miércoles, 18 de marzo de 2026

MÉXICO MORENA: LA TEORÍA NECESITA PONERSE A LA ALTURA DE LA REALIDAD

Muy interesante el artículo del firmante, profesor de la Universidad Latina de América, por lo que es recomendable leerlo en su integridad: ¿Está la izquierda ampliando derechos? ¿Está reduciendo desigualdades? ¿Está fortaleciendo lo público? ¿Está generando condiciones para que las personas dispongan de su tiempo de manera más libre? ¿Está construyendo poder social que permita sostener y profundizar esos cambios? Si la respuesta, aunque sea parcialmente, es sí, entonces tal vez el problema no es que la realidad no esté a la altura de la teoría, sino que la teoría necesita ponerse a la altura de la realidad.



Gerardo Flores Peña

Hay una forma particularmente cómoda de declararse de izquierda: no disputar el poder, sino custodiar una definición. No intervenir en la realidad, sino vigilar los límites de lo que se considera ideológicamente aceptable. En ese gesto —que se presenta como rigor, pero muchas veces es repliegue— aparece una sentencia cada vez más repetida: Morena no es izquierda. No lo es, dicen, porque no encarna una política abiertamente anticapitalista, porque no rompe con el orden global, porque no adopta una posición permanentemente confrontativa, porque no anuncia —ni ejecuta— una ruptura revolucionaria en los términos clásicos.
Pero si uno se detiene un momento en esa afirmación, lo primero que salta no es su radicalidad, sino su vacío. Porque cuando se pregunta qué significaría, en las condiciones actuales, esa izquierda “verdadera”, la respuesta se vuelve difusa. ¿Cuál es la estrategia concreta para disputar el poder? ¿Cómo se construyen las mayorías necesarias para sostener una transformación estructural? ¿Qué forma institucional adoptaría esa ruptura? ¿Cómo se resuelve la correlación de fuerzas, interna y externa, en un mundo donde los márgenes de soberanía están permanentemente tensionados por el capital financiero, las cadenas globales de valor y el poder militar de las grandes potencias?
Ahí, donde debería comenzar la política, suele comenzar el silencio. O, en el mejor de los casos, la apelación abstracta a la “lucha de clases”, como si nombrarla sustituyera la tarea de organizarla. Se invoca la revolución, pero no se explica su viabilidad. Se denuncia el capitalismo, pero no se traza el camino para desmontarlo en condiciones reales. Y en ese desplazamiento —de la estrategia a la consigna— la izquierda corre el riesgo de convertirse en una posición moral antes que en una fuerza histórica.
Lo interesante es que este debate no ocurre en el vacío. Se da en un momento donde, a nivel global, la pregunta por la viabilidad de la izquierda ha regresado con una fuerza inusitada. No por nostalgia, sino por crisis. Crisis ecológica, crisis de reproducción social, crisis de legitimidad de las democracias liberales, crisis de un modelo económico que ha llevado la desigualdad a niveles obscenos. En ese contexto, la expectativa —particularmente en sectores progresistas del norte global— es encontrar experiencias que demuestren que ejercer el poder desde la izquierda no solo es posible, sino eficaz.
Y es ahí donde México empieza a aparecer en el radar. No como utopía, ni como excepción exótica, sino como un caso concreto de disputa estatal en clave progresista. Lo que señalan observadores como Kurt Hackbarth y José Luis Granados Ceja no es menor: en México se están implementando políticas que revierten —al menos parcialmente— décadas de desmantelamiento neoliberal. La construcción masiva de vivienda pública por parte del Estado, en contraste con el modelo de subcontratación privada que produjo periferias inhabitables; la reorientación de la política energética, que permite contener el precio de los combustibles en un entorno global inflacionario; la articulación de infraestructura, servicios y desarrollo territorial; la expansión de programas sociales que no se presentan como caridad, sino como derechos.
No se trata de propaganda. Se trata de hechos verificables que, en otros contextos, serían leídos sin ambigüedades como políticas de izquierda. Sin embargo, en ciertos sectores militantes, estos mismos procesos son desestimados por no cumplir con un estándar de radicalidad previamente definido. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿el problema es lo que está ocurriendo en México o el marco teórico desde el cual se evalúa?
