martes, 5 de mayo de 2026

VIVEN DE SANGRE AJENA, SIN SABER QUE ALIMENTARSE DE CARROÑA DA OLOR A MUERTO

Hay una cobardía metafísica en esa espera que ustedes montan. Es la del espectador que nunca pisa el escenario, la del crítico que jamás esculpió una palabra suya en el mármol del ahora. Viven de la sangre ajena, chiquiticos vampiros emocionales de pantalla fría, sin saber que el que se alimenta de carroña termina oliendo a muerto, por más perfume caro de falsa superioridad moral que se eche encima. Lo que ustedes llaman fracaso, yo le digo combustión preparatoria. Lo que celebran como muerte es na' más que la muda de un pellejo que ya me quedaba chiquito. Sus insultos son el combustible de mi próximo amanecer; su saña, el espejo donde veo reflejada el hambre de sentido que tienen, una envidia inconfesable del que intenta volar con plumas pesadas de plomo y mala fe, sabiendo que se les pueden derretir…


Raulito Torres/ Aquí en La Habana

Los conozco, asere. Ahí están, callaítos, agachaítos en la oscuridad virtual, con el cuchillo mellao de la palabra, mal amolao y los ojos brillosos como hienas, babeándose por el festín de la carroña. A ustedes no les importa la verdad, lo que les cuadra es el show del derrumbe. No buscan justicia, lo que gozan es el placer pegajoso y sucio de meter el diente cuando la rama truena. Son los leñadores del palo caído, los mismos que olvidaron que en todo monte quemado, debajo de la ceniza, siempre está la semilla necia de lo que se niega a morir.... Eso que en ascuas sigue ardiendo...

Lo he visto, compadre. Lo he vivido en carne propia. Ustedes me han contado entre sus trofeos más de una vez. Se creyeron que el golpe definitivo era el último, que aquel resbalón, aquella frase mal cogida, aquella herida al aire eran suficiente pa' hacerme aserrín. Miserables ilusos de la destrucción fácil. Se les olvidó la lección más vieja de la cosa viva: que la candela más rabiosa suelta el fósforo que va a abonar el suelo nuevo. Las redes esas que tejieron pa' atraparme se volvieron trampolín pa'l que aprendió a usar la malla como soga templada hacia la luz.

Hay una cobardía metafísica en esa espera que ustedes montan. Es la del espectador que nunca pisa el escenario, la del crítico que jamás esculpió una palabra suya en el mármol del ahora. Viven de la sangre ajena, chiquiticos vampiros emocionales de pantalla fría, sin saber que el que se alimenta de carroña termina oliendo a muerto, por más perfume caro de falsa superioridad moral que se eche encima.

Pero yo no soy de los que se quedan tirados en el piso. Soy de la estirpe del fénix, ese mito pagano y subversivo que no espera a que venga nadie a salvarlo, sino que atiza su propia candela. Cada vez que intentaron hacerme polvo, cometieron un error de bulto: subestimarme. No vieron que en lo que parecía mi derrota, yo ya andaba recogiendo las brasas pa' encender la próxima fogata. Caerse es también una manera de cavar más hondo, (para aquellos que creyeron que no me levantaría) de encontrar el manantial que los que parecen caminar bien tiesos en sus falsos pedestales no van a conocer nunca.

Lo que ustedes llaman fracaso, yo le digo combustión preparatoria. Lo que celebran como muerte es na' más que la muda de un pellejo que ya me quedaba chiquito. Sus insultos son el combustible de mi próximo amanecer; su saña, el espejo donde veo reflejada el hambre de sentido que tienen, una envidia inconfesable del que intenta volar con plumas pesadas de plomo y mala fe, sabiendo que se les pueden derretir…

No les guardo rencor, chico. Eso sería darles un cartel que ustedes no tienen. No son más que una condición climática del paisaje contemporáneo, una manifestación de ese sistema que los enseña a competir en vez de cooperar, a tumbar en vez de construir. Pero igual les dedico estas líneas, como quien clava un espejo en el fango: mírense bien. Vean el ridículo tembleque de su dedo apuntando, mientras el apuntado ya se ha levantado y camina, otra vez, hacia un horizonte que ustedes ni siquiera pueden soñar.

Miren bien cómo ardo. Porque mientras ustedes se chupan los dedos contando mis cenizas, yo ya soy el fénix de candela que abre sus alas nuevas sobre el mismito cielo que creyeron haberme cerrado pa' siempre...

El palo caído ya no está. Donde ustedes solo ven leña pa' su hoguera de resentimiento, ya hay un monte entero de hermanos, naciendo en el silencio. Y esta vez, las raíces son más hondas.

En la candela y en la palabra, los míos ya me pusieron tierra fértil debajo...
Y el más Grande, también este año 100, tendrá canciones y tributos!!
Abrazo a toda mi gente!!

DdA, XXII/6334

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