Histriones como Trump, Milei, Orban o Bolsonaro representan muy bien el tipo del mesías ultraderechista. Un marcado narcisismo, tendencias totalitarias con refutación y desprecio de las formas democráticas y aun del mismo concepto, megalomanía, querencia por el culto a la personalidad son algunos de sus síntomas. Son impermeables a la crítica e incluso a los consejos, imbuidos de su misión providencial, y ostentan el falso carisma que enciende a muchedumbres ayunas de discernimiento. Sus seguidores, mezcla de adeptos y adictos, necesitan como el aire para sus pulmones las palabras, gestos y poses de su amado líder a fin de sentirse confortados por la fuerza que ellos mismos le han otorgado.
Antonio Monterrubio
En 1648, en Esmirna, un mancebo judío llamado Sabbatai Zevi se proclamó mesías. En el ambiente milenarista que reinaba en la Europa de la época, su anuncio no cayó en saco roto. En pocos años logró reunir una legión de seguidores seducidos por su credo antinomista, que invitaba a subvertir las reglas ante la cercanía de la consumación de los tiempos. El prestigioso rabino Nathan de Gaza no dudó en corroborar su pretensión mesiánica y bendecir al osado joven. El neófito líder religioso emprendió un periplo por las ciudades más importantes del imperio otomano, predicando su buena nueva. Multitudes entusiasmadas le escuchaban y acompañaban.
Pero al llegar a Constantinopla, la suerte le volvió la espalda. El gran visir ordenó que lo aprisionaran por sedición, y se le puso en la tesitura de elegir entre una ordalía presumiblemente letal y la conversión al islam. Eligió la segunda opción y aceptó el turbante. Si esto representó un desengaño mayúsculo para el grueso de sus admiradores, un núcleo de irreductibles concluyó que la apostasía no era sino la culminación del antinomismo defendido y pregonado por Zevi. El ciclo de las transgresiones no estaría cerrado si no lo coronara la mayor de todas, renegar de la fe de Moisés. Células sabataístas permanecieron largo tiempo en el interior de las comunidades judías.
La fe es susceptible tanto de mover montañas como de transformarse en una absolutamente inamovible. Por cierto, no cabe extrañarnos de la confianza inquebrantable de sus últimos discípulos en Zevi. Otro mesías fallido a ojos del judaísmo terminó convirtiéndose en la piedra angular de una religión con notable y duradero éxito. Los muchos sabataístas que, heridos por la decepción, pasaron a vituperarlo como falso ungido y los pocos que siguieron tomándolo por el único y verdadero compartían creencia. Todos estaban persuadidos de la realidad y facticidad, de la necesidad y suficiencia de la idea mesiánica para hoy o para mañana. Los disidentes en esta historia, si los hubo, fueron los que, desencantados y cansados de entregarse a quimeras, renunciaron por siempre al ardiente anhelo de una salvación caída del cielo.
El mesianismo, en sus múltiples variantes religiosas y laicas, ha sido causa motora de gigantescas conmociones en la vida de los hombres. Son bien conocidas sus manifestaciones en el judaísmo, el cristianismo o el islam, también en los cultos cargo de Melanesia o en ciertas modalidades de fe relacionadas con la resistencia al colonialismo. Pero mesianismo es toda ideología que ve en la llegada de un elegido la solución a sus tribulaciones y el comienzo del Reino milenario. Se trataría de un héroe que inaugura un tiempo definitivo, clausura la historia y establece un nuevo orden del que saldrá un mundo perfecto e inmutable.
En el campo político, el nacional-populismo es su expresión más palmaria. Histriones como Trump, Milei, Orban o Bolsonaro representan muy bien el tipo del mesías ultraderechista. Un marcado narcisismo, tendencias totalitarias con refutación y desprecio de las formas democráticas y aun del mismo concepto, megalomanía, querencia por el culto a la personalidad son algunos de sus síntomas. Son impermeables a la crítica e incluso a los consejos, imbuidos de su misión providencial, y ostentan el falso carisma que enciende a muchedumbres ayunas de discernimiento. Sus seguidores, mezcla de adeptos y adictos, necesitan como el aire para sus pulmones las palabras, gestos y poses de su amado líder a fin de sentirse confortados por la fuerza que ellos mismos le han otorgado.
