Ana Cardo*
Lo que cuenta el periodista y fotógrafo palestino Khaled Alsabahh es que el padre pedalea por una ciudad en la que alguna vez se sintió el impulso de la vida. Debajo de las ruedas de la bicicleta está el polvo de los escombros y el silencio es más pesado que cualquier ruido. La niña cuya cabeza reposa herida en el hombro izquierdo de su padre fue víctima de uno más de los bombardeos israelí indiscriminado de artillería. No se trata, por lo tanto, de un paseo, sino de un trayecto entre la vida y la muerte. El cabello de la niña se balancea con el movimiento. No hay ambulancias que acudan con urgencia, ni sirenas que prometan un rescate. Los hospitales se han convertido en ruinas y la medicina es un sueño lejano. Todo está roto, cuenta Khaled: las paredes, los caminos, incluso el tiempo mismo. Pero el corazón de este padre no se ha roto. Sigue adelante y late, a pesar del agotamiento, a pesar del miedo, a pesar de que el camino puede no conducir a la seguridad. El se agarra al manillar como si sujetase el último hilo de esperanza y cada pedalada se describe en una frase: "No la dejaré ir...No dejaré que se escape". En los brazos del padre, la niña lleva no sólo su dolor, sino los fragmentos de un mundo que estaba destinado a ser más amable. El hombre, con toda su fragilidad humana, lucha de la única manera que puede, escribe Khaled: con una vieja bicicleta oxidada y un corazón que se niega rendirse. En una ciudad arrasada, hay algo que permanece intacto: el amor de un padre tratando de salvar a pequeña hija herida por la barbarie.
*Según el testimonio de Khaled Alsabahh.
DdA, XXII/6325

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