Como aprendiz de trovador de la verdad profunda, como sabio que ha vivido en el monstruo y que ausculta la ética de los imperios, lo digo sin ambages: esto no es una disputa. Es un crimen de lesa humanidad cometido en cámara lenta, una tortura psicológica masiva donde el potro es la vida cotidiana. Hoy tengo el puño lleno de versos y los ojos llenos de lágrimas de rabia, les grito a esos ingenieros del caos que el humilde pueblo que intentan matar es el mismo que le enseñará al mundo que se puede vivir, crear y amar bajo un bloqueo inmoral.
Raulito Torres/Aquí en La Habana
Es esa forma de terrorismo que no necesita explosivos. Se ejerce con la tinta fría de un memorándum, con la firma temblorosa de un funcionario que, desde su oficina con aire acondicionado, decide quién come y quién no, quién respira y quién se asfixia en la penumbra de un apagón. Lo llaman “sanciones”, lo visten de política exterior, le ponen corbata y lenguaje jurídico. Pero su nombre verdadero, desnudo ante la conciencia de la humanidad, es genocidio. Un genocidio lento, gota a gota, diseñado para no dejar huellas dactilares pero sí cadáveres.
Y en el centro de esta maquinaria de asfixia se sienta ahora, como un dios menor y vengativo, Marco Rubio. Hay que observarlo bien: hijo de quienes huyeron de una isla, hoy empuña contra esa misma isla el látigo del verdugo. Es la encarnación más retorcida del síndrome de Estocolmo histórico: besar la bota que patea el suelo del que vienes. Rubio, con su sonrisa de depredador de cocteles, no solo firma decretos; firma sentencias de hambre. Cierra grifos de remesas con la misma fruición con la que un pirómano observa el fuego. Sabe que cada hotel cerrado, tarjetas bancarias y dólar bloqueado es un abuelo que no compra su medicina, una madre que revuelve agua con polvo y le llama “leche” a la desesperación. Lo sabe, y aun así, duerme tranquilo.
Miren las últimas medidas, las más recientes. No son simples restricciones administrativas: son la ingeniería social del sufrimiento perfeccionada. Es la orden ejecutiva que estrangula los envíos de combustible, condenando a un quirófano a la oscuridad en mitad de una cirugía. Es el acoso a las navieras que transportan petróleo y alimentos, pintándolas de criminales para que el miedo congele la solidaridad. Es la inclusión en la lista de “Estados patrocinadores del terrorismo”, una mentira tan cruel y cínica que sirve como pretexto legal para aislar, multar y perseguir a cualquiera que ose tender un puente de pan hacia la isla. Han creado un terrorismo burocrático para combatir el delito de la resistencia.
Y todo esto con un ensañamiento que ya no es ni político, es casi teológico. Es el odio del hereje contra el dogma al que renunció por ignorancia, la furia del converso. Rubio y sus secuaces no quieren siquiera un “cambio de régimen”; lo que desean, en su enanismo geopolítico, es la humillación del alma cubana, verla arrodillada pidiendo clemencia. Quieren matar de penurias la alegría, desconectar los ventiladores del trópico para que el calor derrita también la esperanza. Quieren que el cubano se avergüence de haber sobrevivido a más de 60 años de bloqueo con dignidad.
Pero no entienden nada de la física del espíritu. Olvidan que el hambre, cuando es infligida desde la soberbia imperial, no doblega: siembra una rebeldía mineral que se transmite en los genes. No han entendido la poesía de un pueblo que aprendió a hacer milagros con la nada, a convertir una chatarra en cosecha y la carencia en una canción de esperanza. No saben, en su mediocridad moral, que están labrando sus propios nombres en el mármol de la infamia, donde ya residen otros tristes artífices del dolor humano.
Como aprendiz de trovador de la verdad profunda, como sabio que ha vivido en el monstruo y que ausculta la ética de los imperios, lo digo sin ambages: esto no es una disputa. Es un crimen de lesa humanidad cometido en cámara lenta, una tortura psicológica masiva donde el potro es la vida cotidiana. Hoy tengo el puño lleno de versos y los ojos llenos de lágrimas de rabia, les grito a esos ingenieros del caos que el humilde pueblo que intentan matar es el mismo que le enseñará al mundo que se puede vivir, crear y amar bajo un bloqueo inmoral.
Pasarán ustedes, burócratas del sufrimiento, con sus comunicados y sus vanidades de senador. Se los tragará el olvido o, peor, la historia los recordará como lo que son: los herederos de Caín, pero sin la fuerza de su alfanje, solo con la cobardía del que mata con un formulario. Mientras, Cuba, pobre pero limpia, oscura pero luminosa, hambrienta pero jamás derrotada, seguirá siendo la prueba viviente de que hay una dignidad humana que ningún decreto puede ilegalizar.
Y cuando las luces se enciendan de nuevo, los aplausos no serán para ustedes. Serán para los que resisten, para los que bailan en la penumbra, para los que inventan el futuro con las manos desnudas. La vida, siempre la vida, se vengará de sus verdugos floreciendo entre las ruinas que ustedes torpemente sembraron...
Mi abrazo extenso y mis lágrimas sobre el hombro de mi amado, humilde y valiente PUEBLO CUBANO!
DdA, XXII/6367

No hay comentarios:
Publicar un comentario