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La xenofobia multiplica la repulsa a los recién llegados, pero no la explica. Todos sabemos lo mucho que molestan los inmigrantes a ciertas gentes que jamás han visto uno de cerca. En cambio, con potentados y jeques no tienen ningún problema. Charlatanes paranoicos arengan a sus fieles con la imposible integración de seres de otras culturas y religiones, mientras ponen alfombras rojas y regalan sonrisas y parabienes a los ricos que proceden de ellas. Se deduce que el primer motor del rechazo al extraño, antes que el hecho de serlo, es su pobreza. Los tiempos han cambiado poco para los desheredados, escribe el articulista en NR. El desprecio que recaía en los okies, los desdichados emigrantes de Oklahoma, persigue hoy a los que parten a la busca de un lugar al sol que su propia tierra les niega.
Antonio Monterrubio
Elogiemos ahora a hombres famosos es un libro ilustrado con textos de James Agee y fotografías de Walker Evans. Realizado en el verano de 1936 a petición del gobierno federal de los Estados Unidos, se publicó en 1941. ¿Quiénes son esas celebrities a cuya loa está dedicado este volumen? ¿Insignes próceres locales, capitanes de empresa, héroes de guerra, estrellas de Hollywood, ases del béisbol o el fútbol americano? Frío, frío.
Los protagonistas son tres familias de campesinos algodoneros de Alabama más pobres que las ratas. Las secuelas de la Gran Depresión se muestran en toda su crueldad. Palabras e imágenes colaboran para mostrar sin concesiones ni falso pudor la realidad miserable que viven esos desdichados. No hay ornamentación ni dignificación de la penuria y el sufrimiento, sino la simple, y sin embargo tan difícil y costosa crónica de la verdad. Los desolados habitáculos de madera con apenas algún mueble y mínima decoración, las figuras y rostros tristes, demacrados y sin un atisbo de esperanza siguen conmocionando ochenta años después. Algo hiere nuestro interior al contemplar esos primeros planos de hombres, mujeres y niños devastados lanzados a lo más profundo de un pozo del que probablemente nunca podrán salir.
Si las fotos con o sin presencia humana dejan noqueada nuestra sensibilidad, las líneas que las acompañan no les van a la zaga. Es admirable la forma en que Agee evita la tentación del efectismo y de hacer literatura usando como materia prima el dolor del otro. Permanece solidario de lo que ve, de esos seres golpeados por una vida que ha compartido durante unas horas. Y es lúcidamente consciente de que su poder no va más allá del de dar fe. «De hecho nada de lo que pudiera escribir cambiaría nada. Solo sería un «libro» en el mejor de los casos».
Si en las ciudades las secuelas del gran descalabro económico inaugurado en 1929 fueron duras y duraderas, para las poblaciones rurales de los estados agrícolas supusieron una catástrofe sin paliativos. A las impagables deudas contraídas con bancos o usureros se unieron sequías encadenadas que agotaron la tierra. Son los años de la cuenca del polvo. Numerosas familias de granjeros se ven obligadas a recoger las pocas pertenencias que les quedan y emigrar hacia estados más ricos. De ese éxodo se conservan notables testimonios, entre los cuales destaca Madre migrante, fotografía tomada por Dorothea Lange en el marco de un trabajo que le encargó el Servicio de Seguridad Agraria. Aunque no se supo hasta mucho después, esta pobre mujer compungida y casi avergonzada que se aferra a sus hijos tenía nombre, como todo el mundo. Era Florence Owens Thompson. Pese a que el retrato aparece reproducido una y otra vez con el título original, conviene dejar constancia de que tras el icono está el dolor de una persona.
Esa estampa sigue estando de rabiosa actualidad. Legiones de madres migrantes surcan los mares y deambulan por tierras ajenas para toparse con el menosprecio de lugareños desnudados de humanidad. Los peregrinos que llaman a las puertas de Europa, Estados Unidos, Canadá o Australia en demanda de santuario encuentran indiferencia y malignidad, cuando no negras carcajadas. Crece el desasosiego del que ya eran portadores al tener que abandonar su tierra en busca de un horizonte más halagüeño. Y si venciendo los obstáculos y, a costa de sufrimientos indecibles, consiguen aclimatarse y arraigarse, su perplejidad irá en aumento ante la persistente inquina de no pocos vecinos.
La xenofobia multiplica la repulsa a los recién llegados, pero no la explica. Todos sabemos lo mucho que molestan los inmigrantes a ciertas gentes que jamás han visto uno de cerca. En cambio, con potentados y jeques no tienen ningún problema. Charlatanes paranoicos arengan a sus fieles con la imposible integración de seres de otras culturas y religiones, mientras ponen alfombras rojas y regalan sonrisas y parabienes a los ricos que proceden de ellas. Se deduce que el primer motor del rechazo al extraño, antes que el hecho de serlo, es su pobreza.
Pensemos en la hostilidad que ven en un pueblo tras otro los Joad, la familia protagonista de Las uvas de la ira, la novela de Steinbeck llevada al cine por John Ford –y eso dentro de su país–. Cuando estos granjeros de Oklahoma acechados por el hambre toman la carretera 66 hacia una vida nueva en California, tienen que soportar todo tipo de desaires. Aun así, no les queda otra que continuar, a pesar de sus penalidades y de las alertas de quienes se cruzan por su camino con los sueños rotos, el desencanto en el alma y la misma estrechez con la que se fueron. Porque ya no hay donde volver. Oímos con frecuencia a los cada vez más numerosos energúmenos con los que convivimos «Que se vayan a su país», casi siempre con un epíteto de cuatro letras entre su y país. Pero es que ese destino ya no existe. Para la mayoría, salir de allí supuso quemar sus naves. Difícilmente podrán regresar, al menos de forma permanente, y muchos no lo harán nunca. Como los Joad, van a tener que aguantar las tormentas para seguir de pie. Y al igual que ellos, van a ser víctimas de la miseria moral de quienes explotan la miseria real con absoluta impunidad.
La condena que representa la vida que llevan los y, más aún, las que trabajan bajo los plásticos de los invernaderos en nuestro país es la punta del iceberg. Incluso si consiguen un empleo, miles de ellos carecen de papeles años y años. Esto dificulta su día a día, pues corren el riesgo de ser expulsados en cualquier momento, y además les impide el acceso a los mínimos derechos laborales. Sus posibilidades de secundar una huelga son nulas. Recordemos, hablando de Las uvas de la ira, cómo se las gastaban los patrones y cómo Tom Joad es asesinado en el curso de una protesta.
Los tiempos han cambiado poco para los desheredados. El desprecio que recaía en los okies, los desdichados emigrantes de Oklahoma, persigue hoy a los que parten a la busca de un lugar al sol que su propia tierra les niega. Los trabajadores temporeros, los jornaleros y otros abocados a asumir faenas desagradables que los autóctonos desdeñan siguen viviendo en sus carnes la canción de Woody Guthrie:
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