José Ignacio Fernández del Castro
«Dos de los bebés de mi muestra, Paulo y William, están en los grupos de apego seguro. Sin embargo, el pronóstico sobre su salud mental difiere si uno lo juzga desde la conducta de la madre hacia los otros hijos de la familia, y la respuesta de éstos hacia ella. La madre de William reparte su tiempo y afecto entre todos sus hijos. La madre de Paulo dedica su atención mayoritariamente al bebé lo cual hace sentirse abandonados y rechazados a los hijos. Quizás esto ilustra una causa por la cual la relación entre el apego del infante y la salud mental futura no es muy simple.»
Mary Dinsmore Saslter AINSWORTH (Glendale, Ohio, Estados Unidos, 1 de diciembre de 1913 – Charlottesville, Virginia, 21 de marzo de 1999): “The development of infant-mother interaction among the Ganda” en
Determinants of Infant Behavior, editado por B.M. Foss (1963).
Por mucho que sea el bienestar sentido en un momento y mucha la seguridad y la cohesión que nos hayan facilitado instituciones y personas, eso no significa nada de cara al mañana... Las figuras de apego y las sensaciones de ventura son tornadizas; es más, el mayor apego y la más nítida percepción de comodidad se vuelven, ante eventuales distancias reales o imaginadas, en desafecto (incluso, con cierta frecuencia, en odio) y malestar insoportable… De ahí el refrán (que, como todos y más allá de sus excesivas generalizaciones, tiene un fuerte componente de cotidianidad empírica), «no hay peor cuña que la del pmismo palo».
Ayer mismo, como quien dice, quienes representaban sus papeles de testaferros y valedores del poder económico real nos prometían bienestar eterno y creaban las condiciones para hacernos creer que nunca viviríamos “por encima de nuestras posibilidades”, porque su papel político era extender esas posibilidades hasta el infinito... Nos ofrecían la mayor cohesión social en el mejor de los mundos posibles y hasta, si se les forzaba un poco, se mostraban en disposición de rellenar la brecha entre el mundo rico y el mísero como habían derribado el muro que separaba al Este del Oeste.
Pero llegaron la sucesión de crisis/estafas que nos vienen sacudiendo (de la financiera a la geopolítica/bélica, pasando por la pandemia o los casi continuos desastres ecoclimáticos) desde la segunda mitad de la primera década del tercer milenio. Y a día de hoy los “eternos bienestares” y la articulación de una “creciente equidad global” están y los sentimos cada día más lejos, mientras ahora nos acusan de haber sido nosotros miesmos quienes “libremente” fuimos decidiendo “vivir por encima de nuestras posibilidades”… Y convierten aquellas promesas en viejas ensoñaciones “woke”, gastadas esperanzas que sólo pueden dejarnos varados entre la nostalgia y la melancolía.
Pero uno, como el Roberto Cantoral de La barca (1957), “no concibe la razón de que la distancia sea el olvido”. Y recuerda... Recuerda esos bancos que sustituyeron sus especialistas estructurales en evaluación de riesgos por agentes comerciales a comisión por hipotecas firmadas; recuerda esa casta política ufana haciendo gala de un crecimiento económico centrado en la burbuja inmobiliaria; recuerda esos medios de comunicación hablando del consumismo como la panacea del desarrollo eterno de toda sociedad; recuerda a ciertas personas con cargo y mando en plaza poniendo por delante la permanencia del negocio de la vida que quienes ya tenían poca vida; recuerda otras personas con cargo (que bien podrían ser las mismas) lavándose las manos ante “desastres naturales” (agua o fuego) después de haber reducido al mínimo (o incluso a la nada) cualquier plan de previsión y equipamiento para contingencias; recuerda las continuas y flagrantes violaciones de cualquier atisbo de derecho internacional por quienes, respaldados por los amos del mundo, invaden, bombardean en nombre de la paz y ocupan otros territorios (que, curiosamente, suelen tener recursos naturales de su interés)...
Resulta más evidente cada día que esa casta política que tanto “podía prometer y prometía” quiere más a sus amos (sus multinacionales, sus intermediarios, sus bancos, sus voceros) que a su pueblo... De hecho, detrae continuamente las migajas postreras de atención o afecto potencialmente dirigidas a éste para volcarlas generosamente sobre aquéllos.
Así que, a medida que la cohesión social y el bienestar común saltan por los aires, su relación con las actitudes futuras de la población se torna más compleja y problemática... Y la “salud mental colectiva” está en peligro. ¡Que no nos dejen la cabeza llena con los cadáveres de los pájaros que un día cantaban en ella!.
DdA, XXII/6373

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