Aquí es donde la discusión con Martin Hägglund resulta particularmente pertinente. En su libro "Esta vida", Hägglund plantea una crítica al capitalismo que no se limita a su dimensión distributiva, sino que apunta a su núcleo temporal. El capitalismo, sostiene, no solo organiza la producción de bienes, sino la estructura misma de nuestro tiempo: determina cuánto de nuestra vida está subordinado a la necesidad de trabajar para sostener el sistema. Desde esta perspectiva, la emancipación no es simplemente la abolición del mercado o la propiedad privada en abstracto, sino la transformación de las condiciones que permiten a las personas disponer de su tiempo de manera verdaderamente libre.
Pero —y aquí está el punto clave— esa transformación no puede pensarse al margen de las instituciones. Hägglund insiste en que el socialismo democrático implica la ampliación y profundización de formas colectivas de autogobierno que permitan decidir, de manera social, cómo se organiza la producción, la distribución y el uso del tiempo. No hay, en su planteamiento, una idealización de la ruptura instantánea, sino una apuesta por procesos de democratización material que necesariamente pasan por la disputa del Estado.
Esto introduce una tensión fundamental que muchas veces se evade en el debate contemporáneo: la diferencia entre una política de la pureza y una política de la transformación. La primera se mide por su coherencia interna, por su fidelidad a ciertos principios abstractos, por su capacidad de denunciar las contradicciones del sistema. La segunda se mide por su capacidad de alterar esas contradicciones en la práctica, de modificar relaciones de poder, de producir efectos concretos en la vida de las personas.
El problema es que, cuando la primera se absolutiza, la segunda se vuelve sospechosa. Gobernar deja de ser una tarea estratégica y se convierte en una concesión. La negociación se interpreta como traición. La construcción de mayorías como dilución ideológica. Y en ese marco, cualquier experiencia que no encarne la ruptura total es descartada como insuficiente.
Pero la historia política —particularmente en América Latina— muestra algo distinto. Muestra que los procesos de transformación más duraderos no han sido aquellos que se proclamaron más radicales en el discurso, sino aquellos que lograron articular fuerza social, legitimidad democrática y capacidad institucional. La Revolución Mexicana misma, con todas sus contradicciones, produjo una de las constituciones más avanzadas de su tiempo, estableciendo derechos sociales que hoy siguen siendo referencia. Los ciclos progresistas del siglo XXI, desde Brasil hasta Bolivia, demostraron que es posible reducir la pobreza, ampliar derechos y recuperar soberanía sin necesidad de una ruptura insurreccional inmediata.
Esto no significa negar los límites de esas experiencias. Significa comprender su lógica. Porque el poder no se ejerce en el vacío, sino en un campo de fuerzas. Y en ese campo, las transformaciones requieren no solo voluntad política, sino correlación de fuerzas, capacidad organizativa y, sobre todo, tiempo.
Volvamos entonces a la crítica inicial. Decir que Morena no es izquierda porque no ha abolido el capitalismo o porque no ha adoptado una postura permanentemente confrontativa con el imperio norteamericano puede sonar radical, pero ¿es analíticamente útil? ¿Permite entender el momento histórico? ¿Ayuda a construir alternativas? ¿O más bien funciona como un mecanismo de autoafirmación que evita la tarea más difícil: pensar la transición en condiciones reales?
Porque esa es, en última instancia, la cuestión de fondo. No si el capitalismo es problemático —eso es evidente—, sino cómo se le disputa. No si la lucha de clases existe, sino cómo se organiza en contextos específicos donde además venimos de ser derrotados ahora que el 1% de la población controla el 80% de los recursos. No si el Estado es un terreno de conflicto, sino cómo se interviene en él sin perder horizonte estratégico.
