Félix Población
Es muy probable que el nonagenario actor Nemesio Lavilla (también conocido artísticamente como Pedro Luis Lavilla), a quien tuve oportunidad de saludar este pasado verano con motivo de sus habituales estancias en Gijón durante el periodo estival, tenga conocimiento de la valiosa adquisición por parte del Museo Casa Natal de Jovellanos de una obra pictórica de quien fue su abuelo, Nemesio Lavilla Vicchi (1860-1946). Fue El Neme, como también se le conoce en Gijón, quien hace un par de años reivindicó la figura de este pintor gijonés, al que creo le sigue faltando una plaza, calle, centro cultural o colegio que lleve su nombre, tal como tienen otros pintores nacidos en aquella villa.
Años después del fallecimiento Lavilla Vicchi, no se si en su domicilio de la calle que llevaba entonces el nombre del general felón Aranda, en frente del Mercado del Sur, mi familia ocupó el piso superior al debió de ocupar Lavilla, una vez cumplidos los diez años de destierro de mi padre en Valencia. Compartimos allí la modesta vivienda que ocupaban desde los años treinta mis abuelos paternos. Tengo entendido -aunque no lo puedo asegurar- que mi abuela, peluquera de profesión, disputó como realquilada el tercer piso al pintor y que por favorecer a este, que aspiraba a una mayor luminosidad en las estancias, se lo cedió o hizo algún tipo de trato con Lavilla, pasando mis abuelos a residir en el piso superior, más modesto.
Nemesín, como le llamaba su afectuosa madre, desertaría de un brillante carrera universitaria en Madrid en los años cincuenta del pasado siglo el día que conoció a una jovencísima Sofia Loren en el rodaje de la película Orgullo y pasión, en la que el nieto del pintor gijonés hacía de extra a caballo. Este primer contacto con el cine determinará su posterior trayectoria como actor en papeles siempre secundarios. Es de resaltar que el actor Lavilla uniría su vida, a lo largo de cuarenta años, con una pintora francesa, Michelle Philittop, fallecida hace unos años, y a la que considera una persona fundamental en su vida.
Los datos biográficos que leemos en la información publicada recientemente por el diario El Comercio acerca de Nemesio Lavilla Vicchi son insuficientes para saber qué fue de sus pinturas, dado que en el Museo Casa Natal de Jovellanos sólo hay ocho cuadros, pero lo cierto es que su hijo Ramón y familia pasaron una posguerra con mayores estrecheces que las habituales de aquel tiempo, algo que, de haber sido valorada la obra del pintor, posiblemente no hubiese ocurrido.
Tampoco se nos dice en el texto del periódico la procedencia del último cuadro adquirido por el citado museo, pintado a finales del siglo XIX y en el que se advierten las primeras farolas de gas que iluminaron el callejero urbano, encendidas sobre los muros del llamado martillo de Capua, en la confluencia de esta calle con la calle Ezcurdia, una construcción que aún se mantiene en pie como uno de los edificios más antiguos de aquella villa. Algo en cierta medida insólito en el centro de una ciudad donde el desarrollismo, a partir de los años sesenta, acabó con un valioso patrimonio arquitectónico sin ninguna reserva ni miramiento.
El lienzo, de 46,5 por 90 centímetros, capta desde un emplazamiento próximo a La Escalerona actual una panorámica de la playa de San Lorenzo una noche en que la luna, entre las nubes, se refleja en el mar. La obra data de los años 1898 y 1899, según leemos, y su autor, al contrario que el excelente pintor de marinas Juan Martínez Abades, con el que compartió estudio en la calle San Bernardo, o sus discípulos Nicanor Piñole y Evaristo Valle, no procedía de la burguesía local sino de un padre que era lampistero en la fábrica del gas y una madre que trabajaba en Tabacalera, sita en el antiguo barrio de pescadores de Cimadevilla. Pudiera ser que esas primeras farolas de gas encendidas sobre los muros del viejo caserón proyectado por Rodolfo Ibáñez por encargo de Alejandro Alvargonzález, fueran un homenaje a su progenitor.
Cabe también la posibilidad de que las consecuencias de la guerra, sobre todo para los vencidos, hubieran tenido sus efectos en la conservación y valoración de las obras pintadas por Lavilla. Si no, es difícil entender las estrecheces en las que vivieron sus descendientes en el tercer piso de la calle General Aranda, casi a expensas de las donaciones de víveres y demás ayudas que les suministraban amigos y vecinos.
De niño, cuando me encontraba con Ramón Lavilla en la semioscura escalera del edificio que habitábamos, sentía una especie de temor y conmiseración por su persona. Con su barba de días y su boina negra, mal vestido, y en ocasiones con algún vino de más en su mellado aliento, su figura enteca y vacilante subiendo con torpeza los escalones de madera con un saco cargado al hombro y una tablas de madera bajo el brazo para calentar la casa, aquel hombre de no más de sesenta y pico o setenta y pocos años me parecía un anciano pedigüeño de los que por entonces había en torno a los atrios de las iglesias. Ramón decía que había dejado de trabajar al final de la guerra por no hacerlo para Franco, sin que me conste si era así porque perdió su empleo después del conflicto y consideró más tarde avalar con esa razón no recuperarlo, ni ese ni ningún otro*.
*Desconozco si el también pintor Ignacio Lavilla Nava (1895-1980), que formó parte como periodista de la redacción de dos periódicos asturianos, El Noroeste y Avance, diario socialista en este caso dirigido por Javier Bueno Bueno (fusilado por la dictadura en 1939), fue hijo de Nemesio Lavilla Vicchi o tenía algún parentesco con él. El caso es que Ignacio Lavilla Nava (1895-1980) sufrió dos exilios. El primero en Francia y Bégica, después de la Revolución de Octubre de 1934 (Avance fue el periódico que la alentó), y el segundo en México, una vez terminada la Guerra Civil, en donde falleció. La fotografía, con la que Janel Cuesta ilustró un artículo sobre el periodista y pintor, se publicó en el diario El Comercio y nos lo muestra sentado en el centro de la imagen, acompañado a su derecha por el pintor Nicanor Piñole. De pie, detrás de éste, aparece el periodista y director durante décadas de El Comercio Francisco Carantoña, que en los último años de vida de Piñole favoreció la revalorización de su obra a partir de una gran exposición que tuve oportunidad de ver en la Biblioteca Nacional. La instantánea data 1958.
DdA, XXII/6333


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