La turba, desprovista de esqueleto que la estructure, vive de convicción, de fe y paciencia. Tienen que sobrevalorar a una persona, entregarse y encomendarse a ella, y aunque sus cuitas no mejoren o hasta empeoren notablemente, perseverarán en su veneración. Solo el desastre total los apartará de ella, pues su falta los dejará vacíos, huecos, hundidos en la nada. Cuando el Reino milenario se convierta en el Reich de los mil años, el nuevo orden en el más viejo de los desórdenes y la prometida utopía en la más dura de las distopías, a muchos se les caerán las escamas de los ojos. Aun así, no tardarán, ellos o sus hijos, en estar listos para seguir al psicofante de turno, al primer gurú de pacotilla que haga acto de presencia.
Pero los líderes son meros señuelos. Es la catastrófica seducción de la perversidad la que arrastra multitudes. Hoy el mal vuelve a estar de moda. Ser un desalmado cotiza al alza en la bolsa de valores posmoderna. Una marea de nuevos bárbaros está siendo amaestrada en el odio a toda muestra de decencia, dignidad y humanidad. El empeño de círculos políticos, sociales y mediáticos en presentar a hordas de orcos y troles como elfos un pelín quisquillosos es un despropósito mayúsculo que abre las puertas del infierno.
En El porvenir de una ilusión, Freud considera las creencias religiosas objetos paternos, es decir, dotados de un poder y una autoridad que consuelan de su desamparo y soledad al feligrés. Más que creer, desea creer porque su credo parece protegerlo del peligro o, al menos, él ansía que así sea. Esa es exactamente la dinámica del nacionalpopulismo político, y también de devociones privadas, como las reservadas al padre o al marido. Y la razón por la cual es difícil liberarse de ese mecanismo es la que impide apostatar de la religión. Para Freud, renegar de una creencia equivale a hacerlo de un síntoma: el paciente imagina que eso desencadenaría una catástrofe.
La idolatría del líder revela inmadurez, infantilismo, fracaso y renuncia. El individuo, confuso y acongojado ante la complejidad del mundo, busca refugio allá donde ve fuerza y seguridad, sin caer en la cuenta de que él mismo es quien las pone ahí. Y la pérdida de una fe suele llevar aparejada la afiliación inmediata a otra. El tiempo funciona a modo de agente erosivo, y deja a los ídolos ilusorios en un estado tan lamentable como el Ozymandias de Shelley. Pero esto solo significa que en el lugar donde sentaron sus reales los ahora desmoronados, se alzarán otros aún más resplandecientes. Y a menudo, en su construcción se utilizarán las ruinas y restos de los anteriores. Se cambia todo para que nada cambie. El tiovivo seguirá girando, retornando al mismo punto, hasta que suene la hora del cierre inevitable. El objeto de adoración muta, el adorador permanece.
Un ídolo ilusorio que creíamos en vías de extinción cabalga de nuevo, cual jinete de Marlboro, por las grandes llanuras. En Estados Unidos y, a su rebufo, en el resto del mundo, el varón heteropatriarcal blanco reclama a voz en grito el trono de rey de la creación. Derrocados por esas malvadas brujas feministas y los rencorosos militantes antirracistas o LGTBI que tienen la osadía de reclamar sus derechos humanos y civiles, sin olvidar a la omnipresente izquierda radical, aspiran a volver, bajo el liderazgo de los posmodernos machos alfa, a la cima de la pirámide alimentaria. Nos topamos aquí con el más ilusorio de los ídolos ilusorios: el creyente que se eleva a sí mismo a divinidad para adorarse.
Pero estamos lejos de tratar con un simple fantasma lleno de ruido y de furia. Desde la llegada de Trump a la presidencia, las políticas gubernamentales de diversidad, igualdad e inclusión han sido fulminadas. Una de sus primeras puestas en escena delirantes de la firma de órdenes ejecutivas estuvo dedicada a su ejecución pública. Los forofos del MAGA confían en que su profeta los conduzca hasta su Tierra Prometida: el Gilead de El cuento de la criada.