La experiencia mexicana, con todas sus tensiones, está ensayando una respuesta. No perfecta, no definitiva, pero sí material. Está mostrando que es posible reconstruir capacidades públicas, reorientar el gasto hacia sectores históricamente excluidos, disputar narrativas y sostener una legitimidad política amplia. Está mostrando que la izquierda puede gobernar sin renunciar a su base social, que puede hablar de derechos sin esconder la redistribución, que puede enfrentar presiones externas sin colapsar internamente.
¿Es suficiente? No. ¿Es contradictorio? Sí. ¿Es, sin embargo, más cercano a una política transformadora que a una política testimonial? Difícilmente puede negarse.
Y entonces la pregunta se desplaza. Ya no se trata de decidir si Morena encaja en una definición previa de izquierda, sino de evaluar si esa definición permite pensar la realidad actual. Porque una teoría que no puede dar cuenta de los procesos concretos, que no puede distinguir entre avances parciales y regresiones, que no puede orientar la acción política en contextos específicos, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio estético.
Hay algo profundamente irónico en todo esto. Mientras ciertos sectores de la izquierda se encierran en debates sobre autenticidad, la derecha no tiene ese problema. La derecha disputa el poder sin complejos, construye alianzas, define estrategias, interviene en las instituciones, produce efectos materiales. No se pregunta si es “suficientemente de derecha”. Actúa.
La izquierda, en cambio, parece a veces atrapada en una pregunta que, siendo importante, no puede ser el punto de llegada: ¿qué somos? La cuestión más urgente es otra: ¿qué hacemos? ¿Cómo intervenimos en un mundo donde las condiciones de vida de miles de millones dependen de decisiones políticas inmediatas? ¿Cómo construimos procesos que, sin renunciar a horizontes más amplios, produzcan mejoras concretas aquí y ahora?
Hägglund ofrece una pista cuando insiste en que la libertad no es una abstracción, sino una condición material. Ser libre implica tener tiempo, recursos, seguridad. Implica no estar sometido a la necesidad permanente de sobrevivir. Y eso no se logra con declaraciones, sino con políticas. Con sistemas de salud, con educación pública, con vivienda digna, con salarios justos, con infraestructura. Es decir, con Estado.
Por eso resulta problemático descartar cualquier proyecto que opere en ese terreno como “no suficientemente radical”. Porque, en la práctica, lo que se está descartando no es una forma de hacer política, sino la posibilidad misma de transformar las condiciones materiales de vida en el corto y mediano plazo.
Esto no implica abandonar la crítica. Implica situarla. Implica entender que la función de la crítica no es deslegitimar toda acción imperfecta, sino orientar su profundización. Señalar límites, sí, pero también identificar posibilidades. Reconocer contradicciones, pero sin perder de vista los avances.
Tal vez el punto más importante para mí, de toda esta discusión es que obliga a asumir una responsabilidad política. Es mucho más sencillo colocarse en un lugar de pureza y evaluar desde ahí a quienes gobiernan. Lo difícil es intervenir, organizar, disputar, asumir costos, construir mayorías, negociar sin perder horizonte, avanzar en condiciones adversas.
Y sin embargo, esa es la tarea.
Porque al final, la historia no se decide en el terreno de las definiciones, sino en el de las relaciones de poder. No en la coherencia de los discursos, sino en la capacidad de transformar la realidad. Y en ese terreno, la pregunta por la izquierda no puede resolverse con un checklist ideológico, sino con una evaluación concreta de procesos concretos.
¿Está la izquierda ampliando derechos? ¿Está reduciendo desigualdades? ¿Está fortaleciendo lo público? ¿Está generando condiciones para que las personas dispongan de su tiempo de manera más libre? ¿Está construyendo poder social que permita sostener y profundizar esos cambios?
Si la respuesta, aunque sea parcialmente, es sí, entonces tal vez el problema no es que la realidad no esté a la altura de la teoría, sino que la teoría necesita ponerse a la altura de la realidad.
Y eso implica, necesariamente, abandonar la comodidad de la pureza para entrar en la incomodidad de la política.

DdA, XXII/6291

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