lunes, 27 de abril de 2026

CUANDO LAS PALABRAS Y HASTA EL AMOR SE ESCONDÍAN TRAS LAS PUERTAS



Paco Arenas

Palabras calladas
Hubo un tiempo en que los frutos de la tierra
se aventaban en las eras,
y las palabras se murmuraban apenas,
con los labios tensos,
los ojos vigilando las esquinas,
como si las piedras pudieran delatar
los pensamientos no pronunciados.
Entonces, no discutíamos de política...
Hubo un tiempo en que lo más extraño de otras tierras
era el forastero con su puesto en la plaza,
o el mozo del pueblo vecino
que osaba cortejar a una muchacha.
Se le arrojaba al pilón del pozo
si no pagaba la patente,
y si la pagaba... también.
Los negros eran cabezas de escayola
con ranura en el cogote,
los indios morían por miles
en televisores en blanco y negro.
Entonces, decíamos, no éramos racistas...
Hubo un tiempo en que hasta los ateos iban a misa,
se persignaban de rodillas,
como fieles de toda la vida,
y gritaban con fervor
al paso de la imagen de yeso o madera.
Con manos curtidas de campo
cargaban las andas
sobre hombros «pecadores».
Entonces, todos éramos católicos por...
¿la gracia de Dios?
Hubo un tiempo en que los enamorados
se besaban en la mejilla…
hasta después de casarse.
Los niños llegaban en alas de cigüeña,
algunos nacían a los seis, siete, u ocho meses
del «sí, quiero».
Otros, por obra del Espíritu Santo,
¡vaya por Dios!,
sin conocer varón,
o tras pasar por la sacristía…
de esos milagros, sé yo un par.
Y aunque parezca mentira,
también hubo un tiempo
en que los besos se daban en la calle
—de rodillas—
a la mano del cura,
con los ojos temblando de miedo
y la mirada fija en su otra mano,
por si llegaba un capón o una hostia…
no precisamente consagrada.
Así eran aquellos tiempos.
Hubo un tiempo en que el hombre del saco
era la Bella Durmiente,
y ningún niño le temía.
Pero si alguien susurraba:
«¡Que vienen los guardias!»,
niños y mayores
salíamos huyendo,
si podíamos y nos daba tiempo.
Los guardias repartían hostias como panes,
aunque no tuvieras hambre.
Si te pillaban por los caminos
con una cesta de higos de tu higuera,
de guindas de tu guindo
o de melones de tu propio melonar,
también la leña de tu monte…
por alguna ley secreta,
te lo quitaban todo.
Y si protestabas,
te llevabas leña de verdad,
y multa.
Entonces, la benemérita se hacía respetar.
Hubo un tiempo en que las palabras,
las penas, las ideas,
y hasta el amor
se escondían tras las puertas.
Y las palabras más bellas...
eran las que nunca se decían.
© Paco Arenas 20 de octubre de 2021
Palabras calladas es el poema que da nombre a mi último poemario, publicado en octubre de 2025.
Mi último libro es Las abarcas desiertas.

DdA, XXII/6327

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