Las vibraciones que emite el pasado reaccionario son tóxicas, porque celebra todo aquello que como sociedad habíamos acordado rechazar: las guerras de agresión, el imperialismo, el despotismo, el racismo y la xenofobia. Celebrar historias reaccionarias y basadas en mitos solo sirve para construir sociedades reaccionarias y vulnerables al engaño. De hecho, está desempeñando ya un papel político clave. Por eso la batalla por el futuro se libra en el pasado.
Alfredo González Ruibal
El pasado parece un tiempo inútil. Frente al presente y el futuro que
concentran nuestras preocupaciones y nuestros esfuerzos de cambio, el pasado,
como su nombre indica, es lo que ya fue y, por lo tanto, lo que no podemos
transformar. Por eso probablemente la historia no ha ocupado un lugar central
en ningún programa político.
De hecho, en el pensamiento progresista se ha percibido con frecuencia como
una losa que pesa en el presente y de la que debemos librarnos o como un
refugio de reaccionarios que quieren perpetuar el statu quo. Esta actitud
antihistórica se transformó a partir de los años 60 del siglo XX, pero
nuevamente en clave negativa: la historia es importante como advertencia y
lugar de duelo, objeto de continua conmemoración melancólica.
Para quienes nos dedicamos al estudio del pasado, adoptar una posición
crítica ha significado habitualmente revelar cómo funcionan los discursos y
prácticas del poder, exponer injusticias y reivindicar a las víctimas y a los
grupos subalternos. Esta aproximación entiende la historia, como "lo que
duele, lo que rechaza el deseo" (en palabras de Fredric Jameson).
Frente a esta historia traumática y este lamento perpetuo, los
reaccionarios nos prometen la liberación de toda culpa y el disfrute del pasado
sin remordimientos. No un espacio de tristeza, sino de felicidad. Ni de duelo,
sino de exaltación: un compendio de hechos de los que sentirnos orgullosos. Y
de aquellos que no, la historia reaccionaria nos exonera de responsabilidad.
En un tiempo de crisis existencial -particularmente entre varones blancos
heterosexuales, pero no solo-, la historia en clave positiva se convierte en un
ejercicio de autoayuda. Nuestra vida puede parecernos un fracaso y el mundo que
nos rodea, incomprensible y amenazante, pero nos queda al menos pertenecer a la
estirpe de Hernán Cortés y Blas de Lezo. La historia es un espejo que nos
devuelve una imagen mejor de nosotros mismos. En nuestras vidas prosaicas y sin
resonancia (como diría el sociólogo Hartmut Rosa), la historia nos hace vibrar
de nuevo y parece cobrar sentido.
El problema es que las vibraciones que emite el pasado reaccionario son
tóxicas, porque celebra todo aquello que como sociedad habíamos acordado
rechazar: las guerras de agresión, el imperialismo, el despotismo, el racismo y
la xenofobia. Celebrar historias reaccionarias y basadas en mitos solo sirve
para construir sociedades reaccionarias y vulnerables al engaño. De hecho, está
desempeñando ya un papel político clave. Por eso la batalla por el futuro se
libra en el pasado.
Y estamos perdiendo la batalla en todos los frentes. No todo es culpa de
quienes nos dedicamos a investigar o enseñar historia. Es difícil combatir
contra algoritmos que fomentan la controversia y el negacionismo y contra un
aparato mediático (editoriales, redes sociales y medios tradicionales) que
presenta a los propagandistas reaccionarios como portavoces legítimos del
pasado frente a una academia que oculta o distorsiona la verdad. Me comentaba
una colega, profesora de universidad, que los estudiantes reclaman cada vez más
esa historia que considerábamos social y académicamente superada: la de los
grandes hombres y hechos de armas. No sorprende, porque los jóvenes consumen
propaganda reaccionaria disfrazada de divulgación histórica.
Podemos contarles otra visión del pasado -más ajustada a la realidad de los
documentos y por lo tanto más compleja y menos amable. Podemos escribir libros
desmitificadores -sobre la Reconquista, la conquista de América o la dictadura
de Franco (yo mismo lo he hecho). Pero no es suficiente. Nada de ello frenará
la ofensiva reaccionaria contra la historia.
Porque resulta difícil que el pasado melancólico pueda sustituir a una
historia en clave positiva. Como recordaba aquí
Pablo Batalla en relación a la Segunda República, es imposible
construir el futuro únicamente sobre el duelo. Aunque debemos recordar el
trauma y denunciar las injusticias históricas, no será el trauma y la denuncia
lo que nos haga vibrar. La historia no solo es lo que duele.
El gran reto para ganar la batalla por el pasado es construir historias en
positivo. Historias que no solo ayuden a entender mejor lo que ha sido, sino a
construir lo que será. Con esperanza.
PÚBLICO DdA, XXII/6360

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