Jerónimo Granda, Gregorio Morán y Xuan Cándano
Tenía este Lazarillo el fundado presentimiento de que la amistad de Xuan con Gregorio Morán y el entendimiento de la profesión que tenían ambos iba a depararnos el obituario que Cándano escribió, publicado ayer en el diario La Nueva España, y que su autor ha tenido la amabilidad de mandarnos. La necrológica es breve pero intensa en su concisa y precisa exposición. Tenía razón Gregorio al comentarle a su amigo y colega, días antes de írsenos, que lo designaba como el escritor póstumo que firmara estas líneas: "En estos tiempos turbios y mediocres en los que su cultura, su pluma afilada y su radical independencia encontraban refugio en sus Sabatinas Intempestivas -escribe Cándano-, sus seguidores fuimos cambiando de cabecera con él, siempre culo de mal asiento. No puede haber mejor elogio para un periodista, un profesional que siempre debería andar bien equipado con botas y ropa de agua, porque su trabajo consiste en pisar todos los charcos".
UN DÍA PERDIDO
Xuan Cándano
Cuando en los 80 me echaron de un periódico por una entrevista censurada a Gregorio Morán perdí un trabajo, pero gané algo mucho más importante: un amigo al que acabo de perder. La vida es mucho más rica y apasionante cuando disfrutas de la amistad de personas como el periodista y escritor ovetense, un jacobino que renegaba de patrias y banderas, pero que cantaba con sus hijos cuando eran pequeños el “Asturias Patria Querida” al entrar en su tierra, con la que siempre tuvo una gran vinculación emocional. ¿Cómo va el país?, me preguntaba en nuestras continuas e interminables conversaciones telefónicas, porque denominaba así a Asturias, como Jovellanos. O como hacía refiriéndose a Cataluña Josep Pla, otro periodista y escritor extraordinario.
Sin Gregorio Morán se entiende mal el último medio siglo de España. Era un periodista brillante, como cronista en la Transición y siempre como articulista, hasta el último día. Sus libros son imprescindibles para abordar la evolución de un país desde una dictadura, a la que combatió en la clandestinidad, militando en el PCE, hasta una democracia coronada que no enterró los vicios y los grandes males de la sociedad española, la corrupción y el clientelismo.
Así que Gregorio, que nunca dejó de ser un enfant terrible, un disidente, una oveja negra, porque los años no doblegaron ni a su espíritu combativo ni a su pluma insobornable, acabó siendo un maldito, un escritor incómodo para el poder, las editoriales y los medios de comunicación, acumulando despidos y cancelaciones. Pero para sus muchos lectores era un oasis, como el que encontró en Cataluña antes del Procés.
En estos tiempos turbios y mediocres en los que su cultura, su pluma afilada y su radical independencia encontraban refugio en sus Sabatinas Intempestivas, sus seguidores fuimos cambiando de cabecera con él, siempre culo de mal asiento. No puede haber mejor elogio para un periodista, un profesional que siempre debería andar bien equipado con botas y ropa de agua, porque su trabajo consiste en pisar todos los charcos.
La imagen dura, implacable y ácida en los papeles de Gregorio Morán, que llegó a ser despedido de una de las grandes cabeceras nacionales por criticar al director ¡y a su esposa!, contrastaba con su carácter afable, jovial y divertido en las distancias cortas, con los amigos, los conocidos o los lectores, o con cualquier desconocido que se acercara a él y le tirara de la lengua, porque era un gran conversador, agudo, inteligente, ameno.
A la hora en la que envío este artículo de letraherido que nunca quise escribir tenía una conversación pendiente con él desde el hospital, a través del móvil de su hijo David, porque Gregorio ni lo tenía ni lo quería. Era un caballero analógico. Pensaba arrancarle una sonrisa, como siempre. O él a mi. Nunca lo hablamos, pero no creo que estuviera entre nuestros desacuerdos considerar que un día sin al menos una sonrisa es una jornada perdida.
Como llevaba unos días ingresado, pensaba recordarle que en mi labor de Jefe de Prensa de Gregorio Morán, que llevo tantos años ejerciendo, no entraba dar parte de sus dolencias, porque todo el mundo me llamaba para contactar con él, como hoy me dan el pésame. Tampoco entraba en mis planes escribir esta despedida, aunque él me lo sugería con ironía en el último correo que me envió, hace solo unos días, por un artículo que publiqué en este periódico sobre el libro de César Iglesias con Pedro de Silva: “Desde este momento te designo como el escritor póstumo que elabore mi necrológica, porque sabrás señalar aquello que uno mismo trata de ocultar por discreción o vergüenza”.
Ahí va la necrológica Gregorio, pero hoy no me sale la sonrisa. Me temo que va a ser un día perdido.
*Más que recomendable es leer esta larga reseña de Sebastiaan Faber, publicada en 2015 del libro de Morán El cura y los mandarines, una obra imprescindible para entender mejor el último medio siglo:
Gregorio Morán es un estorbo, un aguafiestas: el niño que avergüenza a sus padres porque observa verdades que las leyes de la cortesía prohíben formular en voz alta (“¿Papá, por qué es tan feo ese señor?”). No sorprende que Crítica –es decir, Planeta– quisiera censurar El cura y los mandarines, ni que Morán se negara en redondo. (Crítica: “Gregorio, no seas malhablado, ¿por qué no te disculpas ante el señor García de la Concha?”. Gregorio: “¡Porque no quiero! ¡Es un trepa!”). El escándalo de lo que Morán no dudó en calificar como “censura económica” –Planeta abortó el proyecto porque no quiso arriesgar sus contratos rentabilísimos con la Real Academia de la Lengua– ayudó a generar publicidad para el tocho, que acabó publicando Akal.[1] Pero incluso sin ese rifirrafe el libro de Morán habría hecho ruido. Ignorarlo es imposible –y vaya que se ha intentado, como señalaba Juan Goytisolo–. El cura y los mandarines nos acompaña en un paseo por treinta y cuatro años de cultura española, del convulso 1962 hasta 1996, el final de la hegemonía socialista. El panorama es demoledor. Será muy difícil volver a imaginarnos al emperador vestido después de haberle contemplado, durante 800 densas páginas, en toda su grotesca y ridícula desnudez.
DdA, XXII/6273

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