domingo, 17 de mayo de 2026

CUBA: UN GENOCIDIO LENTO, SIN CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE ALAMBRE DE PÚA

El mundo asiste impávido a un experimento social que lleva décadas perfeccionándose: estrujar la vida de once millones de almas para ver cuánta desesperación es necesaria para hacerlas claudicar. Le llaman eufemismos, le maquillan con legajos leguleyos, pero su nombre verdadero es asfixia, esa asfixia cantada en voz baja por los verdugos de oficina. Es un genocidio lento y blanco, sin campos de concentración de alambre de púas, pero con el cerco invisible de la necesidad inducida. Y yo sueño con que callar no sea parte del negocio. El dolor del cubano es un producto financiero bruto: se invierte en él, se especula con su hambre, se subsidian disidencias de salón que viven de administrar la miseria que otros generan. 



Raulito Torres/Aquí en La Habana


Existe una fábrica tenebrosa que nunca duerme. No opera con acero ni cemento, sino con la intangible materia del sufrimiento humano. Es la gran destilería del desaliento, un laboratorio meticuloso donde se capitaliza el dolor de todo un pueblo, donde la angustia de una madre que no encuentra medicina para su hijo se cotiza como un bono geopolítico. Es la industria del cerco convertida en carroña.
Lo saben bien quienes se benefician del silencio. El mundo asiste impávido a un experimento social que lleva décadas perfeccionándose: estrujar la vida de once millones de almas para ver cuánta desesperación es necesaria para hacerlas claudicar. Le llaman eufemismos, le maquillan con legajos leguleyos, pero su nombre verdadero es asfixia, esa asfixia cantada en voz baja por los verdugos de oficina. Es un genocidio lento y blanco, sin campos de concentración de alambre de púas, pero con el cerco invisible de la necesidad inducida.
Y yo sueño con que callar no sea parte del negocio. El dolor del cubano es un producto financiero bruto: se invierte en él, se especula con su hambre, se subsidian disidencias de salón que viven de administrar la miseria que otros generan.
Y sin embargo, en medio de esta larga noche del hostigamiento, hay una paradoja que rompe la lógica del mercado: la generosidad irracional de la víctima. Nosotros, los habitantes de esa isla condenada al castigo eterno por el pecado de la soberanía, no conocemos el rencor estéril. Somos la nación absurda que, mientras le aprietan el cuello, extiende las manos para salvar al que pasa por delante.
Recórrase el atlas de las últimas décadas: ¿Dónde está la huella de Cuba cuando un huracán arrasa el Caribe, cuando un terremoto devasta Haití, Pakistán, Nepal o Turquía, cuando el Ébola amenazaba con devorar el África profunda? Ahí está, diminuta y colosal. No llegamos con la sobra, llegamos con lo que nos falta. Hemos practicado la solidaridad como un acto reflejo de la dignidad, donando recursos que no nos sobran porque sencillamente entendemos que el dolor ajeno no es una anécdota, sino un imperativo moral. Mientras los mercaderes del asedio intentan sembrar el egoísmo a través de la escasez, el cubano se multiplica partiéndose en pedazos para curar al mundo.
Esta generosidad no es virtud de un gobierno, es el carácter de un pueblo que es el gobierno legítimo, acaben de entender!... que ha hecho de la resistencia una obra de arte y de la solidaridad un músculo hipertrofiado. Pero esa misma nobleza ha sido secuestrada por la hipocresía global.
¡Basta ya de hipocresía, conciencia del mundo! Basta ya de este genocidio silencioso que se esconde tras los dígitos de una ley extraterritorial. No se mata solo con misiles; se mata con la indiferencia calculada, con la prohibición de un respirador, con la demora forzosa de una pieza de oncología. Se mata convirtiendo la mesa del pobre en un desierto para regocijo de los halcones.
Les convoco a escuchar la súplica de Sísifo en el Caribe. Rompan el silencio cómplice. El dolor no se ha de capitalizar, se combate.
Si algo hemos demostrado los cubanos, desde nuestra trinchera sitiada, es que la vida solo vale la pena si se entrega. Pero no estamos dispuestos a seguir siendo la ofrenda sacrificial de los poderosos en el altar de la indiferencia.
Mírennos a los ojos. Somos el mismo pueblo que curó a sus esclavistas cuando el huracán mató al odio. Somos los que compartimos la penuria para que otro viva. Exijo, como un grito telúrico nacido del Malecón y de la Sierra, que nos dejen vivir en paz. Cese ya la asfixia, cesen las sanciones del oprobio, o carguen para siempre con la vergüenza de haber subastado la compasión mientras nosotros, una vez más, compartíamos el poco pan que no teníamos para alimentar al mundo.

DdA, XXII/6347

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