Los gestos de los poderes políticos y económicos son mucho más significativos que el griterío machista en las redes o las declaraciones pomposamente huecas de los oradores reaccionarios. Revelan con claridad y peligro que el huevo de la serpiente está a punto de eclosionar, si no lo ha hecho ya. Cuando el Capital asume, por ejemplo, la trinidad Kinder-Küche-Kirche, es para echarse a temblar. Y que la iglesia se sustituya por el centro comercial no arreglará las cosas. Los bramidos de los bocazas no son nada en sí mismos, pero lubricados por el aceite de fondos ilimitados, se transmutan en ideología, contaminando los cerebros. Los hace incapaces de distinguir no ya la verdad de la mentira, sino la realidad de la fantasía.
Ante el retorno de los ídolos a cuyo crepúsculo creíamos haber asistido, conviene recordar una frase de Freud en el análisis de esa escultura que le obsesionó toda su vida: el Moisés de Miguel Ángel. Dice el sabio vienés, reflexionando acerca de la multitud que adora al becerro de oro, que «la turba […] se alegra cuando recupera sus ídolos ilusorios». Aseveración muy acertada, hasta el extremo de que, en cuanto uno deja de funcionar, es inmediatamente remplazado por otro. Francis Bacon dedica la sección inicial de su Novum Organum a disertar sobre cómo los prejuicios que arrastra y que le arrastran nublan el entendimiento del hombre. Los llama idola, en latín, es decir, 'ídolos' o 'fantasmas'.
La forma de combatir estos espectros pasa por el empirismo. Es la experiencia, el duro veredicto de la realidad, la que debe decidir a qué carta nos quedamos. Enfrentarse a las cosas y los hechos con patrones preconcebidos es el modo más seguro de no comprender nada. El dogmatismo intransigente es la otra cara de la moneda de la ignorancia atrevida. En el «Apéndice» a la primera parte de la Ética, Spinoza se insurge contra las causas finales. Sus dardos se dirigen especialmente a los teólogos de toda obediencia, los negacionistas de la época: la única respuesta que les valía era que las cosas son como son por la voluntad de Dios. Con buen criterio el filósofo denominaba a esa entelequia postulada por los apóstoles de la desidia intelectual asylum ignorantiae.
En un fragmento de Así habló Zaratustra, «La ofrenda de la miel», Nietzsche estampa la exhortación «Conviértete en lo que eres». Se trata de un verso del poeta griego Píndaro retomado por el filósofo. Ese llamamiento a llegar a ser lo que se es resulta contradictorio solo en apariencia, pues nacer no basta para ser. El hombre es una construcción continua, se va haciendo a sí mismo en su choque con el entorno y los otros: tal es la idea cardinal de todo existencialismo. El ser humano es dinámico; es poder ser, entrega a la vida y compromiso con ella. En Jean-Paul Sartre el hombre, condenado a ser libre, es el producto de sus obras y del despliegue de su existencia. A él le compete estar más cerca del ser que de la nada. Por dura que sea la cuesta, por muchas veces que la piedra vuelva a caer, el combate vale la pena: «Il faut imaginer Sisyphe heureux», escribió Camus en Le mythe de Sisyphe.
Los humanos pueden y deben encarar su jornada con decisión, orgullo y dignidad, más allá de la falta de sentido de la vida y de significado del mundo. No necesitan acudir a ídolos ilusorios, cataplasmas metafísicas o justificaciones por la fe.
Enorgullécete de tu fracaso,
que sugiere lo limpio de la empresa:
luz que medra en la noche, más espesa
hace la sombra, y más durable acaso.
[…]
Pero no cejes; porque no se sabe
cuándo pierde el amor, dónde la tierra
volteando camina, ni qué encierra
mensaje del que nadie tiene clave.
[…]
Tu no saber es toda tu esperanza.
(Agustín García Calvo: «Sonetos teológicos», Sermón de ser y no ser)
DdA, XXII/6300

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