martes, 9 de junio de 2026

DETRÁS DE ESE EMPUJÓN, EL MISMO ODIO, LA MISMA MISERIA MORAL E INTELECTUAL


Detrás de ese empujón a una profesora jubilada y solidaria con sus compañeros en las calles de Valencia, de esa violencia, de ese desprecio, se encuentran el mismo odio y la misma sinrazón que condenó a este país a la miseria moral, intelectual y económica durante siglos. Y ya ni siquiera hacen el esfuerzo de disimularlo.

Silvia Cosio

A mi abuelo Benigno el fascismo le robó un hermano durante la Guerra Civil y después le dejó sin escuela. Porque un día los matones de la Falange sacaron a todos los chiquillos de clase y les obligaron a ver cómo fusilaban a sus padres, hermanos, amigos y vecinos, y también a su maestro. Al día siguiente, el maestro asesinado fue sustituido por un cura, pero apenas un par de chicos habían regresado a aquella escuela. El resto, entre ellos mi abuelo Benigno, se tuvieron que poner a trabajar. Y todo volvió a ser como Dios manda: volvió el hambre, el analfabetismo, la superstición, el miedo y la miseria.

Pero mi abuelo Benigno nunca se olvidó de aquella terrible mañana ni de la lección empapada en sangre y envuelta en balas que el fascismo le quiso enseñar. Solo que la aprendió de manera distinta a como aquellos asesinos pretendían. Porque a mi abuelo le robaron la escuela, le cambiaron los libros por los crucifijos y le quisieron obligar a agachar la cabeza, pero él llenó su casa de palabras, leyó teatro clásico, tebeos, novelas del Oeste, enciclopedias y cualquier cosa que cayera en sus manos y no pisó una iglesia, salvo cuando se casó su hijo. Además, todos sus descendientes hemos ido a la Universidad –pública–. Una bofetada en los morros al atrasismo y a los cantos a la muerte del franquismo.

Porque, aunque las élites franquistas lograron mantener prácticamente todo el poder –el simbólico, el político, el económico y el institucional– que usurparon en el 39, tuvieron también que hacer algún pequeño sacrificio a cambio, aunque solo fuera para disimular. Y entre las cosas que se dejaron quitar estaba la educación, cuyo monopolio se le arrebató a la Iglesia para regresar a manos del Estado. Y esto es algo que todavía no nos han perdonado.

Esta guerra de las derechas contra la educación pública no fue solo cosa del franquismo, sino que hunde sus raíces en el odio histórico de las élites españolas hacia el conocimiento y la razón. Es un desprecio y una obsesión que podemos rastrear desde la Contrarreforma hasta nuestros días. Un odio atávico, como primitiva es también su propensión a los golpes de Estado y los alzamientos. Bien sea vestidos de uniforme y sotanas o con togas, las derechas españolas siempre han estado –y siguen– estando dispuestas a acabar con todo –y con todos– para recuperar el poder, para recobrar aquello que creen que es suyo por derecho propio. Y por eso les sobra la educación. Y por eso también temen y detestan la escuela pública y laica. Porque es una institución que no  pueden controlar. Así que han decidido ahogarla.

Los conciertos educativos han sido la punta de lanza de la incansable ofensiva reaccionaria contra la escuela pública desde la Transición. Una gota malaya que ha ido socavando sus pilares y parasitando su financiación con la excusa de la libertad, carajo, ese escudo tras el que se protegen los liquidadores y saqueadores del Estado de bienestar. Los mismos que nos piden sacrificios mientras aumenta la brecha de la desigualdad y se llenan los bolsillos de dinero público.

Sin embargo, tras la guerra contra la escuela pública no se esconde, como ocurre con la sanidad, el ansia de hacer solo negocio. Porque con su desmantelamiento se busca liquidar su poder simbólico, pues la escuela pública es ya la única herramienta que nos queda para combatir la desigualdad y la sinrazón. Y por eso van a por ella y a por todos los que la sostienen: profesorado, familias y alumnado. Todos estos años de bombardeo propagandístico contra el oficio de enseñante, todas las estupideces y mentiras sobre la calidad de la enseñanza pública, sobre el supuesto pésimo  nivel de su alumnado tenían un único propósito: desmantelar el sistema de enseñanza público para entregarlo a manos de la Iglesia y las empresas. Convertir de nuevo la educación en un sistema de dos velocidades donde el dinero y los privilegios tengan más peso que el conocimiento.

Los mismos que sacaron a rastras a mi abuelo Benigno de su escuela y le dieron una lección manchada en sangre –una lección que ni él ni todos los suyos hemos olvidado nunca–, los mismos que odiaban a los maestros y las maestras republicanos y los condenaron a muerte porque para ellos su oficio y su culpa eran la misma: entregar la educación, las palabras, la Razón y la belleza al pueblo, son los abuelos de los que hoy jalean a la policía que apalea maestras en huelga, que las empuja por la espalda y les revienta cobardemente la cara contra el asfalto. Porque detrás de ese empujón, de esa violencia, de ese desprecio, se encuentran el mismo odio y la misma sinrazón que condenó a este país a la miseria moral, intelectual y económica durante siglos. Y ya ni siquiera hacen el esfuerzo de disimularlo.

CTXT  DdA, XXII/6372

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