudez. Aquel silencio escondía la más pura cobardía.
Mantuvo el mentón hundido en el pecho, los brazos caídos, la mirada fija en el césped manchado. Omitió las órdenes a los suyos, esquivó frenar la jauría, ahogó cualquier palabra capaz de salvar el honor de la camiseta. Eligió el rol de Tiresias. Compartió vestuario con Carles Puyol durante una larga década. Puyol mandaba con el pecho, pese a su cortina de rizos, con la garra, con un berrido a tiempo que frenaba al compañero irrespetuoso, que defendía la camiseta enfrentándose a los suyos si rebasaban la dignidad. Jamás habría permitido lo de ayer. Messi absorbió los títulos e ignoró la lección.
Domina la pelota; la habitación le resulta enorme.
Slavko Vinčić ejerció de cómplice. Llegó tarde a cada hachazo. Anuló goles legales. Permitió la pudrición del partido entre pechazos, amenazas y saliva. Un árbitro existe para imponer orden; el esloveno prefirió esconderse tras el silbato, temblando ante la jauría que él mismo había soltado. Dejó la final a la intemperie. La autoridad le desbordó por completo.
¿Cómo elige la FIFA a un árbitro así, con sus “problemas” legales pasados? Pensándolo bien, es solo el reflejo del mundo de los sabinianos de turno que tanto padecemos: falta de escrúpulos y rapiña en la moqueta. Porque en la moqueta del palco los carroñeros buscaban su tajada. Donald Trump inflaba el tórax entre los focos, convirtiendo la violencia del césped en un circo. La política recurre al fútbol para legitimar su autoridad: el opio del pueblo. La sombra del ausente Javier Milei también flotaba sobre la escena, usando al equipo como salvavidas de su gestión. Ante el desastre social, el poder se agazapa en el vestuario y rapiña la emoción para convertirla en propaganda.
España levantó la copa con talento, hielo en las venas y la cabeza erguida, firme ante la podredumbre de un rival que le dio la espalda durante la entrega.
Quedó la copa en manos españolas, Paredes atrapado en su caricatura de matón, Messi alejándose con la cabeza gacha, entre lágrimas, como Scaloni, y el vestuario argentino todavía oliendo a lo que ninguna victoria o copa logra lavar: mierda moral.
Y todo esto me pone muy triste.
DdA, XXII/6412

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